viernes, 27 de agosto de 2010

Columna de Hércules



Aquí, la tercera columna que publico en la edición sevillana de El Mundo.

LETRAS EN LA ALFALFA

El otro día acompañé a un familiar al médico. Se trataba de ir al Dr. Ismael Yebra, que además de galeno es autor de finos libros: de viaje (a Sanabria, en Zamora) a la par que de sedentarismo sevillano, ya sea de su estival Umbrete, ya de su fiel devoción, la Alfalfa, donde radica su consulta. Mezcla de nomadismo y arraigo es su Pregón de la Cabalgata de Reyes.

Allí, en su sala de espera de la calle de otro monarca, Cabeza del Rey Don Pedro, llama la atención el lugar privilegiado que en la mesa de revistas ocupan las de literatura. Me pareció que eran todos ejemplares de Mercurio. Panorama de libros. Sorprende hallar papeles de letras en la consulta del médico (profesión cuya mala caligrafía es proverbial). Pero es que Yebra es de la estirpe de físicos literarios, como lo fueron –espigo sólo tres nombres– Pío Baroja, Louis Ferdinand Céline y William Carlos Williams.

Sacando el cuaderno que llevo siempre conmigo quise traer esta novedad a la columna, sólo para comprobar, horrorizado, que al ir a consignar la especialidad del doctor me quedaba desvalido y no recordaba qué nombre recibe un perito en enfermedades de la piel, que es el negociado de este médico. De repente sentí que me había equivocado de consulta y que precisaba acudir al Dr. Alzheimer. ¿Por eso de piel, pediatra? ¿Pedicuro? ¿Peliagudo? (esto último parecía ya enfermedad grave).

Sólo tras devanarme un rato los maltrechos sesos –cuarenta grados del ferragosto sevillano, con su intensa fiebre–, la palabra asomó a mi lengua para sobresalto de pacientes y acompañantes: ¡Dermatólogo! Más que en la consulta de un tal, se diría que me hallaba en la de un loquero.

Pero vuelvo a lo de la literatura. Me resultó deleitoso el contraste. Junto a ejemplares de Semana, Hola o Diez minutos, con su superficialidad, con lo epidérmico, propio de la especialidad del doctor, rostros de poetas en cubiertas, de novelistas compitiendo con las misses. No vi Lecturas, pero sí la mentada revista de crítica libresca. