viernes, 30 de octubre de 2009

Cernuda a/en los cincuenta

Emilio Prados, José Moreno Villa y Luis Cernuda en la década de los cincuenta


Luis Cernuda fue un ejemplo máximo de poeta platónico. Siempre tendió a idealizar a sus amores, y más que carnalidad en la que pierda el resuello hay en él contemplación, hasta el punto de que Gregorio Prieto (que lo conoció bien, pero no siempre es de fiar en sus comentarios) llegó a hablar de la castidad de Cernuda. Realmente, lo que éste hiciera o dejara de hacer para satisfacer su necesidad de amor, tan grande, es algo que no debería interesarnos demasiado. Sin embargo, el modo en que su amor y sus amores intervienen en su poesía es algo relevante, que no podemos soslayar.

A Cernuda parece perseguirle una S, la roja inscripción en forma de serpiente que hizo Gaya destinada solamente a la cubierta de Donde habite el olvido pero que se cuela, reptando, en la edición de 1940 de La realidad y el deseo. El ciclo de su vida amorosa va, pues, uniendo esas dos eses, de Serafín (Fernández Ferro) a Salvador, ahora en México.

Es sabido que a punto de comenzar la década de los cincuenta, el poeta, desde el riguroso norte invernal de Nueva Inglaterra, hostil en clima, lengua y hasta en costumbres, viaja por primera vez a México y poco después se establece en el país azteca. Allí recupera el idioma, el sol, la indolencia con reverberaciones andaluzas, y sobre todo el amor, el último suyo. Ahora, treinta años después vuelve a sentir la punzada que ya lo atravesó en el Madrid de la recién inaugurada República, donde la peripecia amorosa deviene ese par de libros memorables que son Los placeres prohibidos y Donde habite el olvido.

Fue James Valender quien estableció que el X de “Historial de un libro”, el Salvador agazapado en esa secuencia amorosa tardía que es la sección “Poemas para un cuerpo” de Las horas contadas, era el joven mexicano Salvador Alighieri. Poco más se sabía hasta hace bien poco de este inspirador de Cernuda, e incluso se le daba por muerto, con leyenda incluida de que su sepultura no está lejos de la de Cernuda, como dice Vicente Quirarte (y se hace eco Juan Bonilla) en el catálogo El exilio andaluz en México, editado hace apenas un año con motivo de haber sido Andalucía la invitada de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Esta década de los cincuenta, cumpliendo también él el medio siglo (nació en 1902), Cernuda halla un momento último de esplendor. En “Historial de un libro” el poeta reveló que fue en el verano de 1951 cuando conoció a X, en el transcurso de unas vacaciones prolongadas a costa de su docencia en Mount Holyoke (Massachusetts). Pocas veces amó “tan bien”, dice en esas páginas. Pero el misterioso destinatario de los poemas no murió, como se creía: en mayo de 2007, el periodista mexicano Antonio Bertrán publicó en el diario Reforma una entrevista con el hombre que había espoleado de nuevo el amor en Cernuda. Salvador Alighieri, que efectivamente tal es su nombre (como indicaba Valender), vive aún en Guadalajara, la capital de Jalisco, y accedió a hablar de su relación con Cernuda, corrigiendo extremos que erróneamente se perpetuaban y aclarando la naturaleza de esa relación.

Como ese artículo fue publicado en México y en nuestro medio sólo recuerdo que se hiciera eco de él Luis Antonio de Villena, a quien le envió un recorte su autor, repasaré a continuación parte del contenido de esa reveladora entrevista, más alguna confidencia que el entrevistador me ha hecho en el curso de una fructífera colaboración encaminada a iluminar zonas aún oscuras de la biografía de Cernuda.

Causa vértigo pensar que Salvador nació hacia 1931, justo cuando principiaba el amor de Cernuda por Serafín. Fisioculturista, conoció al poeta casi treinta años mayor en el gimnasio Hércules de la calle Tacuba, en el Distrito Federal. “Iba cada tercer día, hacía ejercicios muy ligeros como abdominales, un poco de sentadillas, de vez en cuando se metía a los aparatos, pero pesas hacía muy pocas; yo creo que lo que quería era no sentirse tan solo”, evoca Alighieri, haciéndonos recordar el vientre liso que siempre mantuvo Cernuda. Al parecer, otros frecuentadores del gimnasio se burlaban del poeta por ser español y por su acento andaluz, lo que hizo que Salvador, apropiado nombre salvífico, acudiera en su ayuda y lo protegiera.

