lunes, 30 de junio de 2008

Cuarentena (15)

15

El hábito destrozado del peregrino va acogiendo el polvo de la llanura, tal vez para compensar la pérdida constante de jirones entre las zarzas y arbustos que detrás quedaron. Hay lágrimas en los ojos del peregrino, y hay también un cansancio que agarrota su cuerpo; aún no su alma, que fervorosa sigue pidiendo la revelación.
Cerca del mediodía se cruza con un hombre, un bulto embozado en andrajos grises, acaso más lastimeros que los suyos. La simple voz del hombre hace comprender al peregrino que está ante una horrible mutilación o enfermedad. Y ni siquiera ve los ojos que lo miran. La esquila de una ermita que no queda muy lejos deja escuchar el toque del ángelus. La lepra se aleja descalza hacia Levante. No ha aceptado las sandalias del peregrino.

domingo, 29 de junio de 2008

Roger Casement

Como es sabido, Mario Vargas Llosa está escribiendo una novela sobre Roger Casement, muy interesante aventurero vinculado al Congo de Conrad, al Perú o a la lucha por la independencia de Irlanda. Se me hacen eternos los días hasta que se publique el libro. Entre tanto, dejo aquí algunas líneas de la novela Nadan dos chicos, de Jamie O'Neill, que tuve el privilegio de traducir para la editorial Pre-Textos hará tres años. Se trata en mi opinión de una novela magistral, juicio que comparten, entre nosotros, José María Guelbenzu o Ricardo Menéndez Salmón. Allí se menciona bastantes veces al protagonista de la futura novela de Vargas Llosa, en las vísperas del Levantamiento de Pascua de 1916. Arriba, la tumba de casement en el cementerio de Glasnevin, en Dublín. Se puede leer en gaélico, bajo su nombre: "Muerto por Irlanda el 3 de agosto de 1916".




NADAN DOS CHICOS (UN FRAGMENTO):



―Me pregunto –dijo su tía– si Casement habrá podido encontrar tréboles hoy.
―¿Casement?
Lo miró con sorpresa, y él supo que no había sido intención de ella hablar en alto. ―Sir Roger –dijo Eveline–. Está en Alemania, el pobre.
Había claramente un punto de romance en su voz. Casement. Kettle había pronunciado su nombre. ―¿Es prisionero de guerra Sir Roger?
―¿Cómo puedes saber tan poco? –dijo con un temblor de irritación– Está reclutando una Brigada Irlandesa entre los prisioneros de guerra irlandeses para luchar no por la causa de Inglaterra, sino la de Irlanda. Cuando llegue el momento, esa brigada zarpará para Irlanda. Con ella hará que se alcen el Oeste y el Sur.
―Ya. ¿Y es Sir Roger alguien por quien sientes cariño?
―Es un conocido.
―¿De hace mucho? –no se molestó en contestar– ¿Cuándo podemos esperar a Sir Roger?
―Confío que pronto. Cada día que lo retrasamos se acerca más la guerra a su fin. ¿Y de qué sirve una victoria alemana si no nos hemos alzado para contribuir a ella? Estos hombres que tenemos delante tomarán Dublín y la retendrán a la espera de que llegue Casement. Sí, la querida, vieja y sucia Dublín, la ciudad del extranjero, del dominio inglés, la ciudad del Castillo: siempre fue el azote de las esperanzas irlandesas. Ha llegado el momento en que debemos redimirla. Sólo estos batallones de Dublín pueden ayudar a que así sea. De su sangre irlandesa harán una capital para Irlanda. Pero eso a nosotros no nos importa. Lo que nos importa es Ferns.
―Tía Eva, ¿crees que algo de esto va a ayudar a los pobres?
―Los pobres son tan patriotas como cualquier otro irlandés.
―No, no me refiero a eso. Me refiero a que hubo un número en los teatros de variedades de Londres, no recuerdo quién fue, pero cosechó grandes carcajadas cuando dijo que nunca supo qué hacían los mendigos de Londres con la ropa que ya no querían hasta que vino a Dublín. Pero en realidad no es un chiste, ¿verdad? Cuando ves chicos que no tienen pantalones que llevar y niñas que van por ahí en sacos de harina, te preguntas qué diablos sucede. Me pregunto si algo de esto lo va a cambiar. ¿O se trata sólo de repintar los buzones?
―¿Los buzones? –dijo– Sí, de verde; qué gran idea.

sábado, 28 de junio de 2008

Cuarentena (14)

14

Estaba dormida cuando llegaste, por eso no vi la sangre de tu frente ni el sudor helado que te chorreaba sobre el mármol. Sólo al acariciar tú mi espalda desperté a tu dolor, y vi, sí, entonces vi la marca del amor en cada gesto tuyo.
Me vestí, te di la mano y salimos al patio, grana con la luz del atardecer, aromado por las incontables glicinas del parterre. Lo recuerdo muy bien. Yo era feliz porque tú lo eras, juntos los dos contemplando al fin tu obra. No había sido tan dichosa en siglos. Tu dolor era nada bajo el machete.

viernes, 27 de junio de 2008

Impuestos



Ahora que acaba el plazo de la Renta, el famoso IRPF, rescato un artículo que publiqué en la revista El Libro Andaluz, 24 (Málaga, 1997).


