domingo, 2 de agosto de 2009

Tras el centenario de Swinburne

Swinburne pintado por Dante Gabriel Rossetti


No caí en la cuenta el pasado abril de que se cumplía un siglo de la muerte del poeta inglés Swinburne. El Times Literary Supplement publicaba recientemente este artículo sobre el autor de "La leprosa". 
En "Fuego con nieve" sí apareció el noviembre anterior alguna estrofa del citado poema, que publiqué en la revista Clarín. Hoy lo transcribo entero:

LA LEPROSA

Mejor sabe el amor que el agua fresca,

a fe mía que no hay nada mejor;

nada es tan exquisito a quien lo prueba:

bien conocíamos esto ella y yo.

 

En un palacio real le servía

licores y manjares opulentos.

Por besarla en la frente me moría,

no comía ni conciliaba el sueño.

 

Sabe Dios que no me quiso jamás,

yo un pobre escribiente feo y modesto

que apartó su capucha clerical

por ver sus labios y amoroso pelo.

 

Me saca de quicio pensar en esto.

Sí, por más que Dios siempre me ha odiado

y lo hace ahora que besar puedo

sus ojos mientras trenzo su peinado

 

igual que antes caía por su frente,

estoy contento de tenerla muerta

en esta choza mísera y agreste

en que hoy beso sus ojos y cabeza.

 

Mejor sabe el amor que tiernos frutos

bajo nieve; nada hay como el amor,

ni ámbar en mar helado -estoy seguro-,

bien que conocemos esto ella y yo.

 

En tres ideas fijas me complazco,

primero me complazco y pienso en esto:

el dorado cabello de su amado,

su boca que incitaba en ella al beso.

 

Luego recuerdo aquel amanecer

que lo llevé por un paso escondido

hasta su reja, y cómo allí después

ella mimosas palabras le dijo.

 

(Frías carreras de pequeños pies

–sus dos pies albergaría mi mano–.

Prodigio es que pudieran sostener

el cuerpo enhiesto de aquella a la que amo)

 

“Dulce amigo, que Dios os lo agradezca.

Soy pura ahora y libre de deshonra,

y no me llevarán hasta la hoguera

por esta dulce falta escandalosa.”

 

Palabra por palabra lo repito.

Ella, recostada sobre la cama

y sosteniendo sus pies, así dijo.

La tercera de que hablé es la más grata.

 

El Dios que crea el tiempo y lo devasta

sin que Él cambie jamás, Dios sempiterno,

el cuerpo todo amor que ella habitaba

mudó con grave mal, su dulce cuerpo.

 

El amor es más dulce y placentero

que el canto en el collar de la paloma.

La escupieron todos, la maldijeron,

la echaron por juzgarla indecorosa.

 

Y pensaron que Dios le había mandado

esa cruel maldición por castigarla.

Necios eran si no veían claro

que a todas en dulzura aventajaba.

 

El que había acariciado su pelo

cegándola con besos en los ojos

sintió que, tenso y desnudo, su pecho

suspiraba bajo él entre sollozos

 

salidos de sus labios y garganta,

de su cuerpo roto por el amor.

La boca de él sufrió de mala gana

esas lágrimas que ella derramó.

 

Sí, aquel en cuyo abrazo por la noche

dormía o saltaba su cuerpo ardiente

con besos que dejaban moratones,           

asqueado la huyó como a la peste.

 

En esta choza agreste la oculté,

agua le servía, y mísero pan.

El placer de besar una y otra vez

su frente me llegó casi a matar.

 

Se acabó el pan; quedaba sólo el agua

y cogíamos hierbas y semillas.

Tanto placer tenía con besarla

que me era igual el sueño y la comida.

                                    

 

Dichoso de servirla, a veces raudas

lágrimas resbalaban de mis párpados

mojándola, tanto me deleitaba

servirla como Dios tiene vedado.

 

“Vete, deja que muera en solitario,

te suplico que me dejes en paz.”

Dicho esto, cesaron de hablar sus labios

junto a los míos, y rompió a llorar.

 

Yo le dije: “Piensa cómo el amor

hizo a los dos correr la misma suerte.

¿He de abandonarte? No quiera Dios.

Mi alma estará ligada a ti por siempre.”

 

Sí, por más que Dios nos aborrezca, Él sabe

que muy difícilmente en una cosa

afloja el amor en la labor que hace

hasta que está granada la mazorca.

 

Seis meses, mas ahora que no vive

me vence el desasosiego: no sé

si estaría bien cuanto hice y dije

o si es que de un detalle me olvidé.

 

Era demasiado dulce toda ella

para haber abandonado la vida

a trozos; si su inmóvil boca se abriera

algo que ahora olvido ver podría.

 

Seis meses; sentado en silencio pongo

en dos frías palmas sus fríos pies.

Su pelo, mitad gris y oro ruinoso,

al besarlo me turba y me hace arder.

 

Me requema el amor, me aguijonea

al ver su rostro enjuto hasta los huesos.

Sus párpados consiguen que enloquezca,

ellos que purpúreos refulgieron.

 

“Pórtate bien conmigo, que me cansa

ya tanta vergüenza,” decía entonces.

“Me moriré si tú no dices nada.”

Y hoy está muerta, y la vergüenza dónde.

 

Y por el desdén suyo de otro tiempo

seguro que sentía desazones.

Jamás debí haberla besado, es cierto:

la ira de Dios se burla de los hombres.

 

A mí también ella me habría amado

si sólo hubiese sido más sumiso.

No vio que la vergüenza da la mano

al amor, aunque su vergüenza lo hizo.

 

Demasiado recibí de mi amor,

ganando por mi humilde servicio

su gran belleza sin comparación,

su rostro y su dulzura, que es lo mismo.

 

Todo el tiempo que me ocupé de ella

sé que recordaba a su antiguo amor,

que creció el viejo desdén que sintiera

unido al asombro en su corazón.

 

Tal vez mi amor estuviera mal

–la copia torcida y emborronada,

que se hace entre tinieblas, de un misal;

música estropeada por palabras–.

 

Pero la verdad, querría haberlo hecho

todo de la mejor forma. Tal vez

porque fracasé, echando algo de menos,

ella retuvo en su corazón a él.

 

Ya todo esto me está dejando a ciegas:

ahora quizás ella pueda ver

con mayor conocimiento; aún queda

la vieja pregunta. ¿No hará Dios el bien?

 

                                                                                    A. C. SWINBURNE

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