lunes, 7 de junio de 2010

Urbi et Orbi (y V)



Arhtur Symons, miembro del Rhymers Club al que perteneció Yeats (ambos se conocieron en 1890), escribió sobre Sevilla en un par de ocasiones, y entre sus papeles se encuentran tres copias de unas sesenta páginas cada una que contienen mecanoscritos de las rimas de Bécquer, conservadas en la Universidad de Princeton. Cities and Sea-Coasts and Islands (1918) dedica un capítulo a Sevilla (es probable que su amigo Yeats lo leyera, toda vez que la segunda parte del volumen no le habría de pasar inadvertida, pues se ocupa de espacios tan queridos a Yeats como las islas Aran o, especialmente, las zonas de The Rosses y Glencar en Sligo). Ya, quince años antes, Symons había dedicado otro capítulo a la ciudad del Guadalquivir en Cities (1903). Su nombre no ha sido convocado aquí en vano: Symons, que conoció a Joyce en 1902, hizo mucho por la publicación de Chamber Music y fue el autor del epílogo a Pomes Penyeach (1927).

Como se ha dicho más arriba, García Tortosa organizó hace años un Congreso Internacional sobre Joyce en Sevilla, al que asistieron especialistas de todo el mundo y traductores de Ulises no sólo al japonés o al coreano, sino también, bajo la forma de exégetas, al inglés: profesores que se aplican a la ímproba tarea de hacer que sea entendido fuera de su ciudad. No en vano Flann O’Brien, escribió: “Sólo un Paddy (léase castizo) de Dublín podría alcanzar a entender más de un diez por ciento de su significado”.
¿Más coincidencias? El cante jondo no está muy lejos del
sean nós gaélico, esa música tradicional y primitiva que brota de torturados hontanares, y las tabernas de allí no quedan lejos de las de estos pagos, aunque allí se liquidara el alcohol en peniques y aquí en pesetas (ambas monedas, ya, dos arqueologías numismáticas). Por otra parte, el grupo de música más intrínseca y tautológicamente dublinés, The Dubliners, que comparte apelación con un libro de Joyce y tiene en su repertorio la canción “Finnegans Wake”, dista tanto de la verdadera música tradicional irlandesa, para puristas, como los Cantores de Híspalis del flamenco. Uno de los vocalistas del grupo, Ronnie Drew, que nació en Glasthule, junto a Sandycove, el Forty Foot, y la famosa torre Martello, el omphalos del que habla Buck Mulligan en el capítulo inaugural del libro, fue profesor de inglés en Sevilla hace ya muchos, muchos años, donde aprendió a tocar la guitarra flamenca. Curiosamente, la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco está hoy en una de las esquinas de esa encrucijada que componen el Instituto Británico donde enseñó Drew y la Calle del Aire de Cernuda, en un extremo de la calle Fabiola, que toma su nombre de la célebre novela del Cardenal Wiseman. Y en la denominada Casa Fabiola, en esta calle, tiene precisamente su sede la Fundación José Manuel Lara, editora de este volumen sobre Joyce y Ulises. Volviendo a la calle del Aire, en ella se han abierto recientemente unos baños árabes. ¿Un guiño al relato “Arabia”, de Dublineses, o más bien a los baños turcos que Bloom visita al final del capítulo 5, “Los lotófagos”? ¿Quizá se trate, por lo de calle del Aire, de un homenaje velado al capítulo, 7, “Eolo”? Sin duda, este lugar habrá de ser incorporado, como una estación más, al peregrinar sevillano de Bloomsday en años venideros.

