miércoles, 26 de mayo de 2010

Aún da tiempo



Dentro de tres semanas, tras el paréntesis de los pasados años, retomaremos en Sevilla la sana celebración del Bloomsday o Día de Bloom, el protagonista del Ulises de Joyce. De la mano de Juan Antonio Maesso, la Diputación ha organizado el 16 de junio una mesa redonda con posterior lectura en la Casa de la Provincia, y luego marcharemos como está mandado al cercano pub. En la foto, los celebrantes del primer Bloomsday, en 1954: en el centro, y de izquierda a derecha, Anthony Cronin, Flann O'Brien y Patrick Kavanagh.
A quienes aún no hayan leído la novela, creo que aún les dará tiempo de hacerlo. Por si les anima, dejo aquí la presentación que escribí para el volumen Cien años y un día. Ulises y el Bloomsday, que coordiné para la Fundación Lara hace seis años:

Hoy ya nos hemos acostumbrado a que año tras año, llegado junio, desde los periódicos, la televisión, Internet, se dé noticia de la celebración en Dublín, y no sólo en ella, del Bloomsday. Sólo en los Estados Unidos de América, las celebraciones abarcan ciudades como Anchorage, en Alaska, o Phoenix, Arizona, pasando por Sacramento, Syracuse, Nueva York, Cincinati o Baltimore. Los que han levantado censos de estas fiestas literarias nos aseguran que también éstas han tenido lugar en Sydney, Toronto, París, Tokio, Ciudad de Méjico, Río de Janeiro, Groningen o Zurich. Ya nos parece una tradición inmemorial, un mito del eterno retorno que vuelve como una fiel ave migratoria, algo que no tuvo principio, como se le antojaba a Borges Buenos Aires. Pero sí que lo tuvo. Su prehistoria se hunde en celebraciones más o menos balbucientes habidas aún en vida del autor, aunque su verdadera partida de nacimiento tenga fecha de 1954, como enseguida veremos.

En junio de 1924 Joyce se estaba recuperando de la que era ya su quinta operación de la vista, y un grupo de amigos le envió un ramo de hortensias para celebrar el Bloomsday o día de Bloom, el protagonista de Ulises. Al parecer fue Sylvia Beach, la primera editora del libro, quien acuñó el término, y quien en años sucesivos organizó reuniones conmemorativas. En el veinticinco aniversario, es decir, en 1929, la celebración tuvo lugar el 27 de junio en un hotel en Les-Vaux-de-Cernay, a las afueras de París, muy apropiadamente llamado Hôtel Léopold, y al almuerzo (Déjeuner “Ulysse”) promovido por la librera Adrienne Monnier asistieron, entre la más de una veintena de asistentes, Nora, Lucia y James Joyce, Sylvia Beach, Samuel Beckett y Paul Valéry. Aquel almuerzo y su coda de paradas en diversos establecimientos para tomar copas al regreso también celebró otro acontecimiento: la publicación de la versión francesa de Ulises, que editada por Monnier había aparecido en febrero de aquel año traducida por M. August Morel y revisada por Valery Larbaud y el propio Joyce.

Pero la primera vez que se celebró en el país natal de Joyce fue hace cincuenta y un años, y no fue organizado por universidad alguna ni por la siempre ávida de divisas Bord Fáilte o, en román paladino, Oficina de Turismo de Irlanda.

Aquel Bloomsday inaugural de 1954, para celebrar el cincuentenario de la famosa jornada, fue organizado por Flann O’Brien y John Ryan, director de la revista Envoy. Se reunieron Anthony Cronin, joven poeta, como trasunto de Stephen Dedalus; O’Brien, mitad Simon Dedalus, mitad Martin Cunningham; Ryan en el papel de Myles Crawford; Patrick Kavanagh, no se sabe muy bien como qué; y, finalmente, Tom Joyce, un dentista primo de James que por supuesto no había leído Ulises, en representación de la familia. Además, convencieron para que los acompañara al secretario de Trinity College, un judío que había de representar al hebreo Bloom.

Era, por supuesto, antes de que se abriera el pequeño museo de la torre Martello, hoy rebautizada como Joyce Tower, y antes de que se restaurara la casa familiar del 35 de North Georges Street para albergar el James Joyce Centre. Antes de que se colocara la estatua del escritor casi enfrente de la emblemática Oficina Central de Correos, y antes, mucho antes, de que su reputación quedara limpia para futuras generaciones de irlandeses. Si bien hoy hasta el carterista y la prostituta lo conocen de sobra aunque sólo sea porque su efigie haya estado un tiempo en los billetes del Banco de Irlanda, en 1954, décadas después de su publicación, no muchos fuera de los círculos literarios conocían al autor de Ulises.



