miércoles, 4 de marzo de 2009

Serrano y H. G. Wells

Hablábamos ayer de Miguel Serrano, autor de una obra interesante en sus inicios y que acabó siendo monotemática y transparentemente peregrina en un título emblemático: Hitler, el último avatara. Como tantos escritores chilenos doblados de diplomáticos (Neruda, Edwards, Morla...), Serrano viajó y conoció a personalidades variopintas. Y alcanzó una notable inteligencia del hinduismo que, bajo el amparo arcano de lo ario, le llevó a desvariar sobre la relación entre el nazismo y aquella tradición milenaria.
Las runas, los vikingos, Wagner, son todas cosas de gran atractivo. También, hasta cierta edad, las armas, los uniformes, las insignias. Mentirá quien diga que nunca se ha sentido atraído por las gestas, la magia, la guerra. Ahora bien, el batiburrillo místico-político de Himmler y Rosenberg, tan sugestivamente contado en ese best-seller de hace décadas, El retorno de los brujos, es peligroso, muy peligroso. Cualquier visionario lo es. Incluso cualquier cegado por una ideología (Enrique Baltanás ha dejado recientemente unos excelentes aforismos al respecto).
Louis Ferdinand Céline revolucionó la prosa francesa. Ezra Pound, la poesía en lengua inglesa. Ambos fueron fascistas. Serrano rayó a mucha menor altura en lo literario y los superó sin embargo en su trastorno. En las próximas semanas la editorial Berenice publicará mi traducción del Experimento de autobiografía de H. G. Wells. En pocos lugares he visto tan bien expresado el problema del nazismo, como cuando en los años treinta del pasado siglo Wells escribe:

En aquellos tiempos tenía ideas sobre los arios extraordinariamente parecidas a las del señor Adolf Hitler. Cuanto más conozco acerca de él, más convencido estoy de que su mente es casi gemela de la que yo tenía en 1879 a los trece años, pero escuchada con un megáfono y puesta en práctica. No sé en qué libros adquirí mi primera noción acerca del Gran Pueblo Ario yendo de un lugar a otro por las grandes llanuras del centro de Europa, expandiéndose al este, al oeste, al norte y al sur, al tiempo que modificaba sus consonantes conforme la Ley de Grimm y desplazaba a las montañas a las razas inferiores. Pero esto formó un trasfondo pintoresco de los aburridos hechos de la Historia Antigua. Sus supremos triunfos por doquier les ajustan las cuentas a los judíos, pueblo contra el cual yo tenía una enemistad subconsciente, debido al desproporcionado protagonismo que tenía en las sagradas Escrituras. Pensaba que Abraham, Isaac, Moisés y David eran seres detestables y dignos colegas de Nuestro Padre, pero a diferencia de Hitler no albergaba ningún tipo de sentimientos hacia el judío contemporáneo. Un número considerable de los internos en la Academia de Morley eran judíos y yo no era consciente de ello. Mi mejor amigo, Sidney Bowkett, era, creo que sin él saberlo, judío; nunca surgió esa cuestión.


Es cuestión de madurez. Unas líneas más abajo escribe:

El hecho es que Adolf Hitler no es más que, hecha realidad, una de esas ensoñaciones de cuando yo tenía trece años. Toda una generación de alemanes no ha conseguido crecer.






5 comentarios:

Olga B. dijo...

Hay cosas peligrosamente atractivas, aunque innegablemente atractivas, pero la sensatez no es terreno vedado a la belleza. Prueba de ello es este texto y algunos de los aforismos del enlace.
Y vaya, sigo intrigada con el tema: Manuel Serrano, Cirlot, Celine, Pound, H.G.Wells... Habrá que ver ese experimento de autobiografía que nos das a probar.
Me gusta leer cosas distintas. Y éstos, distintos son (al menos para mi pobre conocimiento).
Saludos.

Luis Spencer dijo...

Buena entrada, Antonio, y buena también la cita a Enrique Baltanás.

Un fuerte abrazo.

Manuel G. dijo...

Esas ideas plásticas de pueblos superiores avanzando por Europa, ni siquiera hoy totalmente superadas, eran como un sustrato general de la época, no sólo de los nazis, si no se puede leer a Ortega, a Jaeger, a Unamuno, en Inglaterra estaban a la orden del día... ¡hasta Blas Infante!... El concepto de raza, como algo físico-cultural era lo normal.

Pero algo hizo que los nazis lo llevaran a un extremo.

marisa dijo...

Lo más triste es que no se quedó en la literatura y que tuvo funestas consecuencias. Una cosa es sentirse atraído por la belleza de un mito hindú, o germánico, o celta,y soñar cabelleras guerreras al viento,o mitos del eterno retorno de lo idéntico, o secretos misterios templarios, y otra muy distinta preparar y orquestar un genocidio racial, religioso e ideológico de esas dimensiones. El nazismo y el fascismo se mueven en arenas movedizas y tienen en poco valor la vida humana en su conjunto en cuanto anteponen la idea de raza o nación a la del ser humano.Entiendo y respeto que cualquier autor coquetee con ideologías totalitarias de cualquier dirección, pero creo que por muy bellos y cincelados que sean sus textos, entristece pensar la locura que supuso y el dolor que causó aquella "ideología".
Un tema muy interesante Antonio. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Sencillamente, es la fascinación del mal, lo que nos atrae en estos casos.