sábado, 13 de diciembre de 2008

Una Irlanda de la mente

Uno de esos autores que gozaron de fama y fortuna —es decir, lectores— en cierto tiempo, fue Somerset Maugham; su obra se nos antoja como una moqueta inglesa ya gastada por el uso y que sin embargo conserva un algo de mejores días. Maugham es sobre todo conocido por una novela muy de época, El filo de la navaja, que está en sintonía con el bullir espiritualista de los años veinte y la recepción en Europa de conceptos y creencias, bien que adulteradas, de la India. Nuestro autor fue viajero —cruzó mares y continentes que el Imperio Británico consideraba suyos— y conoció bien, todo lo bien que puede conocer un extranjero, aquellas tierras que son si no antípodas del mapa sí del alma nuestra occidental.

De Somerset Maugham —y lo he leído bastante— prefiero, por ser trasunto de mi propia circunstancia, uno de los cuentos perdidos entre los cuatro tomos de su narrativa breve y que no hubiera descubierto si no me hubiera obligado a ello un profesor de prácticas, cierta noción del deber que yo aún tenía, y la engañifa que fueron mis estudios universitarios. En pocas palabras, su asunto es éste: el protagonista del relato siente tanto fervor por determinado lugar que prefiere, aun acariciando la idea de un posible regreso, demorar el instante de ese reencuentro porque nunca la realidad puede equipararse a las ensoñaciones. Y siempre éstas van a la zaga de una idea o arquetipo —añadiría yo— que sólo alguna vez se nos revela. Cuando esto sucede, cómo nos sorbe el seso, cómo somos de la idea, del arquetipo, y cómo despreciamos a Aristóteles.

Irlanda es ese lugar particular mío, lo que en el relato de Maugham era China, Birmania, o la “happy England” del verso. En ella reconozco mi alma, lo cual no es sino una forma de locura menor, psicopatía aún leve (sólo de momento), sublimación de no sé qué trauma ocasionado por ignoro qué cosa.

En España, un caso más grave se dio en Juan Eduardo Cirlot (hace diez años yo hubiera afirmado que sin duda; hoy sugiero que, probablemente, el poeta más insólito del período abierto tras la guerra civil y hasta hoy). De él me he ocupado en otras páginas y no es cosa de soltar la brida del pensamiento que ahora me lleva: su obsesión por una doncella del siglo IX causa pasmo, vértigo, admiración; también terror por lo que tiene de inexplicable.

Pero yo no soy tan extremoso —ni tan sobrecogedor poeta, es evidente—. Sí albergo, no obstante, un amor desmedido por un país que sólo dos veces he pisado y cuya literatura , su arte, su música —¡su música!— son míos. No se me escapa que es tierra con magia que ejerce un poderoso encanto sobre muchos, pero yo hace tiempo ya que crucé el Rubicón —César contra los celtas— de lo razonable, y el sortilegio aumenta con los días como un amor no consumado en el pecho de un joven.

Regresando a Somerset Maugham y su rueda de reencarnaciones de El filo de la navaja, sería tentador figurarme que soy la reencarnación de algún bardo de la Isla Esmeralda, la tierra de santos y poetas (feliz armonía; raramente coinciden ambos estados en una misma persona). ¿Por qué no? Amergin, el primer poeta de los miles de Irlanda, dejó dicho —y alguien lo llevaría después a la letra—:

Soy el viento en el mar,

soy una ola destructora,

soy el rugido del océano,

soy un buey de siete combates,

soy un halcón en el acantilado (...)

Y aunque la idea de la metempsicosis o transmigración de las almas tuvo algo que ver —sólo algo, no seamos reduccionistas— con la religión celta, no me parece ésa sino una de las explicaciones en liza: otra, pero ya dije que no soy dado al racionalismo, es la mera patología que quedó esbozada arriba. La realidad insoslayable es esta devoción cuasi religiosa —pues se trata más de fe que de comprensión del intelecto—, esta incondicional entrega, este celo del converso.

