viernes, 16 de octubre de 2009

EN FRANKFURT Y SUS TORRES DE BABEL


En el avión que me trae a Frankfurt, un individuo, dos filas de asientos más adelante, carga con un considerable mamotreto que en seguida adivino es “el último Dan Brown” (no recuerdo, ni importa ahora, el título). Me lo quedo observando como un científico una ameba: el hombre, que se ha pasado todo el viaje viendo un DVD en su ordenador portátil, quince minutos antes de iniciar el descenso el avión se ha dedicado a sopesar el volumen, a contemplar su canto, a asombrarse ante el corte irregular de las hojas, que emula el de un pergamino, a medir visualmente en pulgadas –muchas- el grosor del tomo. Cómo me recuerda a los primates que contemplaban atónitos el misterioso prisma en 2001, una Odisea del espacio.

 

*

 

Un orador que se anda por las ramas (y, aunque prometió hablar de adquisición y venta de derechos, dedicó buena parte de su intervención a recordar a las damas la conveniencia de llevar calzado cómodo a las ferias y, en general, la necesidad de reservar el hotel con tiempo suficiente, cosas ambas muy prácticas pero por las que no ha venido uno a escucharle), lleva una corbata con estampado de libros en un estante tan falso, pero hermoso, como el decorado libresco del Hotel Wellington de Madrid, donde suele hospedar la editorial Tusquets a sus autores y que a mí me llevó a escribir versos como éstos:

 

Ante falsos tomos en piel, encuadernados,

en biblioteca apócrifa

de un salón de hotel, el decorado

donde el fotógrafo me pide que sonría.

Y yo lo hago, mintiendo a mi tristeza.

 

Todo es un poco extraño: se cobran 30 euros por asistir a la charla pero nadie controla la entrada. Luego resulta que se han acabado los ejemplares de la documentación entregada para seguir la ponencia. Que deje mi tarjeta y se me enviará. Hay muchos otros en mi situación. Alargo la pequeña cartulina y quisiera, prestidigitador donjuanesco, hurtar la de una guapísima joven editora alemana a la que no volveré a ver nunca -¡nunca!- en mi vida.

 

*

 

Siempre hay en Fráncfort (lo escribo ahora como quiere la Academia) un título que se lleva el protagonismo en las ventas. Este año es el volumen que recoge diarios, cartas inéditas y reflexiones de Nelson Mandela, que lleva el título Conversations with myself, Conversaciones conmigo mismo. A tenor de los ejemplares vendidos por su anterior El camino a la libertad (1994) promete convertirse en un best-seller. ¿Promete? El anterior libro estaba más próximo al fin del apartheid y la concesión del Premio Nobel. En el Reino Unido, donde tan a pedir de boca se vendió aquél, los negros son hoy más, es cierto, pero, igual que los blancos, se alejan cada vez más de los libros para entregarse a otras formas de entretenimiento. Dudo que, además, con la actual coyuntura, se venda tanto como para recuperar el suculento adelanto que pedirá la agencia.

 

*

 

Sin que sea un descenso impresionante, por segundo año consecutivo disminuye el número de expositores en la Feria. Y aun así aquí están representadas más de quinientas o seiscientas empresas… ¿Parece mucho? Pues era una broma que trataba de gastar: los expositores de este año, con descenso y crisis y todo, superan un cifra ligeramente superior: más de 7.300 empresas. ¿Se comprende entonces lo contento que estoy ahora, aquí sentado, descasando los pies, tras caminar kilómetros (o millas en el Pabellón 8)?

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