miércoles, 16 de diciembre de 2009

La mansión de Keats




John Keats (1795-1821), que decidió a los veintiún años dedicar el resto de sus días a la creación poética, no podía saber al tomar ese camino que su carrera iba a ser muy corta. En tan breve plazo hallamos la piedra fundacional que son sus imitativas composiciones primerizas, la soleada planta baja de Endimión, cuyas ventanas dan a una idílica Grecia; el entresuelo siempre en obras de sus dos versiones inconclusas de Hiperión; la planta noble de las odas, donde uno querría siempre quedarse; los salones de época de sus salones medievales como "La víspera de Santa Inés" y "La Belle Dame sans Merci"; y también, por último, los sombríos torreones de sus sonetos más meditativos o desesperados, aquellos escritos cuando ya era consciente de que se le iba la vida y de que su relación con Fanny Brawne estaba condenada al fracaso; todo ello, además de las varias decenas de hornacinas que sostienen las delicadas estatuas de sus muy variados otros sonetos, muchos de ellos obras maestras de lo que podemos calificar como poemas de circunstancias: sobre una lectura, ante una visita, al gato de una amiga, siempre con una hondura de la que la anécdota es sólo un dignísimo pretexto.

(De la introducción a Poemas de John Keats, Col. La Veleta, Editorial Comares, 2005, libro por el que recibí el I Premio Andaluz de Traducción Literaria, que recientemente ha pasado a denominarse "Rafael Cansinos Assens")

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