martes, 28 de julio de 2009

Leyenda


Compuse este poema, que creo que ha permanecido inédito hasta hoy, como preámbulo de un ciclo en que se aliaban lo medieval y lo visionario, por la banda de lo prerrafaelista y lo más paganamente tolkieniano. Cirlot, y de su mano Bronwyn, se asoman como indudables influencias.

Hoy tengo muy poco que ver con quien escribió esto, pero salvaría algunos versos e imágenes de su naufragio. Luis Alberto de Cuenca lo leyó y lo elogió en privado, ¡pero él es siempre tan amable y benévolo!

LEYENDA

 

De qué bajeles negros descendiste

trayendo los veranos de otras tierras,

trayendo la mañana entre tus labios,

barriendo nuestra noche con tu pelo.

Las velas de tus naves incendiaron

el alba que llegó tras de tu estela;

el puerto se llenó de lengua extraña,

de masas de tus siervos y guerreros,

del brillo de las lanzas en sus puños,

del canto del metal viril y ronco.

Tu padre en la cubierta de aquel drakkar,

su yelmo refulgiendo de ceniza,

de sangre de enemigos como esmalte,

de gritos de combate en la pelea.

Yo te vi de pronto desde el cielo,

arriba de mi torre sola aislada.

Los magos de mi reino predijeron

el fuego de esta sed y tu venida.

Llegaste hasta los lienzos de murallas

que rasgó tu belleza.

 

El amor fue un caballo desbocado,

una proa con viento favorable,

igual que una saeta en brazo firme.

Un banquete organicé para vosotros,

festejo con manjares sin medida;

canciones y juglares se aliaron

para dar contento lleno a tus mesnadas,

para dar felicidad a tu alma oscura,

al foso de tu luz en la que ocultas

misterios reflejados en tu frente:

espejo de la edad de mi armadura.

 

Tu vientre liso y blanco y su llamada,

el eco de su grito entre mis piernas,

temblor de arterias rotas derramándose.

Tu pelo de cosecha por los campos,

el trigo que trajeron otros pueblos,

el grano como un don de sacerdotes

venidos desde bárbaros países

que ahora son ruinas y son polvo.

 

 

Mi amor sin esperanza como lepra

pudriéndome la carne requemada,

gusanos de la náusea de quererte.

Torrente de mi odio tras la lluvia,

caudal que se desborda e inunda el valle,

cabañas destrozadas y familias,

el cuerpo amoratado de los niños

ahogados en el odio y la ponzoña,

estirpe atravesada por la lanza

del furor de mi pecho.

Baldado por la herida deseada,

mis dientes restañando doloridos,

las mazas que aún aguardan dar el golpe.

 

Deshecho hallé refugio entre las landas,

dormí mi fatigar bajo los robles;

las aves se burlaban de mi suerte,

tristeza fue el cuclillo a mis oídos.

El cielo sin el sol y sin las nubes,

todo de un plomizo gris extenso

como una armadura bajo el polvo,

como un muerto que duerme y no despierta.

 

Después te perseguí por la llanura:

vi, lejos, tu cuerpo detenerse,

tocar tu mano el milenario frío,

el círculo de piedra más antiguo

que el ciervo y el salmón, águila y mirlo.

El trueno de tu voz trajo las nubes,

los negros nubarrones tu voz queda,

tu dulce voz bramante, tu silencio.

Entonces aguijé a mi gris destrero,

piqué espuelas de hielo en mi costado;

mi dolor era una sala inmensa, oscura,

quemaban las antorchas invisibles.

Caí desde mi silla al pasto fresco:

fue un rocío de sangre, un alba roja,

sombras por mis ojos ya nublados,

recuerdo de un sol negro en mi memoria.

Entonces me adentré por las tinieblas,

con pasos inseguros por la bruma

más real que tu carne no tocada.

 

Por los campos de brezo

oí los cascos sordos que avanzaban,

oí la polvareda de mi muerte

bajando la ladera de aquel monte,

rompiendo el agua quieta de aquel río.

Qué heladas sus gotas salpicando

mi rostro que supura sin cerrarse,

mi piel ausente, el nervio a la intemperie,

mi carne sin morir y descompuesta.

 

De qué bajeles negros,

de qué nadas hincadas en mis sienes,

de qué resquicios libres en mi cota,

bonanzas de la mar y tempestades,

heridas y gangrena entre los míos,

en mi hueste de diez dedos por tu cuerpo.

Combate desigual contra tu sombra.

Jirones de tu túnica en mi espada.

Cabellos de tu luz presos del hierro.

Mandrágora tus labios,

aletas de lujuria y tiburones,

matanza sin final.

 

Enseña de dragones libre al viento,

el asta de mi ejército en tu vientre,

la carga de jinetes por tus muslos,

la oculta madriguera de alimañas,

el sexo bajo arbustos de emboscada,

sus párpados abiertos en la noche

mirándome tu rostro del abismo.

 

3 comentarios:

Olga B. dijo...

Estar inédito era una contradicción con su título.
Siempre somos un poco lo que fuimos, (aunque ahora seas un hombre permanentemente ocupado: en un repaso a tus últimas entradas tengo que decirte que no sé cómo llegas a todo:-)
Me gusta imaginar esta leyenda.
Me la llevo a las noches de verano.
Un beso.

Antonio Azuaga dijo...

No creo que haya que salvar “versos” ni “imágenes” porque lo del “naufragio” debe de haber sido una broma del timonel. Afortunadamente.

Vamos, que a mí me ha gustado mucho. Gracias.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Me alegro de que os haya gustado, Olga y Antonio. Vosotros lo habéis querido: próximamente dejaré aquí algún poema del mismo ciclo. Abrazos.