sábado, 4 de abril de 2009

Cernuda y Keats (I)


Luis Cernuda en la azotea de la librería de Sánchez Cuesta, h. 1930.



Comienzo aquí la publicación serializada de un ensayo que apareció, entre varios más, en Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda Inglés, libro con el que gané el Premio Archivo Hispalense que convoca, y publica, la Diputación de Sevilla. Uno no ha ganado muchos premios, pero suelo contar que aquel día obtuve con cuarenta y cinco minutos de diferencia este que digo y el Premio Andaluz a la Traducción Literaria en su primera convocatoria, que más recientemente ha pasado a llevar el nombre de Rafael Cansinos Assens. Un día con suerte, pues sólo al azar puedo atribuir el error por partida doble.
Como Con otro acento no ha circulado mucho, por no haber sido publicado en editorial comercial, y aun recomendando su lectura en papel, dejo aquí la primera parte de "Cernuda y Keats":


CERNUDA Y KEATS


Aunque Keats era muy joven cuando murió, y en parte estuviese todavía bajo los encantos de la cámara del pensamiento virginal, su conocimiento de la vida alcanzaba más allá de ella, bastante más allá de lo que cualquier otro poeta excepcional haya podido alcanzar a la misma edad.

(Luis Cernuda, Pensamiento poético en la lírica inglesa).



En un poema de Testamento del náufrago, Juan Luis Panero repasa sus memorias de Luis Cernuda en diferentes ciudades —Madrid, Sevilla, Londres, Nueva York, Méjico—, y en Roma —de todos ellos, el único lugar donde Cernuda no estuvo—, vuelve a acordarse significativamente del autor de La realidad y el deseo (“en la casa en que muriera Keats, / bajo la luz transparente de principios de otoño, / he vuelto a sentir, casi un temblor, tu presencia”). ¿Por qué precisamente Keats despierta la evocación de Cernuda? ¿Qué resorte liga, inconscientemente o no, en el pensamiento de Juan Luis Panero a dos poetas de países y siglos distintos? ¿Qué une, en suma, a John Keats y Luis Cernuda, más allá de la anécdota del viajero en Roma que, siendo un niño, conoció y trató al poeta sevillano cuando éste vivía en la Gran Bretaña?

* * * * *

Sabido es el interés por la poesía inglesa que guió a Cernuda desde ese momento decisivo de su vida, el destierro, hasta su muerte en Méjico en 1963. No poco se ha escrito sobre su lectura o lección de Eliot, por ejemplo, o de su devoción por Shakespeare. También los grandes románticos ingleses —tras el ahondamiento en la propia tradición hispánica, en la francesa, en la alemana de Hölderlin— le aportarán un caudal poético de primera magnitud. Efectivamente, Browning, Wordsworth, Keats, abrieron a Cernuda una ventana que no daba sino sobre sí mismo, descubriéndole al tiempo que una serie de recursos o artes relativas al oficio sobre todo la confirmación de su propio ser poético, de su vocación, de su sola posibilidad en la poesía.

Con fundamento, Philip Silver nos habla de Cernuda como el único, solitario poeta romántico español, bien que a deshora. Pero ya antes, Dámaso Alonso y Pedro Salinas habían señalado ese romanticismo peculiar de la obra cernudiana, llegando a decir Salinas, en 1936, que el título mismo de La realidad y el deseo “corresponde a la entraña del alma del hombre, tal y como se la plantearon los románticos”. También Juan Ramón Jiménez hablaría de ese romanticismo incipiente, de raíz alemana e inglesa, en palabras que más tarde le parecerían a Cernuda un ataque soterrado a su persona. Y en fecha muy posterior, estudiosos como Rafael Argullol y Gabriel Insausti han abundado en la idea: el primero, en sus textos “Cernuda romántico” (incluido en Territorio del nómada) y “Héroes románticos: el enamorado” (de El héroe y el único), donde habla de la pasión como “el gran acto en el que la imaginación romántica se trasforma en pathos”, haciéndose eco de que Cernuda la llama “un instante desmesurado”, y Keats “un momento de vida”; el segundo, en su libro La presencia del romanticismo inglés en el pensamiento poético de Luis Cernuda, que no es, ya desde su mismo título, sino el reverso temático de un libro capital del propio Cernuda, Pensamiento poético en la lírica inglesa del siglo XIX. Y aunque Insausti refleja parte de la presencia de Keats en el autor de Las nubes lo hace de una manera general y en un contexto compartido con otros poetas como Shelley, Coleridge o Wordsworth.