TRIBULACIONES Y TRIBUTOS


Lo dijo Benjamin Franklin y no es muy halagüeño el panorama: “En este mundo, de nada se puede estar seguro, salvo de la muerte y los impuestos.” Lo primero es, en verdad, irreparable. Lo segundo — viviendo en sociedad hasta que llegue esa otra certeza—, si bien necesario es también perfectible. Y si el hombre se afana en intentar demorar la primera, dulcificarla, y sueña a veces incluso con vencerla, ¿por qué resignarse ciegamente en lo segundo? ¿No ha sido el propio Estado al que se le deben quien, en menos años de los que cuenta una mano, ha cambiado los impuestos que gravan los libros del 6 al 3, y de éste al 4%? En la cosa pública no hay verdades inmutables: no nos conformemos pues con lo que hay hoy, que no es necesariamente lo que habrá mañana.
Va siendo ya largo, y cansa, el número de años que hace que los sectores a los que atañe el mundo del libro reclaman la supresión del impuesto sobre el valor añadido para éste, algo tan sencillo como la conversión del porcentaje actual en una tasa cero, como sucede en países que no por ello se han arruinado y gozan, bien al contrario, parejamente, de una sólida Hacienda y una floreciente industria editorial, como es el caso del Reino Unido.
Lejos de lo que suele pensarse, tal vez por lo repetido del argumento, no es sólo en la incidencia en el precio final del libro y sus consiguientes abaratamiento y mayor accesibilidad al lector —con ser esto mucho y algo que nunca se ponderará lo suficiente— donde se daría un beneficioso cambio con el mencionado IVA cero. También esto afectaría de forma sustanciosa y sustancial a la labor de editores y libreros, escribidores y traductores, cuyos esfuerzos uno diría que deben ir más dirigidos a los libros como obras impresas que a esos otros libros espurios que se usan para anotar la entrada y salida del dinero, de activos y pasivos, de asientos y balances. Tan verdad es que un librero, por ejemplo, es un pequeño empresario como que no es estrictamente, no únicamente, un comerciante más. ¿Y qué decir del editor que decide seguir adelante con unas colecciones cuya rentabilidad, en cualquier otro campo productivo, incitarían al cierre patronal?
Hoy es cierto que son los contables los que gobiernan con mano de acero el timón en las grandes editoriales, pero también el mayor contador, el Tesoro, la Hacienda, la Agencia Tributaria, salta cada noche el mostrador de las librerías y se queda a hacer caja, no ya —o no tan sólo— para ver que se le entregan tres diezmos y medio de los beneficios que es convenido darle: también para convertir al librero, en una leva fiscal más ineludible que la de los ejércitos de antaño, en una especie de recaudador de impuestos por cuenta ajena. A eso y no a otra cosa es a lo que obliga el nefasto gravamen del IVA.
Bien es cierto que en la historia de la literatura, esto de manejar dineros ajenos ha tenido eximios representantes. Recordemos a Samuel Pepys, y las bolsas de sobornos y cohechos que pasaban por su despacho del Almirantazgo londinense, y de los que llevaba, en escritura cifrada, cabal cuenta, como de las viandas que comía o de las mujeres rubicundas con las que se ayuntaba. Y también está, con peor fortuna, nuestro príncipe de escritores y más insigne presidiario. ¿Acaso no fue a dar con sus huesos a la cárcel el autor de Persiles? Él sí que supo de quiebras y tropiezos con la Hacienda, responsable como fue de unas cuentas que no pudo rendir puntualmente.
Da escalofríos pensarlo, sobre todo cuando uno estampa su firma en uno de esos modelos 300 ó 390, y le asalta la duda de, si por esas gracias del Fisco, un fiasco le llevará a que sus cuentas terminen convirtiéndose en cuento o pesadilla de Las mil y una noches: “El IVA va y los cuarenta ladrones”. Aunque bien mirado, preferiría uno abandonar la versión española de Cansinos Assens y, mezclando el romance nuestro con el inglés de Richard Burton, el traductor al inglés, gozar de “Aventuras de sin VAT”. Dislexia que se traslada al momento de revisar y entregar los papeles: ejemplar para el Sobre Annual (esto suena a desastre), Modelo (¿de Barcelona?), 300 (¿diez meses y un día?).
¿Qué es eso del valor añadido? ¿Qué de valor se puede añadir a un soneto? ¿Un estrambote? ¿Qué agregar al desenlace de nuestra novela predilecta? ¿No son bastante Hamlet, Desolación de la Quimera o El tercer policía? ¿No habíamos convenido, con el poeta, que es necedad confundir valor y precio?

jueves, 26 de junio de 2008

Cuarentena (13)

13

La hija menor sale de la casa, cruza la calle y por la acera opuesta se deja seguir por un joven que, doblada la esquina, resulta ser un leopardo. La hija se da la vuelta, y cerciorándose de que no viene detrás ninguna otra bestia comienza a recitarle salmos y bienaventuranzas que el leopardo repite en su interior. Así pasan las horas hasta que, a la caída de la tarde, la hija emprende regreso a casa, rotas sus enaguas y su satén manchado. Desde la esquina al frío edifico que es la casa, un joven, distinto al de la mañana, camina unos pasos detrás de la muchacha. Al llegar al portal se besan, y el padre, desde el alto ventanal de su gabinete, interrumpe por un momento con los ojos inyectados de ira su letanía de bienaventuranzas y salmos. La doncella, desnuda de cintura para arriba, prosigue con sus rezos.

miércoles, 25 de junio de 2008

Recordando Escocia

MacDiarmid en un cuadro de Christopher Murray Grieve , National Gallery of Scotland


Hace veintidós años que asistí a la Scottish Universities International Summer School, en Edimburgo. Esos años tiene esta traducción del poeta Hugh MacDiarmid (1892-1978):


EXPOSICIÓN DE GANADO

Entre caras coloradas y voces viriles
veré elegantes ovejas bien cubiertas de lana
y grandes toros suaves al tacto,
lindas yeguas de cría, y caballos castrados
de afilados huesos y pelaje de seda.

Y a través de la cerca pintada de rojo y oro
pasaré a aún más vívidas esferas
donde brillan coquetas plumas de condesa
y están, entre sedas, las pintadas damas
cuya risa fulge allí como un rayo de sol en verano.

HUGH MACDIARMAID

martes, 24 de junio de 2008

Cuarentena (12)

12

Delante del acuario, una niña pequeña se queda extasiada a la vista de los exóticos peces. Su padre anda más pendiente de un barbo cercano —tal vez porque adivine en él su propia naturaleza—, y la niña sólo ansía una cosa en el mundo: poseer esos peces en los que cifra el secreto de sus muñecas rotas y de esa picadura de abeja que no fue dulce como la miel.
La niña se desnuda los brazos, levanta las manguitas de su hermoso vestido y, decidida, penetra con su dedo en el cristal, abriendo una vía de agua por la que escapan los peces. Ella abre la boca y los bebe feliz: juegan las aletas con su lengua, escudan las escamas a sus dientes, y uno de los peces más pequeños —el más atrevido— también quiere fecundar su campanilla. Finalmente la niña, horizontal y con la vista fija en un foco del techo, decora con algas y corales su desolada ingle.

El español


Fernando Savater y otros intelectuales acaban de presentar un manifiesto a favor de nuestro idioma y contra los desvaríos nacionalistas en materia lingüística, sean éstos de derechas o de izquierdas . Vargas Llosa, Luis Alberto de Cuenca, Albert Boadella... son algunos de los nombres que lo respaldan.
No tuve inconveniente en firmar hace unas semanas un manifiesto en favor de la lengua asturiana, que tantos buenos ratos me ha proporcionado como lector de su literatura. No creo que sea incoherencia haber firmado tal cosa, para que los amigos que escriben en asturiano puedan seguir empleando su lengua, publicando en ella, y reconocer que la lengua de todos, el español, está siendo marginada en Vascongadas, Cataluña o Galicia por unos peligrosos manipuladores.

Y lo dice uno que disfruta leyendo a Cunqueiro en gallego, o a Joan Margarit en catalán.

lunes, 23 de junio de 2008

Aromas del Japón


Tres tankas (forma que aprendí en Borges, no directamente de la poesía japonesa) correspondientes a mi primera entrega poética, la plaquette Bajo otra luz, de 1989.



TANKAS

Cíclope hermoso,
la noche nos observa,
su ojo amarillo
que nos sigue hasta el beso.
Constelación de dientes.

*

Borran tus labios
los astros, los sumergen
en sed de luna.
En la boca del lobo
somos uno y aullamos.

