jueves, 23 de julio de 2009

Cautivo en Ronda

Luis Cernuda en Ronda, 1934

CAUTIVO EN RONDA

 

Estas cosas suceden. Tantísimos años de vivir a la minucia de ciento treinta kilómetros de Ronda, y a pesar de las numerosísimas ocasiones en que habíamos oído ensalzar las bellezas de la ciudad, nunca, hasta hoy, haberla pisado para comprobar con los ojos propios las excelencias que otros vieron en ella. A emprender camino nos llevaron dos cosas: una, un documental insólito por su inteligencia y sensibilidad, protagonizado por los años infantiles del psiquiatra y escritor Castilla del Pino, los cuales, entre otros lugares, se desarrollaron en Ronda; la otra, el deseo de viajar y atesorar un poco de felicidad ante la inminencia del fin de mis breves vacaciones navideñas, para calentar con ella la grisura del invierno y combatir su frío en meses de sedentaria rutina, siempre entre las mismas calles y a la sombra de los mismos edificios.

Yendo a Ronda por donde iría aquel rey moro de Sevilla que la tomó hace ya nueve siglos, ya el mismo camino valió la pena hacerlo por sí mismo; y eso aunque al final no hubiese habido, ficción terrible, ciudad ni Tajo que llevarse a los ojos; aunque aquella serranía última en la que ambos se emplazan no hubiese sido el epílogo, y qué hermoso, de las otras sierras que íbamos atravesando u oteando desde el coche. Parte de los primeros kilómetros han quedado retratados con esa cámara admirable que es la prosa de Enrique Baltanás en un libro que merecería más suerte que quedar arrumbado en un almacén de la Diputación de Sevilla, su editora, y que es, a mi juicio, siempre de leal subjetivismo, una de las obras más clarividentes y deliciosas que se han escrito nunca sobre Andalucía la Baja. Por las tierras que fija en la memoria Viaje al Guadaíra, corriendo paralelamente al curso del río y dejando a un lado Utrera, Los Molares, El Coronil, Montellano, Algodonales, nos fuimos acercando a Ronda.

Desde la carretera no se aprecia, entre las curvas que van aproximando a la villa en su parte más reciente, antes conocida como El Mercadillo, la monumentalidad de Ronda, el impresionante corte geológico, la belleza antigua de sus calles estrechas y empinadas, irregulares y melancólicas. El zigzagueo lleva hasta una amplia avenida flanqueada de edificios de pisos y, avanzando, la localidad se abre en populosas calles de buen comercio y actividad que bulle, como de pequeña capital de provincia.

A la derecha se abre un terreno que es parque y mirador: La Alameda, que, se cuenta, no costó ni un real al erario público porque los fondos con los que se acometió su obra procedieron de las multas impuestas a los que hablasen con un lenguaje obsceno o indecoroso. Realmente, es digna de ser estudiada esta metamorfosis casi propia de Ovidio: las palabrotas transformándose en árboles, y las blasfemias en flores, como le habría gustado a Berceo. Recorriéndola entre jubilados que toman el sol, se llega a una barandilla desde la que se contemplan muchos kilómetros a la redonda, casas a nuestros pies como ínfimos meñiques de piedra, caminos que trasiegan su cargamento de curvas, subestaciones eléctricas sumidas en la indolencia y el abandono, ondulaciones, sierras, lejanías. Desde allí mismo, y desde el lado opuesto de la ciudad, a oriente, o según desde donde se mire, a occidente, vislumbres de la Sierra de San Cristóbal y la de Grazalema, tan lluviosa, la Perdiguera, Sierra Hidalga y la Sierra de las Nieves; debajo el río Guadalevín, que los naturales de Ronda traducen, calculo que con causa, como “Río profundo”, cosa que sin duda lo es, y mucho.

