miércoles, 17 de febrero de 2010

La transformación




Paréntesis Editorial acaba de publicar una nueva edición de La transformación (o La metamorfosis, como suele conocérsela) de Franz Kafka. Traigo aquí el comienzo de mi prólogo:

Augusto Monterroso parodió con gran economía verbal el comienzo de este libro –si no muy extenso, inabarcable frente a la brevedad de que hace gala él mismo– al escribir su relato «Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí». Pero aquí no hay ningún gigantesco ejemplar de los que se conservan en esqueleto que no causa miedo, sino atracción, en el Museo de Ciencias Naturales de South Kensington, ni animado robot alguno de una taquillera película de Spielberg; a lo que nos enfrentamos es a un animal mucho más primitivo en la escala de la evolución, insecto que no se especifica y solo se nombra con el apelativo entre horrorizado y de asco –«bicho»– de quienes lo contemplan, aunque estos sean, o hayan sido, pues no hay lazo que soporte esta desgracia, familiares cercanos suyos.
Alguna vez se ha trasladado eso en lo que se convierte Gregorio Samsa al despertar como cucaracha, pero Vladimir Nabokov (entomólogo aficionado, como Ernst Jünger) insistía en que en todo caso sería un escarabajo, y como tal lo dibujó en su ejemplar de la traducción inglesa que manejaba para sus clases. Desde luego, un riguroso escrutinio filológico (del que soy incapaz, pero sobre el que he leído alguna cosa) hace decantar el original ungeziefer más del lado de la «sabandija» que del «insecto». No digo «bicho», porque esta es palabra que ya se emplea, como apunté arriba, en otros lugares del libro.
«Su persistencia es como la de ciertos sueños», dijo María Zambrano en «Franz Kafka, mártir de la miseria humana», un artículo publicado en la revista Espuela de plata en 1941. Y añadía que esta obra «nos conduce a un tiempo catastrófico, en que la conversión del hombre en el extraño animal, no es síntoma de paz, ni de restablecimiento de la perdida unidad, sino al contrario, la desgraciada posibilidad abierta de nuevo, al final del largo camino, como muestra de su fatal equivocación».
«Kafka es el gran escritor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo», escribió por su parte Jorge Luis Borges, a quien a veces se ha atribuido, demasiado a la ligera, esta traducción. Borges fue un temprano valedor de Kafka, y si lo prologó en líneas memorables, por suyas, también lo hace pasearse por los versos de su poema «Ein Traum» («Un sueño» en alemán, lengua del judío checo Kafka) de su libro La moneda de hierro.
Son tantas las posibles interpretaciones de esta obra que glosarlas se haría interminable; tampoco sumaré una nueva a las docenas que compiten, casi todas complementarias. Prefiero consignar, como constatará el lector, que la transformación no se produce sólo en el protagonista, sino que se extiende a su familia, a la que vemos cambiar y pasar de su vida muelle a una situación más precaria, como si antes de la primera página de la novela hubiera sido ella –y no Gregorio– pulga, chinche, que le chupaba la sangre.
         El gran hallazgo de Kafka es hacer que quien se acerque a su libro se identifique con el protagonista: con su marginación, con su destierro, con su caída frente a la familia y, más allá del escueto hogar, con la alienación ante la sociedad, ante el género humano. No es improcedente recordar aquí que el autor de La transformación es el mismo que signa ese catálogo de agravios que es Carta al padre.

2 comentarios:

BLANCO dijo...

La traducción, las traducciones, son también transformaciones. O metamorfosis. ¿No?
Un saludo.

José María JURADO dijo...

Carta que hubiera podido firmar... Cernuda.

Saludos.