viernes, 7 de noviembre de 2008

Suceso napolitano

Un viejo artículo. No he encontrado en internet la foto de la que hablo, pero quizá sea mejor así:

Es de esos periódicos que aún no han entrado en el mundo technicolor de las varias tintas, y su portada, y todo el interior luego, adolece de un lúgubre aire (aria en italiano, dulce y triste) que contagia a todas las noticias. Por eso, en blanco y negro, parece mayor el duelo de la mujer que llora bajo el titular brunísimo, como en una esquela llevada desde su sección postrera a primera plana. La mujer que ocupa la página inaugural del Corriere della Sera de hoy, un sábado de julio, se llama Patrizia Castellano.
Los fines de semana, los suplementos de los periódicos enganchan a una legión de escotadas bellezas, tatuadas o no, que desfilan —cabras locas y mascotas de los cortos de luces— a más que regular velocidad hacia el olvido. Las famosas se asoman al papel satinado tratando de provocar el deseo, y d conseguir que, mediante galas, exclusivas o películas, éste les ayude a rentabilizar esa operación que modifica su epidermis, las abultadas facturas de la peluquería, la ropa con la que les gusta quedar casi desnudas. De todas las mujeres coloreadas que se arraciman en una callada orgía en el revistero, ninguna de una hermosura que se parezca a la de Patrizia, que llora al natural, perfecta y madura, atractivísima en un dolor que le da un viraje trágico y romántico.
En sus manos, la fotografía del hijo perdido a los diecisiete años. Ésta es una edad que se repite en su vida: ella lo tuvo cuando también tenía diecisiete, y hoy, a los treinta y cuatro, cuerpo y rostro reúnen lo que aún es juventud con madurez frutal, llena de una sensualidad terrible. Un mechón le cae sobre la frente como arriada bandera que se rinde a la evidencia del hijo muerto. Por una tontería. Por un cúmulo de estupideces: se saltó un control de policía porque no llevaba casco. Dimisión de la lógica: con absurdo celo, un agente le disparó por no ir cubierto, dicen, y a uno le parece que lo de llevar casco es para salvar la vida en caso de accidente. Pregunta absurda, no menos absurda que lo sucedido: si el pobre patán se hubiera saltado el control porque no tenía la documentación de la moto, por ejemplo, pero llevando casco, ¿habría podido éste esquivar el disparo, desviar su trayectoria?
Crudelísimo amante de lo hermoso, el destino ha querido que la muerte se llevara al hijo de la joven señora Castellano, y con la pérdida del vástago adolescente ella se ha cubierto de unas sombras autumnales, como de pomas en sazón de las que se destila una sidra amarga y, por lo que a mí respecta, embriagadora. Demasiado rotunda y corpórea para ser prerrafaelista, como los ingleses entendieron el prerrafaelismo, es en cualquier caso una madonna que se sale del lienzo. Poe lo dejó dicho en su ensayo sobre la composición de “El cuervo”: el tema supremo es el de la muerte de una mujer hermosa. Casi acertó: esta mañana de sábado, el tema es la muerte y cómo el dolor traspasa a una mujer hermosa, y hasta ahora joven, un día que lo cambia todo. Ayer finalizaba su verano.

5 comentarios:

Pablo Fergó dijo...

Sé de lo que hablas, lo viví con unos ojos marineros (en mi madre), ojos de viento ojos de espuma,
de horizonte perdido en la neblina, ojos extraños de un impuber, cubiertos de nudos y mares secos, sí, vi cómo un cielo se quemaba, y un infierno en una una lágrima cabía.

Mery dijo...

Qué hermosísimo texto.
La belleza del desgarro, paradoja y realidad evidente.
Un abrazo

Betty B. dijo...

Me cuesta pensar literariamente en la muerte de un hijo, aunque sea de otra. Son las noticias que evito, el argumento de las películas que no veo y de los libros que no quiero leer.
Es evidente que todo el que muere es hijo de alguien, pero enfocar a la madre en ese instante es algo que me conmueve hasta los huesos.
Me viene a la cabeza la Pietá Rondanini, esa obra como inacabada porque muestra un dolor que nunca acabará.
Saludos, Antonio.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Sé que ronda lo obsceno referirme en estos términos a la madre desamparada (no tenemos palabra en español para denominar al padre o madre "huérfano" de un hijo), pero la imagen era terrible, y ella de una extrema belleza natural. Gracias, como siempre, por pasaros por aquí.

Betty B. dijo...

Y el texto corresponde a esa belleza que viste, y también nos la hace ver.
Pero es un tema que me mata... no había caído en que el español ni siquiera ha querido ponerle nombre a esa situación terrible e innatural.
Nuestro idioma es una joya sorprendente, con brillos a veces tan silenciosos.
Venir aquí es conocerlo un poco más.