*

Sin una estrella
fatigamos los campos.
Paso inseguro.
Nos hace tropezar
el amor, no el terreno.

domingo, 22 de junio de 2008

Cuarentena (11)

11

Al anochecer, me acerco a la ventana. Descorro la cortina y me quedo mirando horas enteras la casa de enfrente. Allí, en la tercera planta, a escasos metros de donde estoy, un perro se asoma de vez en cuando a un balcón. Yo le silbo y lo llamo por un nombre que le he dado. Le hago fiestas y trato de que repare en mí. Pero el animal me ignora y al poco vuelve a perderse de vista. Jamás he visto a un humano en esa casa, pero sé que hay actividad en ella: luces que se encienden, persianas que se levantan o echan, música en ocasiones durante la madrugada.
Un día despierto junto a la ventana, hundido en un sillón y con las mantas por el suelo. Me quedo de piedra al ver que el perro que me obsesiona está acurrucado a mis pies. Con desasosiego, me levanto y me froto los ojos. Me asomo por enésima vez a la ventana: me veo en el balcón de enfrente, silbando y llamando al perro.

sábado, 21 de junio de 2008

La batalla de Maldon


Vaya aquí, de manera parcial y provisonal, hasta que un día me decida a acabarla, la traducción con resabios aliterativos del poema anglosajón altomedieval "La batalla de Maldon". Esta refriega entre ingleses y vikingos tuvo lugar el 10 de agosto de 991, en el sureste de Inglaterra. La información sobre el contexto del poema se puede leer en mi libro Los siglos de la luz, publicado por la editorial Berenice.


LA BATALLA DE MALDON

... quedaría destrozado.
A cada joven jinete urgió a que dejara
el caballo, llevarlo allende, y a pie
con vigor en el brazo y valor avanzar.
Tan pronto el pariente de Offa entendió
que no toleraría el eorl timoratos,
soltó de su mano a su muy amado halcón
que al bosque volara, y corrió hacia el combate.
Pudo comprobarse que no pretendía
la lucha eludir al alzar él las armas.
También quiso Edric a su jefe y señor
auxiliar en la lucha; con la lanza adelante
avanzó en la batalla. Valor no faltóle
sosteniendo el escudo y la espada anchurosa
mientras pudo su mano. Cumplió el juramento
de estar con su caudillo codo con codo.
Byrhynoth después dispuso a sus hombres.
En medio de ellos cabalgando ordenó
y enseñó a los soldados así a resistir:
asiendo el escudo sólidamente,
prietos los puños, sin pánico alguno.
Habiendo ubicado bien a la tropa,
donde a él más le plugo puso pie en tierra,
con su propia mesnada, la más firme y fiel.
Fieramente en la orilla gritó un mensajero,
el vikingo que vino de bravatas cargado.
De su pueblo soberbio, del mar vagabundo,
ante el eorl en la arena el heraldo anunció:
“Me envían hasta ti valientes marinos,
ordenan que anillos ya mismo les lleves
por su protección; que es preferible
que tú des tributo el ataque evitando
que no que comience un cruento combate.
Si tienes bastante que dar, no habrá muerte,
tendrás nuestra tregua en trueque del oro.
Si tú, que entre todos los tuyos destacas,
abrazas librar de mal a tus hombres,
da a los marinos la suma que marquen
en pacto de paz, y en pago nosotros
subiremos a bordo de los barcos, y luego
pacíficamente sin más partiremos.”
Byrhtnoth habló blandiendo la lanza,
la fina de fresno, y, fiero, el escudo
cogió con coraje; así contestó:
“¿Oyes, navegante, lo que grita esta hueste?
Tributo de lanzas tendréis de nosotros,
puntas mortales, antiguas espadas
que no os servirán de nada en la pugna.
Del mar mensajero, ve y comunica
aún más ingrata noticia a los tuyos:
que aquí encontrarán un eorl con su tropa
que fiel su país sabrá defender,
las gentes y tierras todas del reino
de mi rey Etelred. Habrán de en la guerra
perecer los paganos. Sería despreciable
que a las naves ahora llevarais el oro
sin pugna ninguna, ya que tan hondo
habéis penetrado en nuestro país.
No fácilmente tendréis el tesoro.
De puntas y filos feroz lucha habrá
antes que nosotros tributo entreguemos”.
A la hueste de escudos mandó que avanzara
y todos formaron en la orilla del río.
A ambos bandos las aguas cerraban el paso,
subía la pleamar pasado el reflujo,
la rauda corriente. Muy largo el tiempo
se les hizo, impacientes por cruzar sus lanzadas.
Estaban junto al Panta ansiando contienda
los mejores sajones y el marítimo ejército:
ninguno podía dañar a enemigo
si no lo mataba por vuelo de flecha.
Bajó la marea. Muchos marinos,
violentos vikingos, pusiéronse en guardia.
El señor de los héroes a un guerrero ordenó,
el arrojado Wulfstan –era hijo de Kela–,
avezado en la lucha, que el vado guardara.
Fue él quien mató con su lanza al primero
que venía por el vado avanzando arrogante.
Fueron con Wulfstan dos fieros guerreros,
Aelfer y Maccus, arrojados ambos,
que no pretendían del paso escapar:
al contrario, lucharon contra aquel contendiente
en tanto sus armas pudieron usar.
Habiendo observado y visto que hallaban
terribles guerreros guardando aquel río,
tramaron traición los hostiles intrusos:
pidieron les fuera permitido pasar
a través de aquel vado, trasladar a su tropa.
Entonces el eorl, con confianza excesiva,
demasiado terreno dejó al pueblo odiado.
Luego gritó sobre las aguas frías
el hijo de Byrhthelm, escucharon los hombres...

viernes, 20 de junio de 2008

Cuarentena (10)

10

El pater familias regresa al hogar enojado porque se le ha ido de las manos un negocio que prometía ser muy rentable. Pero el enfado no impide que como todas las tardes cumpla con el ritual que hace años se observa en la casa. Convoca a la familia en el salón, y allí, cuando todos han ocupado su sitio, aparece la criada, una joven aún en edad de merecer. El pater familias la atrae hacia sí, le levanta la falda y licua la inmaculada blancura de su nieve. Tantea un poco, preparando el terreno, y descarga un primer golpe sobre la dorada nalga. La fustiga repetidas veces ante el deleite general y los ayes de ella, reacciones que no ha podido embotar la costumbre. Finalizada la ceremonia, su esposa y sus hijas prorrumpen en aplausos —como todas las tardes— y corren a sustituir su mojada ropa interior por otra seca y hace poco planchada por la doncella.

jueves, 19 de junio de 2008

Bibliotecas







Ha aparecido hace unos días el quinto número de la rara, por excelente, revista Trama y Texturas, dedicada al mundo del libro y donde se tocan temas como la edición, los nuevos soportes y las librerías. Lo primero que leo es un texto de Walter Benjamin, "Traslado mi biblioteca". Y, hablando de bibliotecas, me ha parecido muy interesante "The Library in the New Age", el largo y reciente artículo de Robert Darnton, director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard, publicado en la New York Review of Books. Por cierto, que uno ha empezado a desprenderse de libros prescindibles que ya no le cabían en las estanterías, no sea que un guardia me multe por aparcarlos en segunda fila. Pero eso es otra historia...

miércoles, 18 de junio de 2008

Cuarentena (9)