En 1992, en el transcurso de uno de los actos con los que, gracias al buen hacer del actor y director de teatro Denis Rafter, el Pabellón de Irlanda acercó la cultura de aquella isla a los sevillanos y a todos cuantos concurrieron a la Exposición Universal,  Sinnéad Cusack, a quien pertenecer a un notable linaje artístico gaélico irlandés no le ha impedido ser esposa del prototípico inglés Jeremy Irons, leyó el monólogo de Molly Bloom con el que se cierra Ulises. Aquellas sí que fueron líneas eróticas. En esas páginas, párrafos o suspiros, la gibraltareña criatura de Joyce recuerda, como del edén perdido, su estancia en la ciudad del Tajo: “y Ronda con las viejas ventanas de las posadas 2 ojos mirando una celosía oculta para que su amor besara el hierro y las tabernas de noche a medio abrir”. Y luego, ya en plena descarga orgásmica, abrazada a ese fetiche, el recuerdo de su juventud, añade, ebria de sensualidad: “y las espléndidas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas las extrañas callejuelas”.

Rainer María Rilke escribió a su amigo el escritor francés Edmond Jaloux: “Cuando yo llegué por primera vez a Ronda me quedé asombrado de haberla visto ya. ¿Pero dónde? ¿Cómo? De pronto me acordé de una tarde, en Rusia, transcurrida en la gran sala de un palacio; hojeaba el diario de un viaje de un joven hidalgo que había dado la vuelta a Europa en compañía de su preceptor. Allí había diseñada una ciudad, cuyo nombre no estaba escrito: era Ronda.” Rilke alojó su nomadismo en la habitación 208 del Hotel Victoria, que no recibe su nombre de ninguna monarca española, sino de la reina que vio en su máximo apogeo al Imperio Británico y que algunos, más que por los hechos de su reinado extenso, la recordamos por las ficciones de Kipling y los nostálgicos versos de Sir Alfred Tennyson, su Poeta Laureado. El hotel fue construido por una compañía inglesa, para esparcimiento de los militares de su país de paso por Gibraltar, que no queda muy lejos. No recuerdo ahora, y las biografías de Yeats me quedan algo lejos —en otra habitación y en otra planta— si el autor de El viento entre los juncos puso sus pies en Ronda cuando estuvo en Andalucía en 1928, quedándose a un tiro de piedra, en Algeciras (donde sitúa un poema), una temporada para aliviar la salud de sus maltrechos pulmones. Pero lo imagino por las pinas calles de Ronda poblando de ensoñaciones el magín, y recordando, aunque ya estaba casado con su estrafalaria George, las luminarias de Maud Gonne y su hija Iseult, que tantas sombras y dolor arrojaron sobre su vida. Pues siempre en Ronda, no parece que otra cosa sea posible, uno se acuerda de las mujeres que ha amado y con las que, piensa, hubiera querido compartir unas horas en callejeo silencioso, o dañar, con ellas, los ojos en plácida ceguera ante la contemplación del sol cuando se pone, crepúsculo increíble, en el otro extremo de la serranía.

Hace casi seis décadas, por la misma época del año en que nosotros estábamos allí, Dionisio Ridruejo le arrancaba estos versos a su destierro en un poema titulado “Navidad en Ronda”, que comienza:

 

Al borde del abismo que encastilla

el labio de la tierra

me asomo al mundo por el aire frío

diafanizado en un cristal de hielo.

Al mundo vasto, confinado y solo

donde la soledad se me derrama

en forma de pintura.