Por aquel entonces, el joven mexicano ya estaba casado y tenía un hijo (al que llegó a apadrinar el sevillano). Y era todo un mujeriego; resulta que Cernuda, el tildado como enemigo de la familia, le pedía que sentara la cabeza y respetara a su mujer. Alighieri ha contado que no había sexo en sus encuentros, y que cuando visitaba al poeta se limitaba a hacer gimnasia y éste tomaba notas. Esas notas serían los borradores de “Poemas para un cuerpo”, que –y esto asombra a la par que emociona e ilustra el carácter reservado de Cernuda– el joven nunca llegó a leer ni sabía hasta fecha reciente que se hubieran publicado.

Cernuda se llevó varias veces a Salvador a Acapulco, corriendo con todos los gastos y, aún más, haciéndole regalos. Pero los plantones y desapariciones del muchacho, cada vez más frecuentes (de los que Cernuda se quejó en una carta a Sebastian Kerr), culminaron en una última fuga a finales de 1956, que dejó a Cernuda en uno de sus recurrentes momentos depresivos: “trastornado y sin ánimo”, se describe él mismo en carta a Cano omitiendo la causa del tal estado. Más tarde, Salvador se divorciaría de su esposa (con la que había tenido dos hijos) y emprendería una nueva vida. Según él, regresó a Ciudad de México a finales de 1963, y entonces se enteró de que el poeta acababa de morir. Con todo, cabe entender que hubo algún reencuentro entre ambos (como los hubo con Serafín, acabada la relación), pues en enero de 1959 el poeta escribe a Concha de Albornoz que en ese otoño o invierno leyó el número de septiembre de Ínsula, donde aparecía una nota sobre “Poemas para un cuerpo”, justamente “cuando estaba aquí unos días el «cuerpo» a que se refieren esos versos”.

Antonio Bertrán, en carta que me envió el 13 de octubre de 2007, cree que Alighieri dice la verdad cuando habla de amor platónico no consumado: el joven declaró en la entrevista “pienso que él creía que si hubiera pasado algo (carnal) se habría roto ese encanto que sentía”. En la misma misiva Bertrán añade unas líneas emocionantes, por cuanto tienen de ignorancia de lo que uno es capaz de obrar en otros, los secretos resortes de las emociones. Escribe Bertrán: “Por cierto que fue una gran desilusión saber que no conservaba ni un recado, ni una carta, vamos, ni una fotografía de su amado amigo (yo le envié a petición suya la foto de una foto por correo, así como la de la tumba del poeta en la ciudad de México). Ni siquiera sabía que Cernuda le había dedicado los “Poemas para un cuerpo”. Le regalé el ejemplar en esa segunda entrevista y me atreví a escribirle que lo recibiera de parte de L. C. cuarenta años después de su muerte. Lo conmovió mucho y, cuando lo busqué unos meses después para saber si la lectura de los poemas le había traído algún recuerdo concreto, me dijo que sí pero que ya no quería hablar al respecto.” El poema III de la colección, “Para ti, para nadie” corrobora este estupor ante el hecho de que Cernuda no le enseñara sus versos: “Y aunque tú no has de verlas, / Para hablar con tu ausencia // Estas líneas escribo, / Únicamente por estar contigo.” O bien esta otra muestra: “Para esto vine al mundo, y a esperarte; / Para vivir por ti. Como tú vives /por mí, aunque no lo sepas, / por este amor tan hondo que te tengo.” No es raro hallar algún eco de los sonetos de Shakespeare (que Cernuda había leído y le habían llegado a doler casi físicamente) en estos poemas también dedicados al joven amado: así la imaginería del poema XII. No es baladí recordar que la mayor parte de los sonetos del Bardo están dedicados a un joven hermoso, y que cuando los escribe media una edad considerable entre el hombre Shakespeare y el misterioso W. H. Fuera de “Poemas para un cuerpo”, pero contemporáneo de ellos, Cernuda escribió: “De algún azar espera / Que un cuerpo joven sea / Pretexto en tu existencia.”