9

Suenan sirenas en el muelle, un barco zarpa y se aleja. Otro aguarda para entrar tras la rada del puerto. Las gaviotas alocadas no consiguen acallar a las sirenas, y un hombre y una mujer hablan y hablan para evitar esa palabra definitiva que los separará para siempre. Sobre el equipaje —¿de quién de los dos?— hay un abrigo, y sobre la línea del horizonte una gran moneda que como un pan de oro tornasola las nubes y el cielo de amanecer. En ese instante en que se abrazan, un extraño con una gorra calada hasta las orejas, barbudo y proveniente del pasado, le toca a él en el hombro, y al volverse le da una puñalada donde presume que late el corazón. La mujer, viendo esto, cambia su abrazo por el del homicida y propina una bestial patada al cadáver. “Ya no te irás, no te irás, no te irás”. Las sirenas apagan su voz. Una gaviota bebe del cuchillo.

martes, 17 de junio de 2008

Maestros

Mi abuelo Antonio y mi abuela Dolores fueron maestros. Mi padre fue, a su vez, maestro de maestros; es decir, catedrático en la Escuela Normal, donde se formaban los futuros enseñantes. Es profesión meritoria la de profesor, en cualquier nivel que se ejerza. E importantísimo el magisterio para el cultivo de las dotes que tenga cada cual, para despertar vocaciones. También, claro está, las poéticas.
En Sevilla, y por ceñirme a la poesía, conozco varios profesores de este tipo, ya sean de primaria o secundaria. Así, Fidel Villegas, que en el Colegio Altair ha venido aglutinando desde hace años a un bando de jóvenes que en derredor del grupo Númenor y su revista homónima han ido destacando en la poesía: Jesús Beades, Pablo Moreno Prieto, Alejandro Martín Navarro y muchos más. Así, también Miguel Florián y Francisco Martínez Cuadrado, profesores del Instituto Murillo, que han compartido tertulia poética con los jóvenes. Con Javier Vela o José Antonio Gómez Coronado, entre otros.
También en Coria del Río la generosidad de los profesores amigos de la poesía abunda: Juan Sánchez, Manolo, Pilar (no sé los apellidos de estos últimos, y se me olvidará algún otro), miembros del colectivo Surcos que instituyeron hace doce años ya un premio de poesía que se ha ido consolidando. A ese grupo pertenece Víctor Domínguez Calvo, a quien pude abrazar la otra tarde.
En los tres grupos mencionados hay jóvenes poetas publicados, no pocos de ellos ganadores o accésits del Adonais, ese galardón especializado en descubrir valores nuevos de la lírica desde hace ya muchas décadas. Es decir, que otros han venido a reconocer el esfuerzo realizado por estos poetas que comienzan y, también -no ha de olvidarse-, el de los profesores que los orientaron, que les trasmitieron el entusiasmo por la poesía, no sólo materia de estudio sino impedimenta y tesoro de muchos.
Ya cansa decir, aunque nunca lo repetiremos lo bastante, que la enseñanza en España se ha degradado enormemente en los últimos lustros, y los políticos del partido que ocupan el gobierno nacional o el regional miran a otra parte. Muchos de ellos son incluso desertores de la tiza. Pero el otro día, en Coria del Río, cuando fallamos el XII Premio Surcos de Poesía con José Carlos Rosales, José Antonio Mesa Toré y Javier Bozalongo, los miembros de esa ínsula poética, Surcos, nos recordaron, no en palabra sino en acto, la importancia de la trasmisión oral, del magisterio, del paso del testigo, en la poesía.
Gracias a los maestros de aquí y de cualquier lengua, que nos enseñan no sólo a perfeccionar la que recibimos de nuestros padres, sino que llegan -algunos, pero ya se ve que no tan pocos- a hacer disfrutar de la poesía que en esa lengua se ha escrito y hasta, gran milagro, también a hacerla cosa propia y cultivarla. A hacer los surcos en que crezca la simiente.

lunes, 16 de junio de 2008

Cuarentena (8)

8

A lo largo de un pasillo tapizado de flores secas, de ramas marchitas, y de hojas arrancadas, dos amantes se dirigen a una estancia. Es una habitación que da a una calle populosa, y conforme avanzan el rumor se hace algarabía: voces humanas, ladridos, fragor y todo el hervidero de la ciudad. Él y ella, cogidos de la mano, entran en la estancia y se colocan junto a un ventanal que se asoma a la calle. Entonces él, rodeándola con su brazo derecho, extiende el izquierdo y señala a una anciana que abajo camina entre la multitud. “¿Ves? He amado a esa mujer, debes saberlo”.
Su compañera deja caer su mirada sobre la vieja y no da crédito a sus ojos. Del cuervo encorvado y cano pende una formidable araña que va trenzando su hilo, ligándolo a los árboles, las rejas de una cerca, una chimenea. Toda la calle es una amplia telaraña, y cuando ella se vuelve interrogante hacia él sólo tiene tiempo de verlo un instante, pues ya está descendiendo por un hilo para reunirse con su anterior amada. Lo llama, le grita, pero es en vano. Llegado este extremo, ella gira sobre sus talones y regresa por el mismo pasillo. Detrás quedan flores que se abren, ramas que recuperan su lozanía, hojas que vuelven a sus tallos.

domingo, 15 de junio de 2008

La Reconquista

LA RECONQUISTA

Sus ocho siglos caben en un día:
esta tarde recuerda las hazañas
de guerreros cristianos el incrédulo.
Inane y ya sin brío, sobrevive
en paz y con bostezos.

El norte, el sur, el este y el oeste,
el bien y el mal, Santiago y la morisma
eran vientos que amarraban la tienda,
remaches del escudo, los pilares
de templo o fortaleza. Un enemigo
siempre ayuda a guardar el equilibrio.

Si esta tarde pudiera espantar con la mano
las Tres Culturas y su nuevo mito
y volver con segura certidumbre
a sus nueve años, doblegando el tiempo,
ésa sería, al fin, su reconquista.

Niño engañado, puro y falsamente,
con fe abrasar el alma que está fría.