Otro músico de prestigio internacional como Bill Whelan, creador del espectáculo Riverdance, compuso en 1992 la Seville Suite cuando la Expo, gracias a los buenos oficios de Denis Rafter, comisario del pabellón irlandés, trajo a la ciudad gaiteros y violinistas y fue por un día, más que Boston o Nueva York, capital de la música irlandesa fuera de la isla. Como el tiempo celta propende a la circularidad, Denis Rafter volvió el año pasado a Sevilla para dirigir el espectáculo Viaje a Ítaca, basado en el monólogo de Molly Bloom. Y una bailaora sevillana, María Pagés, saltó a la fama y los escenarios del mundo precisamente gracias a Riverdance, donde se mezclaban zapateados de inspiración gaélica y flamenca.
En cuanto a las carreras de caballos irlandesas, ese espectáculo inenarrable (véase
El hombre tranquilo), nacen del mismo amor que aquí se profesa a los nobles brutos en ferias y romerías; y la tauromaquia nuestra no es más que la fosilización de unas tradiciones en las que el culto al toro era común no sólo a los pueblos mediterráneos: la ya mentada Táin tiene su origen en la disputa por unos toros, no sé si de ojos verdes irlandeses como en un sueño de Fernando Villalón. Dicho de forma simple, el héroe Cú Chulainn muere en realidad por un pique, un enfrentamiento entre ganaderos, como el que podría suscitarse en un casino de pueblo.
Luego está la conexión circular entre Joyce, el tuerto, y Cervantes, el manco, los dos grandes maestros de la novela (creador uno, destructor el otro) y padres de notorios antihéroes. Se ha dicho que Cervantes estudió con los jesuitas en Sevilla (Joyce lo hizo en los también colegios jesuitas de Clongowes y Belvedere), y en esta ciudad ostentó un cargo relacionado con la intendencia de la Armada Invencible, que, náufraga frente a las costas de Irlanda, tan indeleble huella ha dejado en el imaginario hibérnico.

Cervantes (parece que judío, como Bloom) salió de Sevilla en 1604 con la primera parte del Quijote terminada. Exactamente, trescientos años antes del día en que sucede Ulises. Las grandes plumas de Dublín siempre han emigrado lejos, huyendo de la parálisis cerebral del país, diagnosticada por Joyce, y no algo diferente hicieron aquí, como Cervantes, muchos de los mejores: Blanco White, Bécquer, Cernuda... Algunos de los escritores sevillanos actuales (Eduardo Jordá, Julio M. de la Rosa, Emilio Durán, Juan Antonio Maesso, por citar sólo a algunos) se reunieron años pasados sobre la azotea de la Casa de la Provincia, al final de una empinada escalera, como si de una torre Martello se tratara, para celebrar la gran fiesta de Ulises. Introibo ad altare Dei, como empieza la gran obra de Joyce, dicho al pie de esa otra torre catedralicia, la Giralda, parecía muy procedente y simbólico. Cómo omitir aquí que, en la Edad Media, un escritor que atendía al nombre de Giraldus Cambrensis escribió un libro repleto de noticias interesantes y sabrosas sobre la verde Erín: Topographia hibernica. Pero volvamos a la Giralda y a aquella noche joyceana. A un tiro de piedra quedaba la Judería, un barrio en el que no se sentirían extraños los genes del señor Bloom y donde en la calle Levíes hoy se acomoda la recién creada Dirección General del Libro de la Junta de Andalucía. El Libro, Ulises, la biblia de los joyceanos...

Pero estábamos junto a la Giralda. Justo al pie de la azotea, un convento de clausura de no recuerdo qué congregación (las Irlandesas quedan más lejos, allá por Bami, y subiendo a Castilleja de la Cuesta). Javier Salvago, que es de Paradas, y no de Skerries o Dalkey, cerró el acto leyendo su largo poema “Ulises”, que habla de un hombre que regresa a su casa tras una agotadora jornada. ¿Les suena?

