sábado, 31 de julio de 2010

Ante el Lughnasa




En el friso del sábado al domingo será Lughnasa, la antigua festividad irlandesa. Un artículo antiguo en el que hablé de esto:

CUANDO EL VERANO ES CORTO

En Irlanda, los poetas anónimos de los siglos VII al X, desbordando los márgenes de la poesía bárdica profesional, hallaron una veta poética maravillosa en el nombrar los cambios que las estaciones, esa ritmada alquimia, operan en la naturaleza, y hasta el presente ha llegado una docena larga de composiciones que por su espontaneidad y capacidad de observación están entre lo más singular de la poesía del Medievo.

Baudelaire dijo que la naturaleza es templo... El hombre céltico siempre lo supo, y su religión pagana así lo entendió, tanto que la misma concepción perduró hasta bien entrado el cristianismo. Los poetas llevaron a sus estrofas descripciones de la música de palomas torcaces cuyos pechos refulgen, el canto delicioso del zorzal, el rumor de las abejas, el escarabajo por la tierra y los ánsares por el cielo.

También en Gales el verano es cantado pero, con esa propensión elegíaca que da el país, la gozosa estación es utilizada como contraste de las miserias padecidas por quienes están en el invierno de sus vidas: “Comienzos de verano, todo cuanto crece es bello. / Cuando los guerreros se apresuran a la batalla, / yo no voy; una aflicción me lo impide.” El mismo tono sombrío tiñe otra composición del siglo IX atribuida al viejo Llywarch Hen, epítome de otros postrados galeses en los que adivinamos rasgos afines a los del rey baldado en el ciclo del Grial: “Bastón de madera, es verano. / Está rojo el surco, crespos los brotes. / Me apena mirar tu pico.” De nuevo el esplendor esquiva al protagonista de los versos.

Donnchadh Bán mac An t-Saoir, un poeta gaélico escocés que murió en 1812, escribió un largo poema titulado “La canción del verano”, en el que podemos leer el más completo catálogo de delicias estivales. En él, todos los animales se pavonean y lucen sus mejores galas. También la poesía romántica irlandesa conoce el verano, esa volátil felicidad que emigra del calendario como la más veloz de las aves. En irlandés, al mes de agosto se le llama Lughnasa (esplendor pagano que guarda el nombre del dios Lug junto con la celebración de los ritos agrícolas, recuérdese la obra de Brian Friel Dancing at Lughnasa), pero a septiembre se le da un nombre lleno de melancolía, Méan Fómhair, mitad del otoño, y a octubre uno ya resueltamente sombrío y que encoge, Deireadh Fómhair, fin del otoño. Por eso, ante una canción tan triste y delicada como “The Last Rose of Summer”, de Thomas Moore, copla que se hizo del pueblo y alguna vez canturreó con su voz de barítono James Joyce, pensamos inmediatamente en El otoño de las rosas de Francisco Brines. Y es que cuanto más corto es el verano más larga y dulce es siempre su añoranza.

1 comentario:

Sara dijo...

Como siempre, es un gusto leer las historias contadas en este blog. "Lughnasa": una palabra bellísima que conocí a través de la obra de Friel. Sin embargo, hasta ahora no se me habia ocurrido relacionar la moderna "August bank holiday" con esta antigua festividad...