In memoriam Juan Manuel González




Nos despertamos con la noticia de la muerte del poeta Juan Manuel González. Es lástima que sea así, pero toda muerte de escritor es invitación a su lectura o relectura. Reproduzco a continuación una reseña que publiqué de su libro La llama del brezo:


PRIMAVERA IRLANDESA

Quien quiera que titule un volumen de ensayos El viento de los juncos, haciendo reverberar el eco de The Wind Among the Reeds de William Butler Yeats, ya dice mucho sobre sus referentes literarios y sus preferencias. Ahora, tras ese libro de 1999, Juan Manuel González nos brinda La llama del brezo, un poemario que no es que más o menos se inspire en Irlanda, sino que la vive, la asimila y la exuda, perfumado de pastos y de bosques, hasta mostrarnos a un autor más irlandés que los propios irlandeses (como se dijo de la aristocracia normanda que se aclimató a los modos de la Irlanda gaélica).
Irlanda, Éire (una diosa) es, quién lo duda, uno de los países más poéticos del orbe, y no sólo por ese romanticismo nebuloso que en el imaginario colectivo la vincula a paisajes sobrecogedores, a turbulencias políticas y sociales, a una historia repleta de lances, mitos y calamidades; también lo es porque se trata de una de las pocas naciones donde los poetas han gozado de un status casi mágico, sin solución de continuidad, desde la Edad del Hierro hasta hoy mismo. En otro tiempo país de santos y poetas, hoy, al menos, sigue siendo irrebatiblemente esto último. Entre los poetas españoles contemporáneos no ha tenido el mismo eco que en su día tuvo la literatura ossiánica del señor Macpherson (con Pondal, Marchena y hasta Bécquer), pero no faltan rendidos homenajes de amor en la obra de Manuel Rivas, Suso de Toro, Eduardo Jordá, Xuan Bello, Martín López-Vega, Pablo Antón Marín Estrada o Luis Alberto de Cuenca. Juan Manuel González rubrica ahora su ingreso en esa cofradía de los hábitos verdes.
Como el gran Cirlot, se prenda de una doncella céltica y ese amor tatúa todo el poemario. También como José Hierro, que llegó a tener una alucinación dublinesa (citada al principiar el libro), González es arrebatado por una visión, una aparición que está en la mejor tradición isleña del aisling (sueño en el que, con delicada sinécdoque que se adentra en la noche de los tiempos, la forma femenina representa místicamente a Irlanda). Uno de los poemas fundamentales del libro, “Al pasar frente a la central de correos, en Dublín”, la describe: “Pelo negro, labios tal vez de lava, / blancura de bayas de enero en la piel, / líneas interminables en las pestañas, / y larga e innecesaria, punteada de violetas, la falda”. Y, reconociéndola, con ese déjà vu tan cirlotiano y mítico que remite, también, a la muy debatida metempsicosis de los celtas, el poeta siente que “tras las puertas giratorias del tiempo, / ya estuvimos aquí. / Mucho antes de que tú nacieras, / antes, mucho antes, de que yo dibujara / espirales en la tierra”.
Uno destacaría, quizá, el poema “La Quinta Brigada”, que inmortaliza a los irlandeses que vinieron a combatir a España a favor de la República (otros lo hicieron por Franco: el lector interesado puede ver la novela de Colum McCann Perros que cantan). Hoy “¡Viva la Quinta Brigada!” es una estupenda canción que emociona en los labios de Christy Moore, Ronnie Drew o Mike Hanrahan. El poema de González, que se abre en un cementerio en Glendalough, me recuerda —soldados caídos lejos de su patria— uno de los poemas mejores de Juan Lamillar, “Cementerio alemán”, en el que el poeta sevillano medita sobre unas tumbas de militares de la Legión Cóndor en Yuste. Ah, el Imperio, los imperios... También hay en La llama del brezo el recuerdo a los náufragos de la Armada Invencible en el dorado bastión de Dún an Óir, o la presencia de los héroes del Levantamiento de Pascua y Bobby Sands, desde una postura más lírica que épica, nacida del ya citado aisling.
Aunque González utiliza símbolos e imágenes que se elevan sobre lo circunstancial, me temo que muchas referencias escaparán a la mayoría de los lectores: así, la dedicatoria en la que se menciona a la Hermandad de la Rama Roja (la Craobh Rua de Conchobar y Cú Chulainn, una hermandad, con sus campeones y hazañas, prefiguradora de la Tabla Redonda artúrica), o los versos que abren el primer poema: “En los arados hay un resplandor / de espadas rotas contra las estrellas”, que remiten al emblema del republicanismo irlandés y a The Plough and the Stars de O’Casey. Los cuatro campos verdes, sus soldados, guardianes del destino, Cathleen Ní Houlihan, el juego con nuestra palabra trébol y la treble inglesa aplicada a la voz de la amada... Uno desearía llenar de glosas las páginas de este libro, tal si fuera un miniado manuscrito medieval, como el Libro de Kells, pero no halla ya espacio.




Publicado en Mercurio, 47 (Sevilla, 2003)

sábado, 14 de junio de 2008

Cuarentena (7)

7

Camino por la nieve llevando sobre mis espaldas un bulto que ya he olvidado lo que guarda. Veo que en el horizonte se dibuja el perfil de una ciudad, de la que se eleva un humo rojo como la nieve. Un perro salvaje ha hozado mis piernas. También se ha llevado un trozo de mi carne y, yo, hambriento y extenuado, me tiendo sobre la nieve. Saco del paquete un pedazo de vino congelado. Lo bebo y lo mastico hiriéndome las encías. El vino es tinto, como el humo, la nieve y las fauces del can. La ciudad ya está muy cerca. Desde un balcón me mira una muchacha desnuda. Esa ciudad lleva su nombre.

viernes, 13 de junio de 2008

Glad and Sorry Seasons as Thou Fleet'st




Un artículo escrito y publicado hace tiempo en El mirador, 5 (Diario de Andalucía, 18-6-00) :


EL CORRER DEL AÑO EN EL SONETO ISABELINO

Hace justamente diez años, otro día de enero (no sé si tan lluvioso como hoy) presenté a mi profesor de cuarto de literatura inglesa en la Universidad de Sevilla un trabajo sobre este tema, centrado en el marco del que se ocupaba dicha asignatura: los siglos XVI y XVII. Aquel ensayo se titulaba como éste, aunque bien mirado entonces se trataba del subtítulo que aclaraba el uso, como título, de una cita del soneto XX de Shakespeare: Glad and sorry seasons as thou fleet’st. El sujeto de ese sintagma es el que él llama Devouring Time, Tiempo devorador. Como este artículo no está publicado, me traduciré y plagiaré a mí mismo recogiendo algunas ideas.
Está ampliamente extendido el recurso por el cual la primavera es sinécdoque de vida, juventud, florecimiento; de igual modo, el invierno representa frío, muerte y desolación. Esto es constante en todas las literaturas, y en nuestra tradición occidental sólo hay algunas excepciones, producidas casi siempre por los efectos del amor y la pasión, que confunde los sentimientos mezclando la risa con las lágrimas, el fuego con el hielo. Así en las canciones cuarta y quinta de Jaufré Rudel, donde se lee en traducción de Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Elvira: “Me gusta el verano y el tiempo florido, / cuando entre las flores los pájaros cantan, / pero es más gentil aún el invierno, / que en él es mayor el gozo que alcanzo”, o esto otro: “ y ni los cantos, ni las flores del blanco espino / me placen más que el helado invierno”. Conocidos son los versos de Petrarca en sus sonetos CXXXII, CL y CCXVII. El primero de éstos dice e tremo a mezza state ardendo il verno (“y tiemblo en el verano, ardo en invierno”).
Entre los isabelinos, sólo Sir Philip Sidney se hace eco de esa paradoja en un soneto que ilustra esa mentis insania, como Ovidio definió al amor:

With such bad mixture of my night and day,
That living thus in blackest winter night,
I feele the flames of hottest sommer day.


Con tanto caos de mi noche y día,
que en la noche más negra del invierno
siento el fuego de un día de verano.

