domingo, 9 de agosto de 2009

Horas cantabrigenses






O en román paladino, horas o momentos de Cambridge. Qué gran belleza la de esta ciudad, una hermosura manifiesta en fachadas y agujas pero sobre todo escondida tras los portones de los colegios de su universidad y sus muchas calles que son sólo pasajes entre sus ladrillos, sus piedras, sus rasuradas extensiones de césped. Y hacía un día magnífico, que melaba la piedra y duplicaba el verde, no sólo horizontal; también el que asciende en los chopos y olmos. O el que sube y baja, se comba, de los sauces llorones, que si vierten lágrimas éstas son de una cualidad líquida y con saudade que busca de nuevo el agua del estanque en que se refleja, como el de Chapman's Gardens, en el Emmanuel College de Cernuda.
En estas fotos, el 55 de Saint Andrew's Street, donde vivió Cernuda; el patio de Emmanuel College, con su serena arquitectura neoclásica; el plátano de Indias que inspiró su poema "El árbol", y alguna muestra más de los jardines de este colegio en que el poeta residió de 1943 a 1945.

2 comentarios:

Ramiro Rosón dijo...

Qué hermosas fotos. Qué buen lugar, sin duda, para aliviar el dolor del exilio, que desgarraba a Cernuda. Los edificios y los jardines antiguos suelen acoger bien a los poetas. Y qué memorable es el poema “El árbol”:

“Raro es aquel que siente, a solas algún día
en hora apasionada, la mano sobre el tronco,
la secreta premura de la savia, ascendiendo
tal si fuera el latido de su propio destino”.

El hecho de que el árbol al que está dedicado el poema fuera un plátano me recuerda a un episodio de la vida de Jerjes, el rey de Persia, quien se detuvo, en el camino hacia una batalla, a admirar un ejemplar muy anciano de este árbol, y a un aria de Haendel, en la que el mismo rey le canta una alabanza.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Cernuda escribió algunos de sus más bellos poemas aquí en Cambridge. A "Río vespertino" "Vereda del cuco" me remito. Y "El árbol" es otro magnífico ejemplo, en el que una vez más vemos la fuerza vegetal de la poesía de Cernuda, que canta como nadie en nuestra lengua a unas violetas, unos espinos o este frondoso plátano.
Tienes razón, Ramiro: Herodoto cuenta el muy hermoso episodio de Jerjes. Y en la ópera homónima Haendel nos deslumbra, como siempre. ¿Conocía Cernuda, amante de la música como era, el aria? No lo sabemos. Pero ayer, a la sombra del gran árbol, en el Fellows Garden de Emmanuel, quién no lo hubiera cantado también una alabanza? Aunque la de Cernuda es difícilmente superable.
Un cordial saludo.