jueves, 30 de abril de 2009

Anotaciones de viaje


Otros iban  a Melilla a realizar el servicio militar, a cumplir el rito de iniciación en la edad adulta: despertar a la hombría, a la virilidad, a la grifa, a algún episodio de sexo mercenario con alguna morita o con una manceba pasada de años y liendres o ladillas.

            Aquí voy yo, que no hice la mili, de regreso a mi ciudad natal, antaño plaza de soberanía y hoy ciudad autónoma, donde nací hace –todavía hoy, que pronto será uno más- cuarenta y cinco años.

            Regreso con un traje de buen paño confeccionado por mi sastre de ascendencia irlandesa, O’Kean, oyendo un puñado de discos descargados en el I-Pod, en los que predomina, claro, la música irlandesa, esa pasión mía; y escribo en el nuevo ordenador de la marca de la manzana, a cuya tentación he sucumbido, mientras desde la rejilla del asiento de delante me mira un libro de Benjamín Prado, precisamente Siete maneras de decir manzana, que estoy leyendo para hallar inspiración para mis clases de poesía.

            Parte el tren: salimos hacia Córdoba, de donde bajaremos a Málaga, y de allí, por vía aérea, a Melilla. No sé si la ciudad habrá cambiado tanto como yo en estas cuatro décadas y media de mi ausencia, sólo interrumpidas, como una mancha negra en mi expediente de hijo pródigo, por unas breves y casi olvidadas vacaciones de mi infancia.

Heráclito habló de un río, pero ¿se vuelve a bañar uno en el mismo mar? Hace mucho que me siento más atlántico que mediterráneo, y con todo estas aguas son de algún modo mi placenta, y si me baño en sus olas lo hago en una corriente interior, y su sal es las sales, el sodio, los nutrientes de mi primer baño en el mundo.

Ya estoy sentado en una sala de espera del aeropuerto de Málaga, entre turistas holandeses, irlandeses, británicos, que regresan a su lluvia y su laboriosidad. La mañana es aquí espléndida, y dentro de poco la veré orear, turquesa, el mar bajo las alas del avión, las olas bajo las alas aliterativas, como versos de una gran ora marítima. Llaman por la megafonía a los pasajeros de Aer Lingus que han de embarcar a Cork. Lo oigo y empiezo a salivar, listo ya para una pinta (me he levantado muy temprano esta mañana).

Hay un vértigo, no de altura, sino de hondura y tiempo, en esta acción de presentar un libro propio, firmado con mis dos apellidos, en el colegio donde mis padres fueron profesores, el Buen Consejo, en su edificio neogótico y algo venecianante que hoy es la UNED. En el aula que sirve de salón de actos, leo un poema y apenas puedo seguir hablando. Se me entrecorta la voz (sin duda porque no han puesto una botellita de agua…).

A la mañana siguiente, recorro Melilla la Vieja, subo por las murallas, acaricio los cañones, que no llegan a calentarse porque el aire es fresco, de poniente; oteo el mar y la costa a derecha e izquierda. Paseo por el Parque Hernández y busco el que fuera hospital de la Cruz Roja, en cuya maternidad comenzaron originalmente estas líneas. Pocas veces una metáfora, alegoría casi, le sale a uno al encuentro tan meridiana y desoladamente.

2 comentarios:

Alfaraz dijo...

Además de la anotación del viaje, Antonio, me ha llegado una evocación emocionante de la antigua Rusadir altiva; la cautiva y cautivadora princesa de Arrabal.
Quien lo probó lo sabe.

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Olga B. dijo...

Pues estás sembrado entre viaje y viaje. Me gustan mucho estas anotaciones, y ese recuerdo trufado de recuerdos que parece un corto lleno de flashback.
El poeta con la voz entrecortada porque su cabeza está llena de imágenes que sí has mostrado al lector pero difícilmente pueden trasmitirse al auditorio.
Con el comentario de Alfaraz y su cita a la Rusadir altiva, he pensado en mi Sedeisken (qué nombres, por Dios)y eso es porque tus textos son alegorías propias que pueden llevarnos a la nuestra.
Muy bonito.