No contento con la antítesis petrarquista, el autor de Astrophel and Stella añade otras dos que corren parejas: noche y día, y aún más en los epítetos (la noche más oscura, el día más caluroso). Pero este desorden mental de Sidney no evita que en el resto de los grandes poetas contemporáneos y compatriotas suyos, el Samuel Daniel de To Delia, el Spenser de Amoretti y la culminación de todos, el Shakespeare de los Sonnets, el tema, que es el amor, transcurra por el cauce más extendido de la oposición primavera/invierno, ya sea con el nombre explícito de las estaciones, ya con variantes de la primera (verano, estío), o con los meses pertenecientes a cada una de ellas. En el fondo se trata de la oposición buen/mal tiempo.
El tópico se enfatiza por el empleo de frecuentes epítetos, especialmente en las obras de Spenser y Shakespeare. Así, la primavera, y no es raro, es adjetivada como lozana, fresca, esplendorosa, hermosa; abril, como encantador y proud-pied (“de espléndido colorido”), mientras que al invierno se le tilda de triste, horrible y frío. En descargo de la falta de imaginación de los vates habría que reconocer que se movían en el terreno de fuertes convenciones literarias y que como en tantas otras formas de poesía, a veces, estos vocablos actúan como mero relleno del sistema acentual o métrico.
También en el soneto isabelino (por ejemplo, el XCVII de Shakespeare o el XXXVII de Daniel) se utilizan las estaciones como metáforas de la edad, algo que sólo se daba en dos de los últimos sonetos de Petrarca (los CCCXV y CCCLIII). La mínima presencia de este segundo aspecto en el Canzoniere demuestra que el fondo de los símiles estacionales proviene de otras fuentes, como de hecho parece que en aquel momento la influencia italiana había decaído y que los poetas volvieron sus ojos a los autores clásicos, especialmente Ovidio, en quien verán la inspiración para muchos sonetos, especialmente los XXX-XXXVIII de Daniel y buena parte de los que el de Stratford dirigiera a su Fair Lord.
En una tradición que procede del libro XV de las Metamorfosis, las estaciones representan los diferentes períodos de la vida de una persona y, como Stephen Booth señala, ese pasaje era familiar a los isabelinos gracias a la traducción de Arthur Golding publicada en 1567. Ya en Astrophel and Stella hay muestras de ésto: “el mayo de mis años”, que tendrá eco en el “abril de mis años” de Daniel o en el “dichoso abril de su esplendor” de Shakespeare. Y aunque algunas expresiones puedan estar elaboradas con los mimbres de lo paremiológico, sin duda son ovidianos los versos 5-8 del soneto V de Shakespeare, casi una traslación:

For never -resting Time leads summer on
To hideous winter and confounds him there,
The sap checked with frost and lusty leaves quite gone,
Beauty o’ersnowed and bareness everywhere.

Pues el Tiempo incansable al verano hunde
en terrible invierno, y en él lo ahoga:
la savia helada y deshojado el árbol,
bajo nieve arruinada la belleza.

Este marchitarse de la belleza con la edad hace que el poeta vea la suerte futura del ser amado: el Tiempo, así, con mayúsculas, lo estropeará, y vendrá la Muerte. De aquí, el viejo motivo de Horacio (carpe diem) y Ausonio (collige, virgo, rosas), tan frecuentes en la literatura del Renacimiento y posterior, no sólo en la poesía inglesa, también en la francesa de La Plèiade y en la nuestra hispana (paradigmáticos son los sonetos de Garcilaso y Góngora que se abren, respectivamente, con los versos “En tanto que de rosa y de azucena” y “Mientras por competir con tu cabello”).
En una de las piezas que inspiraron a Shakespeare muchos de sus sonetos primeros, Samuel Daniel pide a su Delia que haga uso de las sonrisas de su estío antes que el invierno caiga. La misma idea, con una más explícita demanda de amor, está expresada por Spenser (soneto IV); según él, sólo el amor puede llenar de dicha los días primaverales:

Then you, faire flowre, in whom fresh youth doth raine
Prepare your selfe new love to entertaine .


Hermosa flor que bebes juventud,
a un nuevo amor apréstate a entregarte.

Será Shakespeare quien dé un toque más personal a esta imaginería empleándola con una intención diferente. No deja de ser significativo que no haya alusión alguna a las estaciones en el grupo de sonetos dirigidos a la Dark Lady, pues ella no es dulce ni hermosa según el gusto convencional. El Tiempo no puede mancharla porque ya de por sí es oscura. Por el contrario, las composiciones cuyo destinatario es el Fair Lord, poseen, con Samuel Daniel, el más alto índice de uso de metáforas estacionales de entre todas las series sonetísticas del período, muy por delante de Spenser y Sidney.
La originalidad aquí de Shakespeare hay que verla en que siendo su “amado” varón, lo que pide de él, del misterioso engendrador de sus mejores sonetos, es que perdure teniendo un hijo que lo sobreviva (sonetos I-XVI). Para ello despliega toda su retórica y poder de persuasión, y las estaciones comparecen para subrayar la transitoriedad de las cosas humanas, no con un afán moral ni religioso, sino para eso que se solicita en el verso con que principia el soneto inaugural: From fairest creatures we desire increase, “de lo más bello ansiamos sucesión”.

jueves, 12 de junio de 2008

Cuarentena (6)

6

Como cada mañana, se enfrentó al espejo en la habitual tarea de peinarse. Sin embargo, decidió probar a hacerlo de manera distinta. Quería introducir en su gris esfera personal una ligera innovación, ya que nada se avenía a sacarlo de su rutina.
Se cambió de lado la raya, pero tuvo que desistir de salir a la calle al comprobar que en esa línea libre de cabello se mostraba una descomunal cicatriz, morada y purulenta. Cuando devolvió su pelo a la posición original, de la zona que surcaba la cicatriz salieron numerosas y diminutas estrellas de oro. Una de ellas, que no supo o no pudo remontar el vuelo, cayó sobre su frente, quedando allí fijada como la más terca de las obsesiones.

miércoles, 11 de junio de 2008

Décima antigua


No la doy aquí por la reciente frecuentación del primer Cernuda ni por la nueva edición de la poesía de Jorge Guillén en Tusquets (que ha tenido la amabilidad de enviarme Beatriz de Moura), sino porque ya estaba escrita hace tiempo, flor plantada que brota hoy. Con evocaciones de Pablo García Baena, este mes es, quizá, el más hermoso del año. Anoche por lo menos lo era en Sevilla, paseando por el Paseo de Catalina de Ribera, los Jardines de Murillo y la calle Vida. Me acompañaban Teresa y, jugueteando en la sangre, dos copas de buen vino.