Alamedas y huertos diminutos

lamidos por la orla

del río calmo; casas esparcidas

con cipreses, atadas con senderos

como un Belén soñado;

 

 

El aire diáfano y las manchas blancas de desparramadas casas por entre campos y faldas de montañas eran los mismos, la misma luz envolvía nuestra mirada. Ridruejo, uno de los más activos falangistas de la primera hora, combatiente en Rusia con la División Azul, y poco menos que poeta oficial del régimen en su inaugural victoria, se apartó de éste en 1942 con sendas cartas al mismo Franco y a Serrano Súñer. El Poder lo podría todo, menos tolerar que uno de los suyos le diera la espalda y le saliera respondón, con lo que Ridruejo padeció la censura de sus libros y fue obligado a trasladarse a Ronda, adonde llegó con cierta cantidad de dinero para establecerse y la sombra tutelar de un policía, más que para vigilarlo, imagino, para que lo persiguiera la mala conciencia. Es curioso y no sé si casual que el yugo y las flechas sean parte principalísima del escudo de Ronda, en honor de los Reyes Católicos, que la tomaron en año tan épico como 1485, cuando sin ellos saberlo William Caxton, ese amigo íntimo de Luis Alberto de Cuenca, Carlos García Gual y Jacobo Siruela, imprimía en Inglaterra Le Morte d’Arthur, que por narrar gestas de la fantasía y no de la historia tiene más asegurado un hueco en el porvenir que las hazañas, hoy menospreciadas, de Isabel y Fernando. Ridruejo  se hospedó primero en el Hotel Victoria, donde ya lo había hecho Rilke. En Casi unas memorias dejó escrito: “Aquella ventana valía el viaje, el confinamiento y cualquier cosa. Tenía a mis pies un jardín espacioso, que aún estaba florido, lleno de palmeras, pinos y cipreses. Su borde era el de la gran falla o cortadura que levanta a Ronda.” Pero el paisaje exterior chocaba con el humano de la postguerra, y el poeta añade, para quebrar la idílica imagen: “Hermosa y por debajo trágica, la imagen de Ronda sigue viva en mí en sus dos dimensiones. La que se me abría por la ventana espléndida, entre lectura y lectura, poema y poema, y la que, por las calles, iba embargándome con una pesadumbre parecida al remordimiento.”

Por terrazas que recuerdan la imagen que tuviéramos de los jardines colgantes de Babilonia, Ronda va declinando hacia su río en un paisaje abrupto y a un tiempo suavizado por la mano del hombre. Hay un restaurante y cafetería que, más que dar viandas y bebidas, sirve durante bastantes horas del día aquello que un visitante extranjero más puede ambicionar en su visita a España: el sol generosísimo que, como zumo interminable manado de no se sabe qué caldero pagano de la abundancia, nutre y vivifica. Enfrente, al otro lado del Tajo que el Puente Nuevo salva, el Monasterio de Santo Domingo y, en una calle descendente, la llamada Casa del Rey Moro, un mosaico de cuya fachada representa a un visir con turbante que —volvemos a Yeats— recuerda a Bizancio o, mejor dicho, a algún sultán de Constantinopla o al mismísimo Gran Turco, lo que a su vez, unas ideas conducen a otras, lleva a la memoria a encallar en los baños de Argel y la presencia regresada de Miguel de Cervantes, que en su estancia en Ronda se hospedó en la Posada de las Ánimas, nombre que ya quisieran Poe o Lovecraft para un relato suyo. También lo querría para sí Daphne du Maurier, autora de La Posada Jamaica, que ambienta su historia de amor y contrabando en el desolado páramo de Bodmin, en Cornualles, tan remoto y tan distinto de la serranía de Ronda. Pero lo del contrabando parece ser un tema universal. Nos ha pasado: viniendo de Algeciras, nos ha parado la Guardia Civil para comprobar que no transportábamos mercancías sin declarar, o ilegales, traídas de la Roca de Molly Bloom.

