jueves, 9 de julio de 2009

La palabra y la rosa


Contaba aquí que conocí personalmente a Francisco Brines hace unas semanas y pude charlar con él detenidamente (aunque quizás, debido al ruido ambiente, no en la atmósfera más apropiada). Recojo aquí una reseña de una monografía dedicada al poeta que publiqué en la revista Mercurio y que ha pasado a formar parte de mi reciente libro Las líneas de otras manos


COLLIGE, VIRGO, ROSAS

Los años comportan esta servidumbre: aguzan las manías y embotan la bondad, nos hacen quisquillosos, a veces con el más arbitrario y quebradizo fundamento. Entonaré, entonces, un canto de culpa: mal predispuesto por la deslucida cubierta de este libro, la cual no hace justicia ni al autor, ni a la editorial, ni a Tiziano —que la pintara—, y con el arma cargada, temiéndome una inhóspita erudición más propia de una tesis doctoral, lejos de las páginas de poetas críticos como Carnero, Colinas, Lamillar o García Martín, que ya se han ocupado de Brines, me barruntaba lo peor. 

Y sin embargo, La palabra y la rosa es un excelente estudio —en el que la documentación no empacha, pues transparenta inteligencia— sobre uno de los mejores poetas españoles vivos, Francisco Brines, que desarrolló en la segunda mitad del siglo, ay, pasado, una valiosa obra cuyo principal tema es precisamente el paso del Tiempo. El libro está muy bien estructurado y asedia la ciudad de la poesía brineana (calles italianas, brumas oxonien- 

ses, acrópolis griega) desde diversos frentes. 

Su primera parte, “El sujeto poético de Ensayo de una despedida” se ocupa del personaje que protagoniza los poemas, en el que hay mucho de desdoblamiento y donde el yo es claramente postromántico. Esto se ilustra con un repertorio de procedimientos como el monólogo dramático, la citada escisión de la voz poemática o el uso de las diferentes personas del verbo (un recurso muy de Cernuda que se hará título en Jaime Gil de Biedma). Y ello con un objetivo, según la tesis del autor: “la peripecia biográfica, lo anecdótico, sirve sobre todo para poner ante los ojos del lector el testimonio moral de una vida”, todo para conseguir “una poesía meditativa que trasciende de lo elegíaco a lo metafísico”. 

A continuación se ocupa del “Clasicismo y culturalismo en la poesía de Brines”, donde muy oportunamente se sitúa al poeta en la tradición de Hölderlin, Leopardi o Keats (tres poetas que también gravitaron, y mucho, sobre Cernuda). Tal vez hubiera convenido resaltar más las concomitancias con Gil-Albert, un poeta de la misma estirpe. Muy acertado me parece que este capítulo se cierre con el contraluz del barroco, donde tienen su asiento la caducidad y la muerte. En cuanto al deseo en Brines, el conocido como amor griego, Andújar Almansa ve bien que estamos ante una poesía no tanto amorosa cuanto erótica, que incluso busca 

las relaciones mercenarias; una poesía donde, podríamos decir, lo venal y lo venéreo van de la mano. El Tiempo se embosca detrás de cada beso; ya sea éste arrebatado a un cuerpo en un callejón oscuro, ya signo de un amor más intenso, abocado a la ceniza. De aquí la celebración del instante, también la elegía, que como la relación con D. K., evocada en poemas de todos sus libros a partir de Palabras a la oscuridad, llega a ser una pasión de voyeur hacia aquel amor no menos que hacia los seres jóvenes que lo compartieron. Y es que como Brines ha visto —y de manera única escrito en sus poemas—, mirado retrospectiva- 

mente, más con asombro que con nostalgia, el “yo” se convierte en “él”, el recuerdo en extrañeza. 

Finalmente, “La palabra y la rosa: el vitalismo trágico” fija el equilibrio de la obra de Brines: el retener lo que escapa mediante el arte es, como observa Andújar, “una invitación para que el mundo sea contemplado con una mezcla de intensificado fervor y desengaño”. Y es que desde su inicio (Las brasas) estamos ante una poesía que tiende al adiós, de ahí el título genérico Ensayo de una despedida, aunque contra esa finitud se debata el deseo de 

perdurar, agónico: Aún no, Insistencias en Luzbel, El otoño de las rosas o La última costa

Llama la atención en un ensayo tan completo la ausencia de referencias a otros poetas de la llamada generación del cincuenta, especialmente Gil de Biedma, con quien Brines comparte, entre otras cosas, el homoerotismo y la lección, en cuanto lectura provechosa, de Cernuda; igualmente, en ocasiones, pues en el barcelonés hay una ironía que rara vez o nunca aflora en el valenciano, Gil de Biedma recorre con Brines el camino de la elegía amorosa: a “Mañana de ayer, de hoy” o “Pandémica y Celeste” me remito. 

Tampoco hubiera sobrado poner al poeta de Oliva en relación con los precedentes de Cántico, especialmente con Pablo García Baena o Vicente Núñez, hermanos también, a su modo, de esa fraternidad cernudiana, pagana y elegíaca. 

Pero ya advertí que con el tiempo uno se vuelve quisquilloso.



1 comentario:

marisa dijo...

Como siempre un placer leerte.Tus aportaciones sobre la poética de Brines y sus puntos en común con otros poetas me ha parecido muy interesante.Me despido por unas semanas.Cambio el ordenador y mi piso madrileño por mar, arena y otros aires.Te mando un fuerte abrazo hasta la vuelta, en la que espero leer lo que me quede atrasado.