lunes, 26 de julio de 2010

Alguien me responde


En la insólita colección Álogos de La Isla de Siltolá, junto con los volúmenes de Ignacio Tomás, Jesús Cotta y Suso Ares Fondevilla, acaba de publicarse Alguien me responde, selección de entradas del blog de Juan Antonio González Romano. Tuvo la peregrina idea Juan Antonio de que uno le pusiera prólogo al libro, que ya contaba con un estupendo prefacio firmado por su autor, y uno, aplicada y devotamente, se plegó a esa doblegadora de perezas, la amistad. Aquí, esos párrafos:

NOTAS SOBRE UNA SINGLADURA


Genuinos o falsos, los diarios, siempre han ejercido un poderoso magnetismo sobre muchos lectores, como la literatura memorialística o la autobiográfica: Casanova o Chateaubriand, sí; pero también Franklin, y Drieu la Rochelle (Diario de un hombre engañado), y el Diario del desasosiego de Bernardo Soares/Pessoa, El cuaderno gris de Josep Pla o todo el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. Cuando a uno no le basta su propia vida tiende a continuarla en otras: de ahí el relativo éxito de algunos de estos libros, en los que cabe no sólo la anécdota, sino también la reflexión, el aforismo, un poco de todo, como sucede con la vida.

El campo del periodismo escrito, esa víctima actual de Internet, ha estado también siempre abonado para esto de que el autor, o el personaje que éste crea, su máscara, vaya dando cuenta de su quehacer diario, comentando no sólo las aflicciones generales de la nación o de la época, sino con quién ha estado, qué exposiciones ha visto, en qué lecturas anda. Así eran las columnas de Francisco Umbral, por ejemplo, donde los nombres aparecían en una primitiva negrita antecesora de esa otra tinta que hoy, en los blogs, marca la presencia de un enlace, un hipervínculo.

En Irlanda (no sé cómo he llegado a esta línea sin nombrarla), Flann O’Brien, por entonces no más que un estudiante, diseñó en 1940 una estrategia de promoción literaria consistente en crear polémicas que encendían el interés de los lectores. Luego se vio que era él mismo quien enviaba unas y otras cartas al director, con nombres supuestos, para conseguir eso tan hegeliano de tesis y antítesis. La síntesis le vino por vía de contrato, que le duró casi tres décadas, como columnista de ese mismo periódico, The Irish Times, en una serie de disparatados artículos que años más tarde fueron compilados en libros, sabrosas antologías de esas entregas casi diarias aparecidas bajo el título An Cruiskeen Lawn. Al fin y al cabo, era lo mismo (la realidad cambia, pero no tanto) que ahora acontece con las entradas de blog que va recogiendo, tras su edición original en otro medio, la pantalla, esta colección Álogos en que se publica el volumen de Juan Antonio González Romano. Además, algo similar a lo de O’Brien fue lo que hizo en su día el autor de este libro, conocido amante de los apócrifos, cuando se desdobló en bloguera con la que entabló una relación de comentarios y competitividad, como refleja aquí en una de las últimas entradas. Que aquello fuera verdad o ficción es lo de menos.

Como es sabido, la palabra blog procede de la expresión inglesa web log, que puede traducirse como libro de bitácora virtual, cuaderno de bitácora en Internet. En el log náutico se consignaban los pormenores de la navegación de la jornada; posteriormente su significado se ha ido extendiendo a diferentes registros, como el de los viajes que realiza un camión o el de lo emitido en un programa de radio o televisión, etc. En español, los escritores de secano cometen una incorrección cuando traducen blog simplemente por bitácora; ésta, nos recuerda el DRAE, es “especie de armario, fijo a la cubierta e inmediato al timón, en que se pone la aguja de marear”. Sin embargo, cuaderno de bitácora es, sí, “libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación.”

La de González Romano singla a menudo las mismas rutas: la familia, los amigos, los problemas de la enseñanza, procelosa profesión a la que se dedica contra el miento y varea de los políticos. Él, que tantas muestras da de su amor por la Literatura, viene coincidir con aquello que pedía Juan Ramón Jiménez y Trapiello no se cansa de repetir: más cultivo y menos cultura; es decir, en España, lo que hace falta no es más intelectuales y Cultura con caja (o ceja) alta, sino más humilde y pródiga educación. No pocas veces vemos aquí que este web log y la LOGSE están a la greña. Juan Antonio no se calla ante la corrección política, esa plaga de nuestro tiempo y país.

Nos entrega en Alguien me responde muy incisivas operaciones reflexivas sobre el blog, que no sólo es híbrido de géneros sino de soporte, como en las entradas “Mester de bloguería y “Cuestión de prestigio”; nos regala los maravillosos haikus de su hija y algunos poemas propios. Incurre en alguna travesura a lo Borges, como cuando siembra una cizaña venial, venenosa apenas, entre dos grandes poetas sevillanos, hermanos para más señas, Caín ninguno, pero uno creador de Abel Martín. Gusta el autor de la poesía popular, de su concentración: como él dice, encerrar una idea en veinte palabras. En esto, en juntar lo antiguo y tradicional, se torna modernísimo: ¿no es eso, la concisión, el ceñimiento a ciento y pico caracteres, un mensaje de twitter? Gustará al lector el sentido del humor que derrocha acerca de ese invento suyo, el benigno jueves 15, al que debería obligarse el calendario. ¿Y cómo no asentir cuando defiende la necesidad de la memorización de los versos? Ya lo postulaba Ted Hughes en la antología de poesía The School Bag, que reunió con Seamus Heaney para la mocedad británica o de donde se lea inglés. Hoy, a lo mejor, lo hubieran titulado The School Blog.

Volviendo a la impostura de O’Brien, hay una frase en este libro que me hizo pensar que su autor emulaba a su paisano Rafael Lasso de la Vega, ese mixtificador que se inventó su propia bibliografía y se hizo precursor de todos los movimientos literarios de principios del XX fechando a posteriori poemas “al modo de” en ediciones inencontrables y exquisitas, también precursoras del blog por las posibilidades que éste tiene de manipular una entrada antigua. “Veinticinco años atrás, como saben quienes me siguen en el blog, yo pesaba veinticinco kilos más, aproximadamente”, escribe González Romano. Hay que matizar que éste no inventó los blogs en 1985. Pero por lo bien que escribe, por lo jugoso de sus entradas, en las que se manifiesta maestro, bien podría haberlo hecho, adelantado y vanguardista.

2 comentarios:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Te lo dije en privado y ahora en público:
Nunca fuera tal bloguero
de prólogo tan servido
como fuera Juan Antonio
por su amigo Taravillo.

Todo un honor, Antonio. Un fuerte abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

El abrazo es cosa de dos, Juan Antonio. Ahí llevas el mío.