Tras establecer contacto, Bertrán y yo hemos estado trabajando en la otra S importante en la vida del poeta: Serafín, que contra todo pronóstico, terminada la relación que tuvieron el poeta y él en España fue a vivir en tierra mexicana, coincidiendo con Cernuda un tiempo en el D. F. Cuando el ejército nacional entró en Barcelona, Serafín se exilió a Francia con el equipo de rodaje de Sierra de Teruel, la película de Malraux de la que fue actor, y luego marchó como tantos exiliados gallegos a México a bordo del Ipanema. Allí se instaló en 1939 y, contradiciendo lo que se pensaba hasta ahora (se hablaba de 1958), falleció en fecha tan temprana como 1954, a punto de cumplir los cuarenta años de edad, víctima de una tuberculosis pulmonar (enfermedad que padeció también Gerardo Carmona, el amor malagueño de Cernuda en 1933, pero de la que éste debió restablecerse, pues llegó a ser capitán del ejército republicano durante la guerra civil). De nuevo Antonio Bertrán, como protagonista de una de esas novelas de Dashiel Hammett que entretenían a Cernuda, ha dado en sus pesquisas con información importante, que viene a reconstruir el final de Serafín, el primer gran amor del poeta. Así ha podido precisar su fecha de nacimiento (12-8-1914, luego era más joven aún de lo que se pensaba, y confirma el aspecto de chiquillo que dan de él Morla Lynch o García Lorca).

La tumba de Serafín (él sí enterrado aunque en cementerio diferente al de Cernuda) se encuentra en el Panteón Español de Ciudad de México. Está en muy mal estado, con la losa rota, pero conserva intacta una pequeña placa de mármol muy reveladora: «Serafín F. Ferro 1914-1954 Con inmenso amor M. L. R.»” Posteriores indagaciones han sacado a la luz el nombre del misterioso propietario de la fosa, oculto bajo esas iniciales: “Señorita Marta Linage Rodríguez”. Por Villena sabíamos que Serafín había sido bisexual, y por otras fuentes que en Madrid hacia 1934 había convivido con una chica de Lugo.

Realmente, es harto sugerente pensar que, transterrados, Serafín y Cernuda habitaron quizá sin saberlo la misma ciudad. El joven gallego ya residía en ella cuando Cernuda la visitó por primera vez y luego se instaló allá, precisamente cuando tenía lugar su relación con la otra S: Salvador. En ambos casos hallamos un modelo de comportamiento casi idéntico en Cernuda: muchachos a los que superaba mucho en edad, nada afeminados, más bien necesitados, de bella estampa. Alighieri parece haberse mantenido toda su vida al margen de cualquier actividad literaria, pero Serafín llegó a escribir algunos versos en gallego, y todo parece indicar que ayudó a García Lorca a escribir alguno de sus propios “Poemas galegos”. Aunque el poema “Birds in the Night” de Cernuda no tenga aparentemente nada que ver con Serafín, en el amor tumultuoso de Verlaine y Rimbaud, “rara pareja” también con una notable diferencia de edad, ve uno el reflejo de su relación tormentosa (por cierto, ¿sabía Cernuda, enemigo de las lápidas y conmemoraciones, que al alojarse en el Hotel Médicis de París durante el verano de 1938 lo hacía donde había vivido al final de sus días el autor Verlaine?). Curiosamente, Cernuda cuenta que Salvador, su segunda S, “se fugaba en todas direcciones, y sin duda pensaba, como Rimbaud, aquello de je m’evade, je m’explique.”

En México, en 1949, había buenos amigos de Cernuda: Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, más Ramón Gaya y Moreno Villa, no tanto Prados. Prendado como quedó del país, en febrero del año siguiente empezó a componer Variaciones sobre tema mexicano, un ejercicio evocador de la luz de la Nueva España trenzado, lejos, en la Nueva Inglaterra, como Ocnos está escrito en Inglaterra y Escocia, en recuerdo sobre todo de sus días andaluces. Variaciones sería publicado en 1952, justo cuando el poeta cumple cincuenta años y ya ha decidido vivir en México. Allí llegó Cernuda en noviembre de 1952 para quedarse, como Hernán Cortés quemando sus naves en actitud valiente pero no improvisada (él mismo utilizó el símil en cartas de 1950 a Jorge Guillén y Moreno Villa): el poeta renunció a su puesto bien remunerado en Mount Holyoke sin contar con ningún trabajo a la vista (luego tendría alguna clase en la UNAM y una beca de investigación del Colegio de México.) Todos los testimonios coinciden en que Cernuda sabía que la muerte no le esperaría mucho más allá de los sesenta años, en eco terrible de la cardiopatía que se había llevado a su padre en 1920 y se llevaría a sus dos hermanas en 1960, con diferencia de meses (a lo que se referirá en “Dos de noviembre”, de Desolación de la Quimera). De ahí que el poemario que componga estos años sea de título tan definitivo como Con las horas contadas, libro en el que el poeta se hace presente como pocas veces en la página (lo que suaviza a veces con su famoso que no deja de ser primera persona) y que le ocupa más de la mitad de esta década, en la que opone al tiempo una última resistencia y un postrer intento de apresar lo que de dicha aún puede restarle. Y escribe “Otra fecha” cuando cumple los cincuenta y un años, lo mismo que unas semanas después compone “Nochebuena cincuenta y una”, a pesar de que en privado reniegue de los aniversarios. En otra parte dice: “Mas tus lectores, si nacen, / Y tu tiempo, no coinciden. / Estás solo / Frente al tiempo, con tu vida / Sin vivir”. Esto se hará más amargo en su última entrega, ya a principios de la década siguiente en ese puro estremecimiento que es “Despedida”.