En No Laughing Matter: The Life and Times of Flann O’Brien, Anthony Cronin nos cuenta que tres años antes, Ryan había pedido a O’Brien que coordinara un número especial de Envoy, la revista que editaba, dedicado a Joyce. Curioso reto. Porque es cierto que O’Brien admiraba a Joyce y conocía su obra, pero también que estaba ya harto de que constantemente se hablara de su influencia en él, y siempre que tenía ocasión dejaba caer algún comentario displicente sobre el autor de Ulises (Beckett fue testigo de una de estas salidas de tono, en la que lo calificó como “Joyce, ese autor de refritos de cuentos de criadas”) y en su columna “Cruiskeen Lawn” que firmaba con el seudónimo de Myles na Gopaleen (Flann O’Brien también era seudónimo, siendo su nombre real Brian O’Nolan o las diferentes formas, más o menos gaelizantes del mismo) no era infrecuente ver menciones desdeñosas al “pobre Joyce” o, lo que es peor aún, al “pobre Jimmy Joyce”. En aquel número especial de Envoy apareció publicado el célebre poema satírico de Kavanagh titulado “¿Quién mató a James Joyce?”, del que no salen bien paradas las tesis presentadas en Harvard ni los profesores de Yale u otros individuos y poses del mundo académico. La aportación de O’Brien fue un paródico, mordaz y envenenado artículo titulado “Una juerga en el túnel”, en el que, junto a la reivindicación del Joyce humorista, hallamos el germen del desvarío que más tarde publicaría en El archivo de Dalkey.

Aquella mañana O’Brien publicó su habitual columna en el Irish Times, esta vez dedicada al Bloomsday, y en ella no ahorraba pullas a Joyce. Lo cual no le impidió estar junto al resto de sus compañeros de celebración temprano junto a la torre Martello de Sandycove, donde pronto empezaron a entonarse con unas bebidas proporcionadas por el arquitecto Michael Scott, vecino del lugar. Enseguida empezaron a hacer tonterías: Kavanagh y O’Brien treparon por un terraplén, a ver quien alcanzaba antes la torre; hubo agarrones y Kavanagh casi se parte la crisma ante los tirones de su acalorado, y ya achispado, contrincante en el ascenso.

Luego vino una parte más supuestamente seria, la recreación del capítulo “Hades”. A bordo de dos coches de punto como los que podrían haberse usado en 1904, el grupo se dispuso a remedar el funeral de Paddy Dignam. Ataviada como para un entierro y ebria como recién salida de un velatorio, la estrafalaria comitiva se detuvo en un pub de Blackrock; cuando el dueño supo que todo aquello era por James Joyce, “el escritor”, el buen hombre sólo pudo pensar en un tal Jimmy Joyce (the sign-writer from Newton Park Avenue) que, efectivamente, se ganaba la vida escribiendo, pero ¡rótulos y carteles! Mucho ha llovido desde entonces, y quizás algún pariente de Jimmy, escritor de brocha gorda, se ufane hoy, confundiendo realidad y deseo, de tener a un literato en la familia.

Nuestros amigos bebieron en un buen número de pubs, y aligeraron sus vejigas, como Stephen Dedalus en Ulises, sobre la arena de la playa de Sandymount, no lejos de donde hoy reside el Premio Nobel de Literatura Seamus Heaney. Luego se detuvieron en una casa de apuestas para escuchar la retransmisión por la radio de una carrera de caballos, y recalaron en el Bailey, un bar que dos años después compraría Ryan, ese adinerado mecenas que llegó a viajar en su yate a la Ítaca griega y compró a las monjas a las que fue a parar la casa de Eccles Street la puerta del número 7. Ya en el Bailey, no continuaron el periplo: prefirieron quedarse al abrigo de unas copas, en tertulia, antes que seguir y adentrarse en los inhóspitos burdeles de la ciudad nocturna.

A partir de entonces las celebraciones del Bloomsday fueron consolidándose año tras año, y como ya vio Kavanagh en su poema, legiones de profesores americanos aterrizaron junio tras junio en Irlanda con objeto de repetir los pasos de los personajes de la novela de Joyce. Tierra de santos y poetas es epíteto común de Irlanda. Parece que el mercadeo de reliquias no terminó en época de Santa Brígida o San Brendan, San Ciarán o San Enda. Se cuenta que O’Brien y algunos de sus compiches vendieron a americanos incautos unos cuantos sombreros que supuestamente habrían pertenecido al autor de Ulises.