Esta pasión de Sevilla, o mejor, de un grupo de sevillanos por Joyce ha tenido reflejo, como se dijo, en las celebraciones anuales del Bloomsday desde al año 2000. Todo comenzó como una ocurrencia de de Juan Antonio Maesso, secundado por la Diputación, y a las lecturas y cuchipandas regadas con cerveza negra en el pub Flaherty se añadieron, cuando se cumplían cien años de aquel dieciséis de junio, una representación teatral, debates, y una serie de lecturas en torres de la ciudad, como torres Martello trasterradas: la azotea de Casa del Libro, el pie de la Torre del Oro, la barbacana de la Torre de la Plata… Camino de la Torre del Oro, la comitiva de joyceanos locales o locuelos joyceanos se adentró por el barrio de El Arenal, otro homenaje a los nombres de los parajes dublineses de Sandycove y Sandymount, e hizo parada en la homónima Freiduría del Arenal, fundada –¿adivinan la fecha?– en 1904, el mismo año que Cruzcampo, la fábrica de cervezas que andando el tiempo sería propiedad de Guinness.

Y al llegar el otoño de ese 2004, el Sevilla Festival de Cine, gracias a la sensibilidad de su muy leído director, Manuel Grosso, dedicó una sección al autor de Ulises. Además de una exposición sobre el escritor irlandés en la Biblioteca Infanta Elena, el ciclo Cinemajoyce permitió ver adaptaciones al celuloide de la obra de Joyce y documentales sobre él y el Bloomsday (incluido el largometraje de Joseph Strick, al que en su día Álvaro Cunqueiro calificó, suponemos que de oídas, como “unha mediocre película”). Y lo que es más, trajo a Sevilla al realizador Sean Walsh, en cuya película, estrenada para la ocasión en nuestro país, Bloom es encarnado por un Stephen Rea que borda el personaje. Como una epifanía joyceana, a Walsh lo encontramos Maesso y el que esto escribe, cuando tomábamos unas pintas en el mentado pub de la calle Alemanes, que algún día habrá que rebautizar como Irlandeses. La mesa redonda de la tarde la preparamos en la longuilínea barra matutina. ¿Quién puede asegurar que durante un par de horas aquel bar no fue el Davy Byrne’s, o el Palace, en la capital de Irlanda?

Ni Trieste, ni Zurich, ni París… A fin de cuentas, piensa uno, esta artificiosa aunque justificada comparación de Sevilla con Dublín no es más forzada que la de Molly Bloom con Penélope, la de las camareras del Ormond con las sirenas, o la de Stephen Dedalus con Telémaco. Si algo nos enseña este libro inagotable, Ulises, es el triunfo sin tasa de la imaginación y la literatura por encima de las distancias, las lenguas y las épocas.

4 comentarios:

Sara dijo...

Dublín es sin duda una ciudad universal. Desde el primer dia que puse pie en ella (llegué por barco una mañana helada de febrero hace dieciséis años) me sentí como en casa. Lo primero que hice fue refugiarme del frío y de la nieve que caía en el Bewley's de Grafton Street y allí me pasé horas, feliz de estar entre ese trajín de gente que entraba y salía. Dublín promete una bienvenida cálida al visitante y nunca decepciona: por eso no nos sentimos extranjeros en esa ciudad y sí en otras como Londres o Paris. No sé si Sevilla inspirará esa misma sensación al forastero, si es una ciudad igualmente universal... eso habrá que preguntárselo a ellos.

Nelson Barrique Burruchaga dijo...

No en vano Flann O’Brien, escribió: “Sólo un Paddy (léase castizo) de Dublín podría alcanzar a entender más de un diez por ciento de su significado”.

Por otra parte, es dudoso que un Paddy normal y corriente entendiera muchas de las alusiones clásicas de Joyce. No es de extrañar que Virginia Woolf se refiriera a Joyce como "a queasy undergraduate scratching his pimples". El hombre estaba obsesionado con sí mismo, y su obra apela fundamentalmente a eruditos con bastante tiempo libre y poca capacidad de creación, y a la industria académica, que necesita esa clase de objetos de culto para justificarse.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Desde luego, Sara, lo mejor que se puede hacer una fría mañana de febrero es meterse en Bewley's. Lástima que en Sevilla no haya cafés similares aunque con aire acondicionado para refugiarse del calor una tarde de julio.

Capitán Costra dijo...

Eso del Bllomsday suena como las convenciones de pervertidos disfrazados de personajes de Star Trek.