sábado, 28 de marzo de 2009

Una versión para el siglo XXI




Recupero aquí unas líneas sobre mi traducción de los Sonetos de Shakespeare, en las que trato del asunto de la rima, sobre el que me preguntaba en un comentario Juan Antonio González Romano:


Parece que hace cuatrocientos años de todo: también hace cuatro siglos, Shakespeare escribió estos sonetos de amor, publicados en 1609. Constantemente se plantea la posición de su autor en el canon literario, pero más allá de prelaturas en el escalafón estos poemas ocupan un lugar doblemente privilegiado en el corazón de los lectores de poesía. De un lado, el placer estético: conceptos, ideas, emociones, expresados de manera insuperable, nada marmórea, juguetona a veces, irónica. De otro, al experimentar esto, el lector se siente cómplice y copartícipe de aquello que declara Shakespeare en algunos sonetos: la perdurabilidad de la belleza del ser amado en los versos, cosa que consigue plenamente.
En Shakespeare, el contenido de los sonetos es tan rico como el de su dramaturgia: admiración, amor, celos, enredos, deslealtades, pasión, sensualidad, cambios de ánimo. Y si en las obras de teatro aparece con profusión el verso, en los sonetos alcanza el total protagonismo, desembocando en un dístico final casi siempre memorable. Para añadir matices, el destinatario de la mayor parte de los poemas es un joven, y de otros una mujer que se interpone entre el muchacho y el poeta. La diferencia de edad y el Tiempo, con mayúsculas, son el telón de fondo.
Era por eso un reto traducir de manera poética lo que es poesía. Comencé a verterlos hace más de veinte años, cuando aún era estudiante de Filología Inglesa: primero un par, luego otros salteados, así hasta disponer de un número considerable y pensar en la traducción de toda la serie.
No era en absoluto un terreno virgen el de los sonetos shakespeareanos: varias traducciones completas de, entre otros, Luis Astrana Marín, Agustín García Calvo, Carlos Pujol, además de la parcial de Manuel Mujica Láinez, preceden a ésta. Curiosamente, aunque incompleta, la del escritor argentino es la que siempre he reputado más cercana no sólo al texto original, que esto han de procurarlo todas, y todas más o menos lo consiguen, sino también la más cercana en dicción y sensibilidad al lector moderno.
Pero aquella traducción no aportaba ni siquiera un tercio de los poemas, así que coincidiendo con ella en que sólo hay un método satisfactorio para una versión poética en español de los sonetos de Shakespeare -su traslación en endecasílabo blanco- me puse manos a la obra, aportando mi personal lectura y, como dije, traduciendo de nueva planta los 154 sonetos.
Desde luego no ha sido tarea fácil: he tenido que condensar, quintaesenciar versos cuyo contenido léxico superaba a veces la extensión de un endecasílabo, pero en general el paso de una lengua a otra ha sido extraordinariamente fluido. Por supuesto, he rehuido la rima, que es algo que no necesita un lector contemporáneo, pero no el ritmo, que es consustancial a estos poemas. Otras soluciones diferentes al endecasílabo, adoptadas por otros traductores, privan al verso de lo que es su música característica. Como un botón de muestra de este ritmo, escogido al azar, el comienzo del XLIV: “Si mi carne igualara al pensamiento, / jamás me detendría la distancia; / a pesar del espacio llegaría / de límites remotos a tu lado.”
La edición es bilingüe, para que se vea que no hay trampa ni cartón. Los principales retos han sido, como digo, el mantenimiento del ritmo, pero también la preservación de la riqueza de vocabulario de Shakespeare, y desde luego los dobles sentidos y juegos de palabras, de los que me ocupo someramente en la introducción. No he querido sin embargo incomodar al lector con notas, pues repito que el volumen va destinado al amante de la poesía, y no al erudito o al especialista.

2 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Antonio, en mi blog he dejado una entrada sobre Paréntesis. Un abrazo.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Está claro, Antonio, que un lector contemporáneo no necesita la rima y que lo fundamental es el ritmo, sin duda. Porque de lo contrario, los poemas dejan, generalmente, de ser poemas. Creo que coincidirás conmigo en la premisa de que para traducir bien a un poeta no basta con ser traductor: hay que ser también poeta.
Pero volviendo a la rima, con ella los escribió Shakespeare y claro, uno siente que algo se pierde en esa traducción.
¿La solución? Tu edición bilingüe es la mejor opción, a mi modesto entender: leer los textos traducidos y así poder luego leerlos en su lengua, iluminados, y degustar la musicalidad original de los sonetos.
Muchas gracias por esta entrada, Antonio. Un abrazo y feliz domingo de Pasión.