Cernuda nos cuenta un episodio en el que, un día, a caballo, cumpliendo el servicio militar en su ciudad natal, tuvo —de manera semejante a San Pablo— la revelación de la poesía. Creamos su testimonio epifánico. Y digamos aún más, que ya a caballo de la poesía, el sevillano, como el de Tarso, volvió a caer en Inglaterra —puede que sin saberlo hasta más tarde— para hacerse el gran poeta que hoy es admirado. Porque no es el autor de Primeras poesías o de Égloga, elegía, oda, ni siquiera el de Los placeres prohibidos o Donde habite el olvido, el que raya a la altura de los poetas verdaderamente grandes. Y esto no es simplemente por razones de juventud o inmadurez. A Cernuda le estaba destinado otro dominio en el que sólo se adentraría, sin retorno, con el exilio: ser el poeta hondo, moral, rebelde, que en España —cosa insólita— ha sido sucesivamente faro de tres generaciones de jóvenes poetas, desde la llamada generación del cincuenta para acá; un gran poeta europeo en nuestra propia lengua.

I

CAMINO AL ROMANTICISMO

Luis Cernuda, atraído ya por la poesía pero aún no autor publicado él mismo, tuvo la privilegiada ocasión de ser alumno de Pedro Salinas, catedrático de literatura en Sevilla. Era 1920, y Salinas, que acababa de regresar de La Sorbona, introdujo a Cernuda en la poesía francesa: Valéry, Mallarmé, Lautréamont... También le prestó varias obras de Gide, que le sirvieron para reconciliarse con su homosexualidad. Éste era el primer contacto de Cernuda con una tradición poética foránea, y no sería el último; también la primera influencia exterior, perceptible en el que fuera su primer libro, Perfil del aire, hoy convertido en Primeras poesías.

Más tarde, Cernuda pasará por el surrealismo, o superrealismo, como él prefiere llamarlo. Vendrán lecturas de Aragon, Breton, Eluard, Claudel..., y la cristalización de estas obras ajenas en la suya propia, que alcanza su momento más deslumbrante con Un río, un amor y Los placeres prohibidos, libros a los que sucederán en un proceso gradual hacia un cierto romanticismo Donde habite el olvido e Invocaciones. Efectivamente, Cernuda —al día de las novedades editoriales francesas en la librería de Sánchez Cuesta y posteriormente en Toulouse, durante su lectorado— conoce el surrealismo, que, como ya han señalado tantos, no es sino una forma del romanticismo llevado hasta sus últimas consecuencias, su final lógico, si es ésta palabra que se pueda emplear referida a surrealismo. Poco sospecha entonces el poeta que, tomando ese furgón de cola, llegará, pasando de un vagón a otro, al descubrimiento del que es su motor a partir de esa fecha emblemática de 1936; un tren que por su valiosísima carga no importa que llegue tarde, muy tarde a la estación.

Los libros surrealistas ceden finalmente el testigo a Donde habite el olvido, un homenaje a Bécquer, un librito neorromántico que presagia nuevas miras, ya plenas, maduras, en Invocaciones. En Historial de un libro se lee:

Ya no tenía necesidad del superrealismo y comenzaba a ver, por otra parte, la trivialidad, el artificio en que degeneraba al convertirse en fórmula poética. La lectura de Bécquer o, mejor, la relectura del mismo [...] me orientó hacia una nueva visión y expresión poéticas, aunque todavía apareciesen en ellas, aquí o allá, algunos relámpagos o vislumbres de la manera superrealista.

Cernuda aún distaba de alcanzar la fuente originaria del romanticismo, pero ya había reparado en la obra de su paisano, el poeta “romántico” español por antonomasia. En realidad, ya lo había leído en fecha tan temprana como 1911, en la casa familiar, pero ahora es cuando busca su sombra y, trascendiéndola, enseguida pasa a la órbita de Hölderlin, a quien traduce en 1935 con la ayuda de Hans Gebser. No es nada nuevo decir que la huella del genial poeta alemán es palpable en “Himno a la tristeza” y en “A las estatuas de los héroes”, los dos poemas que cierran Invocaciones. Con él también coincide en el amor por lo helénico, que permeará hasta el final su visión del mundo.

Cernuda ya está preparado para su encuentro con los otros grandes románticos europeos: Leopardi, en 1936, durante los difíciles días del Madrid bélico, y, por fin, en Gran Bretaña, Wordsworth, Coleridge, Keats...




5 comentarios:

marisa dijo...

Te aplaudo Antonio, es un lujo leer tu acercamiento a la obra de Cernuda. Un fuerte abrazo

Antonio Serrano Cueto dijo...

Con este ensayo amplío y recupero la lectura de tu Cernuda, que tanto me gustó.
Por cierto, supongo que estarás en Cádiz en la presentación de "Vacaciones de invierno" de Benítez Ariza. Si es así, me complacerá saludarte. Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Hola, Marisa. Espero no cansar: son nueve las entregas. Eso sí, las iré espaciando durante el mes de abril. Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Cernuda da para mucho, Antonio. Por cierto, que el premio de traducción que gané el mismo día era precisamente por la antología de Keats, publicada en La Veleta. Estaré en Cádiz, sí, en la presentación de Vacaciones de invierno. Allí nos veremos. Un abrazo.

sergio astorga dijo...

Antonio, te aseguro que no cansarás yo espero todos.
Un abrazo I
Sergio Astorga