Bajando por la callejuela en la que está la Casa del Moro se llega al muy restaurado Palacio del Marqués de Salvatierra, hoy perteneciente a un rico noble que tiene intereses en una importante aseguradora andaluza, y que es marido de la ex-alcaldesa de Sevilla. No pudimos adentrarnos por sus patios, pero sí tuvimos ocasión de observar desde la breve plazuela a la que da su entrada las cuatro figuras de indios del Perú que hacen las veces de columnas en las puertas de la casa, sobre un precioso balcón de hierro forjado. Las dos incas tratan de cubrir sus vergüenzas, mientras que sus congéneres masculinos, en actitud menos preocupada, orean burlonamente la lengua, como si adanes trasterrados de un paraíso a otro, trataran de perfumar con su aliento de frutos exóticos de América la andaluza brisa. La vista que se tiene desde este lugar es de una belleza muy difícil de describir con palabras que no decepcionen: desde sus murallas, Ronda baja por cuestas hasta dos viejos puentes, llamados sin mucha razón histórica romano y árabe, y desde aquí se ven, muy abajo, los restos, ya sin yesería y mosaicos, de unos baños moros, en los que son distinguibles aún las diferentes estancias y aljibes.

Subiendo por la calle Armiñán, que es la principal arteria que riega el cansino corazón de la ciudad vieja, en una pared de la acera izquierda se puede leer una lápida que indica la casa en la que en 1839 nació Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza. En la misma calle y acera, el esbelto minarete de la iglesia de San Sebastián, que es todo lo que ha quedado del templo musulmán y de la iglesia cristiana, se eleva desde un primer cuerpo de piedra que va a dar en otro de ladrillo con trazas mudéjares en el que, tímidos, se abren unos ventanucos, hermanos pequeños del arco de herradura que enmarca al portón de la base; rematando la enteca torrecilla, una veleta con la señal de la cruz quiere recordarnos que también sobre los vientos soplan divinos designios y que en la palabra meteorología está contenida la teología.

La plaza en la que el ayuntamiento nuevo ocupa lo que era un antiguo cuartel de milicias es uno de los rincones de más encanto de la ciudad toda. En sus jardines, Ronda recuerda con un busto a uno de sus más célebres hijos: Vicente Espinel, quien se trató con Cervantes durante la estancia de éste aquí. No haríamos justicia, ni a él ni al tópico, si no quedara aquí constancia, un tanto maquinal y de pasada, es cierto, de algunos ordinales que con él se relacionan: él fue el inventor de la décima tal como conocemos hoy día  esa estrofa, en su honor bautizada espinela, y de la quinta cuerda añadida a la guitarra, a la que se llama prima. Es abundosa la plaza en vegetación y pájaros, que se unen casi naturalmente a los árboles y aves que custodian la entrada al colegio salesiano en que estudió interno Castilla del Pino, tan distinto del espíritu pedagógico de Giner de los Ríos según se deduce de Pretérito imperfecto, las memorias de inmejorable título del psiquiatra. La tarde que estuvimos allí, los flautines de los mirlos en la recoleta plaza, por donde no circulaba coche alguno y sólo, sí, un poco de aire que llevaba en volandas el canto, me trajeron remembranzas de patios olvidados y melodías aladas, escuchadas no sé cuándo, de las que éste era el eco. En aquella alcazaba erigida en el punto más elevado de Ronda había una perfección de paz inalterable. Qué lejos de la sangre y el dolor de las quinientas personas que en 1936, poco después de la insurrección de Franco, fueron en ella pasadas por las armas por una partida de milicianos. Lo cuenta, con detalle aunque sin dar el nombre de Ronda, Ernest Hemingway en su Por quién doblan las campanas.

Dándole la espalda a Espinel, la vista se demora en la extraña composición que queda frente a ella: la iglesia o catedral de Santa María, un templo del color de su piedra y mampostería menuda al que le han crecido en la fachada unos balcones soportados por unos arcos que se dibujan, rubios, sobre la cal del fondo. Desde esa balconada uno se imagina a la nobleza y autoridades de Ronda asistiendo hace siglos a justas y espectáculos, cruentos unos, otros más festivos, en esta plaza de armas que hoy lleva el nombre de Plaza de la Duquesa de Parcent. Al pie de la torre, un ciprés y una palmera se diría que quieren emular a la verticalidad del campanario renacentista.