¿Cuántas veces frente a un irlandés, ante su cara de asombro e incredulidad escrutándome como a un bicho raro de la exótica fauna de charlatanes e iluminados, no he despachado con tres gruesos brochazos el asunto de mi interés por su patria, repitiendo la más que ensayada y extraña cantilena? Aunque verosímil tal vez para otros, esta argumentación es para mí bien poco convincente porque elude —me provocaría rubor declararlo— la intensidad de este amor fou que me arrastra, esta pasión enfermiza.

Pero no, no puede haber nada morboso en esta afección o afecto tan hondo por una tierra y un pueblo que aúnan inseparablemente, como en un filtro de amor de las leyendas medievales, un pasado precristiano, en tantos aspectos vivo, y un catolicismo último y crepuscular en contraste con esta Europa agnóstica; que reina entre los paisajes hermosos por su belleza aún casi impoluta apenas se pone el pie fuera de sus pocas ciudades, fresca novia rural entre las solteronas y grises metrópolis de Europa; aromada de espliego y bañada —esquivando a los salmones y a las truchas bajo la llovizna fugitiva de la tarde— para su cita conmigo, a hurtadillas; que tiene a los suyos esparcidos por el globo —estrellas fugaces de un cielo cambiante y en el que querríamos ver otros signos—, vagabundos o establecidos en la añoranza, en la saudade nuestra, en Nueva York o en Nueva Gales del Sur, lejos.

Cuando he querido acercarme a su alma, he aprendido su lengua: el gaélico, no el inglés. Y lo he leído, y aún más, lo he escrito: desde 1992 llevo un diario intermitente en ese idioma. En el jardín de mi casa tengo una pradera de césped y trébol, su terruño mío o gran alfombra mágica aterrizada desde el condado de Clare. Y cuando me quedo a solas pongo ciertas tonadas que me hacen llorar, lo confieso.

El autor de Crónicas marcianas y Las doradas manzanas del sol (el eco de un verso de Yeats) lo es también de Cementerio para lunáticos (donde yo tal vez tenga un nicho). Ray Bradbury hubo de habérselas con el insoportable y genial John Huston durante la gestación del guión de Moby Dick, en Dublín; y en los meses de su estancia en el país tuvo tiempo de comprender algo del imaginario del lugar, de la capacidad del irlandés para pasarse horas hablando de sucesos menores que la cabeza de una aguja. Después, él seguiría viajando y le he perdido la pista. Su compatriota de ese reino de fronteras estelares que es la ciencia ficción, Arthur C. Clarke, se instalaría en otra isla muy de Maugham: Ceilán. Huston, por su parte, cerró la carrera de su vida en Irlanda, rodando ese hermoso canto del cine que es Los muertos.

Quien concibió el relato, Joyce, veía en su tierra nativa un mal endémico: la parálisis. Y tenía razón, y me diagnosticaba: ya no salgo de mi Irlanda de la mente y sus temas. No puedo dar un paso fuera de ella, y mis ojos padecen una forma irlandesa y aguda de daltonismo: todo lo veo verde.

18 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

En mi primera adolescencia estaba enamoradísimo de Irlanda. Creo que hasta tengo todos los discos de los Chieftains (en vinilo la mayor parte, me temo), y he llegado a llorar con alguna de esas tonadas. También he estado a punto de llorar por mi neglgencia para aprender gaélico (ya lo dejé dicho por esta casa). Me quito el sombrero ante el conocimiento del irlandés de que haces gala. No sé si Irlanda (y por extensión, los celtas), como Roma, es un acto de fe e idealismo. Yo lo cambié por esos griegos que nunca se creyeron del todo que eran griegos hasta que se lo vino a decir algún siniestro rey persa o ciertos arqueólogos ingleses o alemanes. Por lo demás, ¿qué decir? Precioso artículo que me ha traído muchos recuerdos. Elevo mi pinta de guinness a tu salud y a la salud del daltonismo verde. No sé cómo se dice gracias en gaélico...

marisa dijo...

