martes, 15 de diciembre de 2009

Panero en su centenario




Ha sido un camino hacia el origen. Leí primero a sus hijos Leopoldo María y Juan Luis, y luego a él, el padre. Todos buenos poetas, cada uno a su modo, por más que hace lustros que el primero de los citados diera en la locura y la endeblez literaria y que el segundo (el mayor en edad) haya ido cayendo en relativo silencio tras la espectacular presentación para muchos que fue Juegos para aplazar la muerte. Renacimiento, la editorial que publicó los poemas de Juan Luis hasta aquella fecha (año 1984), ha editado ahora con prólogo de José Cereijo una antología de los versos de Leopoldo Panero.
Anoche dio una magnífica conferencia sobre él, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, Fernando Iwasaki. Fue una intervención documentada, llena de matices y sensibilidad, muy original en el buceo en las concomitancias con César Vallejo, a quien Panero trató y a quien dedicó un poema.
No se cuenta Panero entre mis poetas predilectos, pero sería imperdonable cicatería soslayarlo, dejarlo al margen, cuando guarda tantas páginas memorables su obra (sin ir más lejos, el poema "Epitafio", con el que Fernando cerró su charla). No me interesa Panero como "poeta oficial del régimen" anterior ni jamás aceptaré que pueda caer en el ostracismo por estar donde muchos desearían que no hubiera estado, por ejemplo en el franquista Instituto de España en Londres, al término de la II Guerra Mundial.
Pero en Londres, más allá de un acalorado desencuentro con Luis Cernuda cuando éste le leyó su poema "La familia" (a él, a quien la suya propia le volvería la espalda años después), Panero trató al sevillano y, al menos en ese par de poetas, hubo concordia y deseo de cerrar heridas. La anécdota que narra Rafael Martínez Nadal en Españoles en la Gran Bretaña. Luis Cernuda. El hombre y sus temas, si bien recoge con detalle el momento de enfrentamiento omite que Cernuda y Panero se siguieron tratando. Y que el autor de La realidad y el deseo sacaba a pasear por Hyde Park al pequeño Juan Luis, y que llegó a comprarle un barco de madera (lo recuerda el mayor de los hijos de Leopoldo Panero en sus conversaciones con Fernando Valls, libro que obtuvo el Premio Comillas).
El astorgano y el sevillano cruzaron cartas cuando éste marchó a Estados Unidos, y Panero se ocupó cortésmente de Cernuda en un artículo en Blanco y negro publicado en 1957 ("Un poeta habla de su generación").
Quedaron amigos. ¿Por qué es tan difícil hoy fundir en un abrazo, como ellos hicieron, a escritores a los que la guerra y lo que vino después separó?

7 comentarios:

Olga B. dijo...

Pues no lo sé, a mí no me cuesta nada, la verdad.
Me ha encantado la entrada, Antonio.
Saludos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Leopoldo Panero padre, gran bebedor y por momentos gran poeta, sin duda ha sido injustamante tratado como escritor al ser convertido, por mor del desencanto de una época (y todas tienen el suyo), en una especie de chivo emisario de las culpas sentimentales del franquismo y su intensa depredación de energías en el seno de tantas familias arrasadas por la hipocresía y la imposibilidad de vivir bajo la impostura de la doble moral. Ya Trapiello reivindicó hace años, y acaso hiperbólicamente, su estatura de poeta. Parece necesario volver a sus palabras y examinar su obra por sí misma, al margen de aspectos biográficos que, en definitiva, nada decisivo le añaden o le restan. Por eso me parece que esta tuya es una reflexión oportuna.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Buena entrada, Antonio. La resaca de los dos bandos se mantiene en la literatura por mor de los encefalograma-planos que dirigen la cosa cultural, que diría Umbral.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Muy ponderado tu comentario. Leopoldo Panero no era un inmenso poeta pero era un buen poeta. Personalmente, incluso me sé poemas suyos de memoria (no los más largos, claro). Me gustan también sus hijos (me siento más cercano a Juan Luis). En fin, que ha de ocupar el lugar que le corresponde en la historia de la poesía española, sin partidismos.
Un abrazo:
JLP

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Buena entrada Antonio.

Comparto la teoría de JLP.

Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias a los cinco, amigos.

isabeladecambados dijo...

Verás, le regaló el barquito porque estaba todos los días con el niño, su madre, Felicidad Blanch, lo solía llevar de paseo con ellos todas las tardes. La pobre Felicidad estaba enamorada de Luis Cernuda y creyó, como tantas otras mujeres desgraciadas en su matrimonio, que había encontrado en Luis Cernuda un amor romántico-imposible, que hiciera más llevadera su árida vida matrimonial con Luis Panero. Fue, al contrario que Luis Rosales, alguien con el que simpatizó enseguida. Y nunca creyó que fuera homosexual de verdad.