En el segundo lustro de los cincuenta mostrará su desánimo y sus papillons noir, como dijo una vez Morla Lynch, pues además de la ruptura con Salvador en 1956 recibe otros dos contratiempos: se va al traste la posibilidad de marchar a Nueva York a trabajar en la ONU (seguramente ayudado por Paz, que era diplomático y que en otoño de ese año fue a la sede neoyorquina con una delegación mexicana) y la publicación por parte de Altolaguirre de la tercera edición de La realidad y el deseo (algo que le ilusionaría aún más porque al cuidado de su viejo amigo la edición no habría de ser fea, como se queja que son la mayoría de las que se hacen en México o España). ¿Pensaba Cernuda enseñar, ya publicado, el librito con los “Poemas para un cuerpo” a Salvador, si es que daba con él? Lo cierto es que una de las angustias que lo asaeteaban en 1957 era que el cuaderno no terminaba de publicarse, debido a que Canivell se empeñó en que llevara unos dibujos de Álvarez Ortega, que había hecho portadas para Cántico y Caracola y fue autor de las ilustraciones de Platero y yo de Aguilar. En 1955 había ilustrado “El amante divaga” de Cernuda en la colección Cuadernos de poesía. El 25 de marzo, dice el poeta su impresor: “Recordarás que te dije, antes de decidir la publicación de la serie de poemitas, que quería que aparecieran pronto, por razones mías personales”. A Cernuda, que no ocultó su homosexualidad, no le hacía gracia que se cargaran las tintas en la manifestación de ese erotismo, y descartó un buen número de ilustraciones que juzgó indecorosas. “Dibujos desdichados, que superaron mis peores suposiciones”, los llama en una ocasión, y en otra “mariconerías de la peor especie”. En Málaga, en la imprenta Dardo en 1957, al cuidado de Bernabé Fernández-Canivell, se publicó por primera vez la plaquette de “Poemas para un cuerpo”.

En 1958 apareció por fin en Fondo de Cultura Económica (al que él, en su correspondencia anterior llama un par de veces Fonda de Cultura Expensiva) la tercera edición de La realidad y el deseo, en la que por primera vez se incluían Como quien espera el alba, Vivir sin estar viviendo y Con las horas contadas, además de un adelanto de lo que sería Desolación de la Quimera. Antes de ello, en 1955, la revista cordobesa Cántico ya le dedicó un número de homenaje, el 9-10, con textos de, entre otros, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Fernando Quiñones, Vicente Núñez (colaboración que gustará especialmente a Cernuda), Ricardo Molina, Mario López y Pablo García Baena. Típico de él, el año anterior había dicho a José Luis Cano: “me ha escrito Ricardo Molina, pidiendo original mío para la revistita que publica en Córdoba. Siento que me haya escrito, porque ni tengo ganas de contestar diciendo que no, ni pienso enviar nada. Te ruego, si alguien de esa gente pide mi dirección, que digas que no la sabes. Es la manera de evitar la dificultad. Estoy más harto de todo lo que me recuerda mi dichosa tierra...” Posteriormente, enterado de que la colaboración solicitada iba destinada al número de homenaje, ya accedió aunque con reservas y –tal vez impostada– mala gana. En esta década verán también la luz sus Estudios sobre poesía española contemporánea y Pensamiento poético en la lírica inglesa (siglo XIX).