JUNIO

Junio es tarde de paseo,
sol en las ramas, belleza
de lo vivo; la pereza
se hace novia del deseo.
Desde todo cuanto veo
se eleva un canto de gozo,
un placer que casi rozo.
Por las sendas de la huerta,
voy vagabundo, y despierta,
fresca, la sed junto al pozo.

martes, 10 de junio de 2008

Cuarentena (5)

5

Un hombre de mediana edad, vestido con sus mejores galas, recorre las calles sombrías que conducen a un templo. Al llegar a la puerta, mete una mano en el bolsillo interior de su chaqueta, saca un papel que lee pese a la escasa luz, lo aprieta, arrugándolo en su puño, y penetra en el edificio.
Enseguida le sale al paso el sacerdote, que lo mira desafiante a los ojos, le escupe, y le ofrece asiento sobre sus rodillas. El hombre se deja toquetear y escucha horrorizado los bisbiseos del muecín. Labios besan el lóbulo de una oreja. Manos buscan su camino entre la ropa.
La hembra del rabino, veinte años más joven que su esposo, pálida y tal vez hermosa, entra con pasos apresurados. “Ya está la cena”, asegura. Su marido no la cree, y sigue susurrando —acelerado el respirar, temblándole las piernas— las grandezas de su dios.

lunes, 9 de junio de 2008

Traición a Ezra




La llegada al taller de poesía de un nuevo alumno nos hace replantearnos una vez más nociones como las de metro y ritmo, la música del poema. A los que ya participaban en el curso les he subrayado la importancia de que forma y contenido vayan de la mano (el “canto y cuento”, que decía Antonio Machado), y este nuevo alumno quiere desprenderse del yugo del verso medido, aspirando a un ritmo más libre. Cuando empecé a escribir poesía, naturalmente, la impericia era mi compañera, y los versos fluían –con algún traspiés- sin mucha atención al número de sílabas o a los acentos, de forma bastante espontánea. Luego fui depurando el verso y la técnica se fue imponiendo, no sé si a costa de la creatividad.

De todo esto da cuenta el siguiente poema, escrito hará un par de años pero puesto de actualidad a la luz del mencionado debate del taller de poesía


TRAICIÓN A EZRA

Lo siento, Ezra Pound. Mis canciones
naufragan en el mar de los acentos,
y al fin he sucumbido a lo que tú llamabas
el metrónomo en The ABC of Reading.
Con sílabas contadas, que es gran torpeza.

A los endecasílabos blancos los tizna
la impericia en otras músicas y la infidelidad a la tuya,
por más que ahora intente otras medidas.
¿Para qué tanto leer tu prosa crítica
si los versos claudican y no arriesgan?


Por cierto, que he repasado The ABC of Reading y no hallo ahí ahora la alusión al metrónomo. Probablemente proceda la idea del “Manifiesto imagista”.

domingo, 8 de junio de 2008



EN LA MUERTE DE EUGENIO MONTEJO

Recibí la noticia leyendo el excelente blog de Fernando Valls, La nave de los locos. Luego, El País traía el domingo la necrológica firmada por Javier Rodríguez Marcos. Ha muerto el poeta venezolano Eugenio Montejo.

A él, como a Borges, y a uno mismo, le fascinaba Islandia, y cité unos versos suyos en un artículo sobre la isla que publiqué en El Viajero. Vi a Montejo dos o tres veces aquí en Sevilla, en el curso de las lecturas organizadas por Francisco José Cruz y la Casa de los Poetas. Charlamos brevemente. La última vez me dedicó un ejemplar de Papiros amatorios, su poemario de 2002 editado en Pre-Textos. En esta ciudad, también, publicó Renacimiento hace once años en la colección Azul, dirigida por el bueno de Rafael Adolfo Téllez, su Adiós al siglo XX, donde, releído esta tarde, hallo cuatro o cinco poemas antológicos. Uno de ellos, “Visible e invisible”, dice así en sus dos primeras estrofas, tan vueltas actuales por su muerte:

No ha muerto. Cambió de ruta el tiempo
que pasaba a su lado.
Él permanece donde lo vimos siempre
en lentas charlas al hilo de esas horas
que ya se han vuelto espacio.

Tal vez seamos nosotros los ausentes,
los que quedamos de este lado del eclipse
aislados por la nieve del camino.
Nadie estará seguro aquí de nada,
salvo del enigma.

Vencejos


VENCEJOS

Como en un cucurucho
rebosante de pipas,
al pie de la cornisa
los eternos vencejos.
Conjugan un idioma
más antiguo que el griego
y han nacido hace días.
De guardia en la garita
velan por que el milagro
jamás nos abandone.
Brujos son; sortilegio
es que nos vuelvan niños,
y más que hagan su nido
en nuestro asombro.

sábado, 7 de junio de 2008

Cuarentena (4)

4

Cinco niños están jugando junto a una choza en ruinas. En el umbral de ésta hay otro niño que los increpa. Les tira dardos rematados en fuego y acierta al más pequeño. Luego prende las ropas del que parece mayor, quien, hecho hoguera, corre a carbonizarse junto a su madre. Los tres niños restantes lo miran atónitos. Entonces lo insultan, y el gato del umbral (el sexto niño) llora desconsoladamente y se deja vender como leña a unos mercaderes que pasan.

viernes, 6 de junio de 2008

Cuarentena (3)

3

Lenta y aplicadamente, una mujer cuyo rostro se parece a la luna va lamiendo la espalda de un joven acostado. Va escribiendo letras con saliva, sílabas con saliva, palabras con saliva que el hombre va leyendo con los ojos cerrados. Ella escribe oralmente, y él escucha sin vista. Sólo un jadeo se oye en la habitación vacía al lado. En la que ellos están sólo pena el silencio.

jueves, 5 de junio de 2008

Otro poema de Tennyson


Esta traducción también quedó fuera de mi antología de Tennyson La Dama de Shalott y otros poemas (Pre-Textos). Lo doy con un cuadro de Millais, inspirado precisamente en la Mariana de Tennyson. Otro de Waterhouse, "Mariana en el sur" lo he descartado por demasiado apastelado. La traducción requiere un repaso, lo sé, pero la doy aquí tal como figura en mis archivos:


MARIANA EN EL SUR

Con una blanca sombra ante su planta,
la casa resplandece en todo el llano
velada al gran calor por celosías
y en silencio las viñas polvorientas:
una sierra azulada a la derecha
y ante ella el cauce seco de un río,
bajíos en una playa lejana
de clara arena y deslumbrantes calas.
Pero, “Ave María”, sollozaba,
y “Ave María” estaba noche y día,
y, “Ay,” cantaba, “estar en soledad,
vivir olvidada, el amor perdido”.

Mientras su canto se iba entristeciendo,
por frente y pecho abajo resbalaban,
y en los rosados cirios de sus dedos,
guedejas del castaño más intenso
a ambos lados. Detrás aparecían
umbríos y secretos, sepulcrales,
sus ojos melancólicos, divinos,
morada de un infortunio sin lágrimas.
Y “Ave María”, se lamentaba,
“Madonna, triste son la noche y el día”,
y, “Ay”, cantaba, “estar en soledad,
vivir olvidada, el amor perdido”.