Un texto fabuloso. Eso que te pasa a ti con Irlanda, y ya sé que las comparaciones son odiosas, me pasa a mí con Asturias. Siempre que vuelvo de pasar una temporada allí todo lo veo verde... El verde cala hasta los huesos e inunda el corazón.Es un placer leerte, la verdad.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Go raibh maith agat, Juan Manuel, go raibh maith agat. Ah, los Chieftains en vinilo. Tú eres verdaderamente de la cofradía.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

También gracias a ti, Marisa. Go raibh maith agat, a chara! (es bonito que en irlandés "amigo/a" se diga "cara", casi como en latín)

Jesús Beades dijo...

Lo de la música que hace llorar lo sé por El hombre tranquilo, y por un CD que me regaló Miguel d'Ors, sin títulos ni créditos (era una copia), que se titula "The young tradition" ¿sabéis algo de él? Lo escucho una y otra vez.

Tengo el pellizco irlandés desde la película de John Ford, desde esa cabellera atardecida ("hay cosas que un hombre no olvida fácilmente"), desde ese casamentero ("aquí todo el mundo lo pronuncia Cohan"), y esa taberna con canciones ebrias. Es curioso: estuve en Dublín este verano, un visto y no visto, para escuchar a Clapton en Malahide Castle. Y aún estando sólo unas horas en un pub de suburbio (con sus músicos ocasionales, guitarra, mandolina y violín), y en la llanura lluviosa del castillo, no pude quitarme de la cabeza la ironía de que la primera visita a Irlanda fuera para escuchar a un músico de rock inglés. Las hadas tendrán que esperar, y Inisfree, y Yeats. Pero pude comprobar que Irlanda existe, que huele a Irlanda, que las piedras mojadas por los siglos reflejan un brillo juvenil, pagano y cristiano, sí.
Cuántas cosas nos haces recordar.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Querido Antonio: tu daltonismo se contagia. ¡Qué ganas de aprender gaélico me han entrado! Por cierto, tengo entendido que alguien ha escrito un libro de irlandeses en España, pero ¿hay alguno de españoles en Irlanda? Un abrazo

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Jesús Beades, The Young Tradition era en realidad un grupo de folk inglés, que casi siempre cantaba a capella. Yo tuve un doble de vinilo maravilloso. Y The Quiet Man es, efectivamente, una joya deliciosa. Ah, el casamentero, el inimatable Barry Fitzgerald, llamado en la película Michaeleen Óg. Y Jesús Cotta, se han escrito libro sobre los náufragos d ela Invencible. Quizá algún amable lector español residente Irlanda (hay varios) conozca algo al respecto. Abrazos a los dos.

Manuel G. dijo...

Lo más gracioso es que la Irlanda real, su historia, folclore, literatura etc... es mucho más apasionante que la del folleto turístico.

Pero lo mismo le pasa, por ejemplo, a Andalucía: en cuanto uno profundiza un poco más, queda atrapado.

Usoz dijo...

Me parece que estáis dando una versión muy idealizada de Irlanda, como la que tienen algunos extranjeros de España (Lorca, el Quijote, las brigadas internacionales o Franco, según gustos…). Junto a todo ese haber irlandés, hay también un debe que se las trae: espíritu de campanario, violencia autodestructiva, intolerancia, desprecio de la cultura escrita…
Otra cosa: la mejor película que he visto sobre Irlanda –y una de las mejores de la historia del cine– es “El hombre de Aran” de Flaherty. Es impresionante. Os la recomiendo.

Máster en Nubes dijo...

Con permiso. Caí por aquí a través de otros, interesantísima bitácora, gracias.