Una de las celebraciones con más solera es la que desde hace veinticinco años tiene lugar en el teatro Symphony Space de Broadway, Nueva York, en el que se dan cita para leer partes de la novela legiones de actores y escritores entre los que se incluye una amplia representación de la diáspora irlandesa. Una curiosidad es que entre tantos nombres irlandeses, como Fionnuala Flanagan, Frank McCourt, Mia Dillon, Frank Delaney, Caraid O’Brien, Charlotte Moore o Michael O’Neal, el ideador de este homenaje anual sea un judío, como Bloom, llamado Isaiah Sheffer.

Dublín, que hace ya tiempo que ve todos los dieciséis de junio estrafalarios disfrazados que dan buena cuenta de platos de riñones, como no podía ser de otro modo se volcó muy especialmente en la celebración del Bloomsday del centenario. Hubo conferencias, paseos guiados, salchichas, emisión de sellos conmemorativos, cerveza, exposiciones de fotografías de la ciudad al principiar el siglo XX... También se presentaron al público los cuadernos de notas que habían pertenecido a Joyce y que adquirió en 2002 la Biblioteca Nacional de Irlanda (donde se desarrolla el capítulo 9 de Ulises), se convocó un premio literario “Davy Byrnes”, se celebró el Décimo Noveno Simposio Internacional James Joyce, y se pudo asistir a un concierto especial en el National Concert Hall en el que se interpretaron las canciones que gustaba cantar o escuchar Joyce.

Por lo que respecta a Sevilla, en los actos que se vienen celebrando desde el año 2000 han participado de un modo u otro centenares de personas, entre las que se cuentan el catedrático y traductor García Tortosa, Ian Gibson, Robert Freeman (el fotógrafo de las portadas de discos de los Beatles), Alfonso Guerra, Julio Manuel de la Rosa, Eduardo Jordá, Juan José Téllez o Mariano Antolín Rato... Todo por una feliz ocurrencia del director del Festival de Danza de Itálica y novelista Juan Antonio Maesso. Y en 2004 los actos tuvieron una particular relevancia, como se reseñará más abajo.

* * * * *

La bibliografía sobre Joyce en España es abundante. La Universidad de Jaén publicó en 1988 James Joyce: Límites de lo diáfano. La de La Coruña publicó en 1994 y 1997 los volúmenes colectivos Joyce en España, I y Joyce en España, II. Más recientemente ha visto la luz Silverpowdered Olivetrees: Reading Joyce in Spain, donde también numerosos estudiosos se han acercado desde diferentes perspectivas a Joyce y su obra. Hay además libros sobre la recepción de Joyce en la prensa española, sobre las adaptaciones de su obra al cine, sobre los paralelismos con Luis Martín Santos...

Este libro, Cien años y un día, se publica con motivo del centenario, acaecido en 2004, de ese día único que Joyce escogió para inmortalizar la ocasión de su primera cita con la que sería su esposa, Nora Barnacle. Y no tiene más pretensión que la de ofrecer “a la afición en general” (expresión de Jaime Gil de Biedma) una silva de varia lección, un conjunto de textos variados sobre Ulises y Joyce, unos entremeses que querrían estar lejos de la pesadez que suele adueñarse de más sesudas recopilaciones de ensayos o de los tantas veces plúmbeos volúmenes de la crítica académica. Como los mismos capítulos del Ulises, el lector encontrará aquí estilos y aproximaciones variopintos, que van desde el ensayo literario a la memoria personal, el disparate de buscar unos paralelismos más imaginarios que reales, o la narrativa de diversa índole con la que se clausura el libro.

Se abre con un artículo de un prosista de excepción, Manuel Gregorio González, que aúna la indagación en el monólogo interior de Ulises con otros referentes europeos que lo ponen en contexto y resaltan su novedad y genio. Proust y Freud, y unos cuantos pintores y literatos, son convocados aquí para actuar de secundarios en este ensayo sobre Leopold y Molly Bloom y el padre de ambos, don James Joyce.