Cuando mudaba el carmesí, y pasaba
a vivo anaranjado sobre el mar,
ella se reclinaba, y de rodillas
le murmuraba así a Nuestra Señora:
“Concédeme Tu Gracia, Madre Mía,
para llevar mi fatigosa carga.”
Y en el líquido espejo refulgía
la clara perfección de su semblante.
“¿Es ésta la hermosura”, sollozaba,
“que él tanto alabara, noche y día?”
Y, “Ay”, decía, “mas me levanto sola,
duermo olvidada y despierto triste”.

Ningún ave cantaba, no balaban
corderos ni pasaba nube alguna,
mas el calor del día iba creciendo
por piedras y vapores de salinas;
siguió dormida toda la mañana
y pensó que hollaba hierbas en el monte
oyendo ecos de sus nativas brisas
y el murmullo de arroyos valle abajo.
En sueños exhaló un leve gemido,
y en susurros, como de noche y día,
pensó: “Aquí está solitario mi espíritu
que camina olvidado y está perdido”.

Aun soñando, supo que era un sueño:
sentía que él estaba allí y no estaba.
El rumor del riachuelo, al despertarse,
se apagó y, fuera, el sol más persistente
marchitaba un sauce enfermo, encogido.
El lecho del río cubría el polvo
y todo aquel gran horno de la luz
chocaba contra el muro cegador.
Murmuró, con una queja ahogada
y más profunda que de noche o día:
“Madre de Amor, no dejes que aquí sola
olvidada viva y muera afligida”.

Levantándose, extrajo de su seno
viejas cartas en alabanza suya.
“El amor ha de ser fiel” le decían,
“a la criatura más bella del mundo.”
Un espectro la puerta atravesó
mirándola con desprecio, y le dijo:
“Pero ahora que deserta tu belleza
sola te quedarás ya para siempre.”
“Oh corazón tan cruel”, cambió de tono,
“y cruel amor, destinado al desdén,
¿es éste mi final, la soledad,
vivir olvidada y morir cuitada?”

En la hora vespertina algunas veces
un espectro la puerta atravesaba;
mirándola a los ojos le decía:
“Ya nunca volverás a estar tú sola”.
Y, posando sus llamas sobre todo,
iba el calor del día declinando
y, lenta, se curvaba hacia el oriente
la sombra negra que vertía el muro.
“Desde el día hasta la noche”, gemía,
“del día hasta la noche, noche y día
y día y noche estoy siempre yo sola,
olvidada vivo y muero afligida”.

Cantó al anochecer una cigarra
y se escuchó un sonido cual marino
que la hizo abandonar la celosía
y corrió a asomarse a su balcón.
Por toda la extensión, rosa de fuego,
fulgían bajo el Héspero sus lágrimas,
y a través de las silentes esferas
se alzó la noche Cielo sobre Cielo.
Y ahora ya llorando se quejó:
“Ya es la noche que no tendrá otro día,
cuando al fin dejaré de estar a solas,
de vivir olvidada, el amor perdido.”


ALFRED TENNYSON










miércoles, 4 de junio de 2008

Cuarentena (2)

2

Hay un muladar sobre el que planean dos águilas. Una de ellas es blanca, con plumas rojas y negras. La otra (tal vez mayor y dotada de garras más fuertes), celeste, amarilla y blanca. Se embisten las águilas en un combate a muerte, se atacan con los picos y con sus duros y afilados espolones, vierten su sangre sobre un viejo que, sentado sobre el estiércol, las mira.
La lucha se prolonga hasta la noche, y el anciano sigue pendiente del enfrentamiento que se libra sobre sus cabezas (una de las cuales es, efectivamente, arrugada y canosa, hinchada en la nuca; la otra, cuando se apagan las últimas luces, es morena, joven, vigorosa). Sus dos bocas se besan con un chasquido justo en el instante en que caen muertas las aves. Pero nadie ve todo esto, y aún faltan varias horas hasta el alba.

martes, 3 de junio de 2008

En revistas recientes




En el número 47 de la mexicana revista Fractal aparece mi "Cernuda en la Alianza", adelanto de la biografía de Cernuda, que allí debe de estar a punto de llegar por barco. Me ocupo en ese artículo de la estancia del poeta en la sede de la Alianza de Escritores Antifascistas, en la madrileña calle de Marqués del Duero, en 1937, donde coincidió con Alberti o Langston Hughes, entre otros.
En el tercer número de la sevillana El Mirador de los vientos, que dirige José Luna Borge, recojo varias versiones de sonetos isabelinos ingleses, obra del Conde de Surrey y de Samuel Daniel.
Por su parte, Campo de Agramante incluye un su número 9, recién presentado por Caballero Bonald en Madrid, un artículo mío sobre "Cernuda a/en los cincuenta", en el que me ocupo del poeta en sus años mexicanos, y aporto nuevos datos de su amor madrileño, Serafín, que se había exiliado en la capital azteca, así como del protagonista de "Poemas para un cuerpo", Salvador.

El público lee



Estuve el otro día grabando el programa El público lee, que presentado por Jesús Vigorra se emite por televisión en Canal 2 Andalucía. Este domingo 8 de junio emborronará uno la pantalla a partir de las 19:30 horas, hablando de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938). Esta foto nos la hicimos Jesús, los lectores y yo al finalizar la grabación.
Lo aviso a los amigos para que puedan a esa hora salir a sacar al perro o dar una vuelta en bici o, por qué no, sumergirse en la lectura de un buen libro (de Cernuda, por ejemplo).

lunes, 2 de junio de 2008

Cuarentena

Comienza aquí una serie de cuarenta textillos en prosa anteriores a que se pusiera de moda la palabra microrrelato. Los escribí hacia 1991.


1

Una muchacha viene caminando desde un bosque sobrevolado por mirlos. Sus pasos son lentos, contrastando con los agitados movimientos de los pájaros, que en parte la siguen y en parte continúan sobre los árboles. El vestido blanco y vaporoso deja adivinar su forma aun en la distancia, el vello del pubis se vislumbra, así como los pechos y las rodillas. De repente, tras un grito desesperado y agudísimo, los mirlos lanzan sus picos sobre ella. Mil puntas naranjas se clavan en ella rompiendo el vestido y hendiendo la tierra. De ella mana una sangre negra, un chorro que salpica una nube. Del suelo corre un hilo que forma un charco en una hondonada. Los mirlos bajan a beber con sus cabezas también rotas y que ahora son emplumados agujeros. La muchacha abre sus alas y desaparece en las alturas.

domingo, 1 de junio de 2008

Otro poema reciente




EL POETA, EN 2008, RECUERDA SU
CLASE DE HACIA 1970

Aquella Geografía ya es Historia.
Con colores distintos, el damero
de un país que llamábamos España:
regiones no atacadas por la rabia,
que nunca se mordían entre ellas.

Había un general con bigotillo
como piedra angular del aula oscura;
contra el moro y su álgebra,
un crucifijo a modo de mandoble
más alto que la equis en la negra
sotana de ecuaciones, la pizarra.

Problemas de hectáreas y fanegas
jugaban a un país rico y copioso
y largo como un tren de mercancías
que ahora, inmóvil ya, descarrilado,
derrama sobre el páramo su grano.

Creció la población: ahora somos
cuarenta y cinco millones de apátridas.