Dejando la plaza, andar sin rumbo por la estrechez de las calles que llevan al Palacio de Mondragón, con sus simétricos torreones, es dulce y ameno, mientras se cruzan los pasos de uno con los de un gato indiferente que dobla una esquina, o se echa a rodar la imaginación por una calzada que bordea el Tajo y lleva hasta su falda. La tarde que allí estuvimos, unos turistas extranjeros hallaron el cuerpo y la vergüenza de un desgraciado que el día anterior había matado a su mujer y, siguiendo la local costumbre, se había arrojado por el precipicio decorado de plantas trepadoras y chumberas. Luego hemos visto en el periódico la fotografía de una descomunal grúa que lo izó hasta el Puente Nuevo, a pocos metros del flamante Parador Nacional de Turismo, donde hoy pernoctan los escritores de posibles, en lugar de aquella cervantina Posada de las Ánimas.

Toda estampa literaria de una ciudad debería ir fechada, porque la realidad muda más que de piel una víbora y lo que podría haber de cierto, por ejemplo, en la Carnaby Street londinense que dejó escrita Leopoldo María Panero en los años sesenta del siglo XX, de tan irreconocible hoy no es ni siquiera sombra de lo que fue, un borrón que sólo pervive en la tinta del libro del poeta. Pero Ronda, la vieja Arunda céltica, mora y después cristiana, permanece idéntica en lo esencial a su propia imagen de hace décadas, y lo que hoy pueda decirse de ella será, en sustancia e incluso en detalle, lo mismo que —esperamos— pueda referirse dentro de medio siglo. Es cierto que no toda Ronda queda contenida en esta estampa apresurada e impresionista: faltan el cante y lo taurino, cosas ambas de las que los rondeños se precian, también de ese romántico hálito de bandolerismo en el que la imaginación de uno, céltica como el origen de Ronda, mezcla serranos y highlanders, confundiendo mantas con kilts, no en vano aquí estuvo el primer ministro inglés Benjamin Disraeli buscando al Tempranillo, con quien no se topó, muy defraudado, pero de quien seguro tenía una imagen de forajido o proscrito en la que pesaba mucho el Rob Roy de Sir Walter Scott. Borges, el más escocés, e islandés, y persa, y árabe, de los escritores argentinos, dedicó un poema a Ronda en La cifra, fruto de una visita que hizo hacia 1980. Tras una enumeración muy suya de más de una docena de versos, dice que el Islam “es aquí, en Ronda, / en la delicada penumbra de la ceguera, / un cóncavo silencio de patios, / un ocio de jazmín / y un tenue rumor de agua, que conjuraba / memorias de desiertos.”

Llega el momento de partir, y al corazón lo colman felicidad y melancolía casi infinitas por haber descubierto una ciudad, tan cerca, tan lejos, que a uno le hubiera gustado explorar más a fondo, desentrañar la historia de sus blasones —tanta heráldica encastrada en sus muros—, y entrar furtivamente en conventos cerrados o en la iglesia fortificada del Espíritu Santo, beber de más caños de sus fuentes y quedar perdido en el laberinto de las callejuelas, cautivo en Ronda, como aquellos prisioneros cristianos que labraron en la piedra las escaleras que bajan al río, en La Mina. Vistos con lentes de ensoñación, sus penalidades y esfuerzos dan pábulo a la envidia, y únicamente no quisiéramos ser ellos porque tal vez los pobres no viesen, en lo profundo, la luz libre de Ronda sobre tanta belleza, una belleza que en su época era sólo parcial y proyecto, pues aún debían venir otros siglos y hombres a acumular hermosura sobre ella.


Publicado en la revista Clarín hace unos años.

1 comentario:

Fernando dijo...

Cautivo se queda uno leyendo en esa telaraña de palabras, lugares y personas.
Un placer.