Yo estoy enamorada de la Irlanda rural, del Sudoeste, la península de Beara, un lugar que comparten Cork y "the Kingdom", el condado conocido más bien como Kerry.

Irlanda siempre ha superado mis expectativas, va más allá de la literatura, por lo menos esa Irlanda de la que yo conozco algo.

Hay un libro de viajes tronchante por esa zona "McCarthy's bar" de un mitad inglés mitad irlandés. Genial.

Manuel G. dijo...

Efectivamente, también la naturaleza... por ejemplo, en ese campo tan bonito, si vas al raso, y no por lugares civilizados, literalmente te comen unos bichitos pequeños llamados algo así como michis; y en verano, como ande despejado, un sol asesino en poco tiempo te perfora la piel... ¿A que no cuadra?.

Pero de eso sólo te enteras si no vas en coche, si duermes en el campo, si no vas de hotel en hotel...

Así pasa con muchos lugares preciosos. Realmente tienen dos caras opuestas... también os puedo contar las distintas cualidades infernales de Escocia o Islandia.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Tenéis toda la razón, Manuel G. y Usoz. La Irlanda real a veces no es reconocible en el país ad usum turisti. Y, efectivamente, hay una realidad hosca y poco placentera ante la que hay que tener una actitud poco complaciente y alerta. Como Joyce la tuvo. O Flann o'Brien, que fue ejemplo en esto. Pocos como él escribieron en gaélico, y sin embargo cómo se reía de la imagen idealizada y militante de los gaelgoirí. De alguna forma, quería reírme de mísmo en este artículo, aunque confieso que no deseo curarme de mi filia. Mejor eso que una fobia, ¿no?

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Conozco Beara, aunque me temo que no tan bien como tú, Máster en nubes. Ahora, he traducido un viejo poema (¿del s. IX?) titulado "La vieja de Beare", que se desarrolla en esa zona. He leído algunos fragmentos de McCarthy's Bar, que, tienes razón, son muy divertidos. Saludos.

Lola Roldán Riejos dijo...

Este artículo sobre Irlanda me ha gustado especialmente. ¿Era Irlanda únicamente la protagonista, o era el escritor volcado en un paisaje capaz de despertar sus emociones? Llevamos a los viajes lo que también somos. A mí me pasa con Grecia.
Un beso.

Lola Roldán Riejos dijo...

Este artículo sobre Irlanda me ha gustado especialmente. ¿Era Irlanda únicamente la protagonista, o era el escritor volcado en un paisaje capaz de despertar sus emociones? Llevamos a los viajes lo que también somos. A mí me pasa con Grecia.
Un beso.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Tienes toda la razón, Lola. Son los paisajes del alma los de más difícil cartografía, y sus hitos los que más se desdibujan en nuestra propia niebla, o los que se enseñorean de los camos en torno. No he estado aún en Grecia, pero te creo. Tiene que ser algo especial. Un beso.

Manuel G. dijo...

En Kerry, los michis son realmente asesinos. A su vez, los habitantes a veces cortan el sendero oficial y se niegan a dejar pasar a nadie por su propiedad.

También ocurre que vas a ver una construcción antigua, por ejemplo un clachan, y te sale una anciana echándote la bronca porque ver aquello "no es gratis".

O si preguntas: ¿no hay un prado por aquí para dormir?...te espetarán con cara de odio...NO, TODO TIENE DUEÑO

Un poco más adelante a lo mejor te encuentras una cala donde masacraron a un grupo de españoles... pero tranquilos, ocurrió en el siglo XVII o XVIII.

¡Qué maravillosa es Irlanda!...jeje

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Todos esos males que pregonas, Manuel G., no son nada comparados con la gran catástrofe: en mi pub irlandés de cabecera (no sé si me refiero a la resaca), aquí en Sevilla, la pinta cuesta ya 5 euros. ¡Qué nostalgia me entra de la punt, y más que de ella de los precios de antaño!