sábado, 3 de enero de 2009

Letras de Belfast

Gabriel Sánchez Espinosa, uno de los lectores que este blog tiene en Irlanda a un lado u otro de la frontera, me manda una estupenda guía literaria de Belfast. A ella se asoman Louis MacNeice, Seamus Heaney y tantos otros, en lugares y rutas y librerías. Afortundamanete, Belfast ya no es lo que era, y aunque aún la pateen algunos matarifes entre los que se encuentra, advenedizo, el tan malencarado como desalmado Iñaki de Juana Chaos, la capital del Ulster conoce hoy la paz. Para corresponder a Gabriel, dejo aquí unas páginas dedicadas a Belfast correspondientes a mi libro Las ciudades del hombre (Llibros del Pexe, 1999). Como se verá, está escrito cuando aún laceraban a la ciudad los Troubles.


BELFAST



Por la mañana habíamos estado viendo ese capricho que la naturaleza condescendió a dar a su hija la geología cuando ésta era una mocosa, hace ya tantos miles de años. La Calzada de los Gigantes, en el litoral de Antrim y frente a unas playas no muy lejanas del sur de Escocia, es en la rigidez de sus formaciones basálticas algo más que un paisaje. Se me ocurre que puede ser metáfora de lo que se vive en estos condados extremos de Irlanda: mar y tierra enfrentados pero juntos, y a veces calmos; o bien, el ver en esas columnas hexagonales fantasmagorías mitológicas unos, y otros la solidez e inamovibilidad de una sociedad que no debe -para ellos- cambiar, Dios salve a la Reina.

De allí, y pasando el pueblo de Bushmills, donde está la destilería de whiskey más antigua del mundo (1608), nuestro objetivo era Dublín, donde había que entregar el coche a la mañana siguiente. En medio, Belfast, como una posibilidad única el verano del alto el fuego de ver sobre el terreno la cuestión del Ulster sin riesgo de saltar hecho pedazos. La carretera, a ratos autopista, pasaba junto a Ballymoney y Ballymena (donde nació el actor Liam Neeson), y algo familiar había en estos nombres -como Huévar y Huelva- que recordaba a esa otra autopista que recorro a menudo. Más adelante, en otro ramal de la M-2, Carrickfergus, donde más espléndida que el castillo sobre el azogue de las frías aguas reverbera la canción de ese nombre, oída a tantos y siempre sobrecogedora. Diciendo adiós a la patria chica de Louis MacNeice nos adentrábamos ya en el gran Belfast.

El Belfast anterior a los conflictos de los años 60 y décadas siguientes era un lugar tranquilo y, aún más, aburrido. “Si una percha caía en el guardarropa / eso era un notable suceso”, ironizó Derek Mahon. Pero sospechad de un campo pelado, lo que parece un yermo puede arder como yesca ante una chispa, o hacer germinar sus semillas enterradas, secretas, tras un aguacero. De aquella calma chicha salieron las turbulencias políticas que enlodaron por centenares los muertos, y también una revitalización de la vida literaria, sobre todo en la poesía. El reciente Premio Nobel Seamus Heaney no salió de la nada: pertenece a una notable generación de poetas de Irlanda del Norte, y más concretamente de Belfast, en la que están él mismo, que estudió y enseñó allí, Derek Mahon, Michael Longley, Medbh McGukian, Paul Muldoon...

Pero íbamos por la autopista -cinco carriles en cada dirección- que atraviesa Belfast. Queríamos ir a Falls Road, el baluarte católico republicano para ver in situ una realidad tantas veces leída, escuchada. Pero fue imposible. Y no es que falten señales (yo creo que están puestas como si dijeran “precipicio” o “yo que usted no iría”; no para mostrar el camino, sino para que el avisado viajero lo evite). No hallé la salida, y esto también es metáfora. Conducía un coche alquilado, que hay que llevar con mucha mano izquierda para que no cometa locuras, por rotondas enlazadas como una cota de anillas que siempre se interponía entre mi amoroso dardo y la ciudad esquiva, laberíntica.

Tal vez sea éste el problema del Ulster: un enclave católico que corre paralelo a uno protestante, una calle cortada por un muro y una alambrada, un atentado que lleva a un funeral donde se produce otro asesinato que guía a otro sepelio, el enmarañamiento y la confusión que hacen que cuanto más dulce sea una balada nacionalista más probable es que hable de la necesidad de pegar tiros, y -monólogo dramático que hacemos nuestro- nos dejemos arrastrar a la piel del francotirador de turno.

Al final dejamos Belfast, irreductible, perdidizo dédalo. Las más de las gentes quieren allí la paz, por más que los cerriles quieran, aún hoy, tantos muertos después, seguir interpretando al Minotauro.


3 comentarios:

Coach pa'toos dijo...

Me ha encantado el texto de tu libro. No conozco esa parte de Irlanda.

A ver si encuentro tu libro.

Qué actores los irlandeses ¿por qué son tan buenos? Liam Neeson, Gabriel Byrne, Keneth Branagh, Daniel Day-Lewis.Uf.

Olga B. dijo...

Qué manera de recorrer el lugar (más o menos) y la ceremonia de la confusión que hace "que cuanto más dulce sea una balada nacionalista más probable es que hable de la necesidad de pegar tiros".
Sólo un recuerdo en el Ulster, pero no sólo un bello texto en tu blog, sino un conjunto de agudas reflexiones impregnadas de literatura ,"sospechad de un campo pelado, lo que parece un yermo puede arder como yesca ante una chispa, o hacer germinar sus semillas enterradas, secretas, tras un aguacero".
No he leído el libro, pero me ha encantado leer esto aquí.
Gracias.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias, chicas. Sois maravillosas. Vengo precisamente de tomarme un bushmills en mi pub de cabecera. Yo que comparto contigo, Olga, los extremados dolores de cabeza, espero que hoy la resaca pase de largo.