A continuación, Francisco García Tortosa, que tantas páginas esclarecedoras ha escrito en revistas especializadas, y responsable de la más reciente edición de Ulises en español, nos narra, con un puñado de anécdotas, su iniciación en la “industria joyceana”, esa protagonista del poema de Kavanagh “Quién mató a James Joyce”. Su colaboración aporta además datos poco o nada conocidos sobre el secuestro que sufrió la traducción que él mismo y María Luisa Venegas prepararon para Ediciones Cátedra y que, ay, recuerda a problemas parecidos que ya sufrió la novela cuando se publicó en 1922. En el caso más reciente, la tozudez esquinada del nieto de Joyce ha sustituido a la pacatería e incomprensión de hace décadas. Muestras de ese carácter ya legendariamente quisquilloso del nieto son, aparte de las vicisitudes de la mencionada edición de Cátedra, por ejemplo, la prohibición de la inclusión de varios textos de Joyce en el monumental Irish Writing in the Twentieth Century: A Reader, editado por David Pierce para la Cork University Press cuando ya el libro estaba a punto de publicarse. En el grueso volumen faltan, como por un extraño encantamiento, las páginas 323-346, que recogían extractos de varios capítulos de Ulises. Otra consecuencia del encantador carácter de Stephen Joyce fue que, ante las trabas con las que amenazaba a los organizadores del Bloomsday del centenario, el festival Rejoyce 2004 de Dublín, el gobierno irlandés tuvo que hacer aprobar en tiempo récord una legislación especial que defendiera a los amantes de Joyce de los celos de su amantísimo nieto.

Sevilla es una ciudad que, se dice, tiene mucho de dublinesa: un río que la parte en dos, las mil tabernas, la poderosa Iglesia, la parálisis, una vocación americana... Y en Sevilla desde hace más de un lustro un grupo sorprendentemente numeroso de admiradores de Joyce se reúne –nos reunimos– para celebrar esa fiesta de la ficción que es Ulises y ese Bloomsday que no conmemora nacimiento o muerte de su autor, ni la fecha de su publicación ni nada que sea ajeno a la propia literatura: tan sólo un deambular de unos personajes por una ciudad y su conciencia. “Urbi et orbe” repasa de modo desenfadado esas concomitancias entre la metrópoli hibérnica y la ibérica.

Viene seguidamente un relato de Eduardo Jordá. No es el primer texto de este autor sobre Joyce o el Ulises. En Glorieta de los lotos, su más reciente libro, hay un artículo sobre ellos, más alguna que otra alusión. Y en su magnífico libro de viajes, Lugares que no cambian, hay bastantes páginas más a las que debería acudir el lector interesado: aparte de algunas magníficas estampas de Dublín, sendos textos titulados “La ciudad de la lluvia” y “Bloomsday”. En “Whiskey en la jarra” enrola a personajes de Dublineses como Gabriel Conroy, uno de los personajes más tristes de cualquier literatura en “Los muertos” o el insignificante Thomas Chandler, de “Una nubecilla”, y los hace vivir una escena ucrónica que podría haber acaecido muchos años después.

El libro se cierra con unos párrafos desopilantes. Es fama que James Joyce, ya medio ciego y cerca de su muerte, leyó en 1939 At Swim-Two-Birds, de Flann O’Brien, y halló realmente divertida esta su primera novela. Buena parte del humor de la última, The Dalkey Archive (1964), se asienta en el hecho de que Joyce no pudo ya leerla (no hay lupas que valgan en el Purgatorio) y tal vez por ello, no pudiendo protestar, quedó impunemente incorporado como personaje de la misma. Los extractos que cierran el volumen pertenecen a esta obra disparatada e impagable, que en los pasajes dedicados a Joyce constituye una especie de malicioso, si se me permite el título apócrifo, Portrait of the Artist as an Old Man. Creo que la traducción y la publicación aquí de estas páginas desmitificadoras (que no agotan el filón joyceano del libro, inédito en español, y del que son sólo un ligero aperitivo) puede constituir un homenaje travieso, cariñoso, oblicuo, al autor de Ulises en el primer centenario del Bloomsday.

4 comentarios:

Innisfree dijo...

Impresionante. Gracias por compartirlo. :)
Me quito el sombrero (auténtico joyceano, of course). Difícilmente podrá haber mejor aportación al Bloomsday en la blogosfera. ;)
Sláinte!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Pues te recuerdo que el AVE Zaragoza-Sevilla tarda sólo tres horas y media... De momento, no hay a Dublín. Abrazos.

Sara dijo...

Después de varios días sin pasarme por aquí, qué sorpresa tan agradable encontrarme con esta entrada. Maravillosa, Antonio, maravillosa. Yo también me quito el sombrero, como Chesús. Leerlo ha sido un verdadero placer - muchísimas gracias por compartirlo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias por el comentario, Sara. ¿Qué tal en Polonia? Espero que el complicado regreso al final se resolviera bien. Dejaré más entradas joycenas de aquí a Bloomsday. Un abrazo.