La segunda mitad de la década recibe muestras de cariño, además de José Luis Cano y Bernabé Fernández-Canivell, de Julio Aumente, María Victoria Atencia, Rafael León, que no mitigan del todo el desafecto que en sus cartas ya se percibe acerca de México. El poeta vuelve a sumirse en una de esas etapas suyas de malhumor, desapego y melancolía. Realmente se muestra desabrido con alguien que hizo mucho por él, como fue Fernández-Canivell. Como si no lo conociera desde 1934 y le debiese su apoyo cuando abandonó España, escribe del malagueño a José Luis Cano: “Ya ves para lo que sirve ser (o creerse ser) poeta: para que el primer recién llegado se estime con pleno derecho a nuestro trabajo y nuestra paciencia” (carta de 20-3-56). Es por estas fechas cuando comienzan también a acercarse a su obra poetas de la Generación del Cincuenta como José Angel Valente, Francisco Brines o Jaime Gil de Biedma, que colaborarían, a la vuelta de la década, en el famoso número de La caña gris (revista que no es exagerado afirmar que hoy permanecería en el olvido de no haber sido por este número de 1962).

A finales de la década le abre sus puertas no sólo Ínsula, sino también Papeles de Son Armadans (que le publica “Águila y rosa”) y cruza cartas con José Manuel Caballero Bonald, secretario de redacción de ésta. Y en 1959 negociará con Carlos Barral la edición de Poesía y Literatura (cuya publicación se demoró bastante por la censura).

1959 se cerró con posibilidad (luego confirmada) de volver a dar cursos en una universidad norteamericana (fue a la Universidad de California en Los Ángeles, donde estaba Carlos Peregrín Otero, con quien se había escrito). El año, y la década, terminan con el comienzo de una rica relación epistolar con Jaime Gil de Biedma, de quien el 7 de diciembre acusa recibo de su libro Compañeros de viaje, en el que “Noches del mes de junio” incorporaba un verso de Cernuda.

Diez años no se avienen a ser resumidos en diez folios. Cernuda ya está de vuelta de todo cuando pasa la página de la década, y en enero de 1960 escribirá a Sebastian Kerr: “Le agradezco sus buenos deseos para mí en este año; sin embargo ya hay cosas que quedan fuera de mi órbita, aunque me las desee, y yo mismo también, con eso de new loves. A los años que ya tengo puede preferirse la dignidad solitaria al ridículo acompañado”.

Siguiendo el título de Gil de Biedma Retrato del artista en 1956, hemos trazado el de Cernuda alrededor de este año que marcaría un punto de inflexión, quizás el último, en su vida. En 1956 comienza la redacción de Desolación de la Quimera, esa despedida prolongada en la que llegan a transcurrir tres años y medio sin que escriba un verso. Muerto Serafín (tuviera conocimiento de ello o no), esfumándose Salvador, el poeta dice adiós a los días de luz y se va sumiendo en una oscuridad interior abocada a ese 5 de noviembre de 1963 en que, probablemente ya sin muchas ganas de vivir, Paloma Altolaguirre halló muerto su cuerpo en casa de Concha Méndez, su fiel amiga.


(Publiqué este artículo en Campo de Agramante, 9, primavera-verano de 2008)

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Fantástico artículo sobre mi poeta favorito. Y la foto, tan cordial, tan poco cernudiana.
Me he acordado de un poema de José María Álvarez que habla de un antiguo amante de Cavafis, ya viejo.
Oye, un familiar de Xuan Bello conoció a Cernuda en Mount Holyoke y hay alguna fotografía interesante que ha circulado poco. Deberías hablar con él.
Un abrazo:
JLP

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, José Luis. Cómo le alegra que te haya interesado. Buscaré el poema de Álvarez. Y tomo nota de lo que me dices del familiar de Xuan. Escribo a éste, sin duda.

Un abrazo.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Estupendo, Antonio. Saber más de Cernuda siempre es un privilegio; por eso, leer esta entrada lo ha sido. Gracias y enhorabuena. Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias por la lectura y tus palabras, Juan Antonio. Entrego el segundo tomo de Cernuda esta primavera, y antes dejaré por aquí algún que otro aperitivo.

Un abrazo.

André Marcel dijo...

Maravilloso artículo, hallado casualmente en la red, buscando información sobre "Historial de un libro" y la admiración que L.C. profesaba a A.Gide...Leyéndolo, acá en L.Palmas de G.C, me he transportado, de nuevo, a la Facultad de Filosofía y L.de Barcelona, en donde Blecua padre, nos comentaba que Cernuda decía que "los marineros eran las alas del amor", con su extraña y certera vocalización...Ciertamente el artículo me ha emocionado profundísimamente, como pocos... Las cosas sucedieron como las había presentido, de la misma manera desoladora y bella;cernudianamente...Gracias por este hermoso artículo !!!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias a usted por su lectura y comentario.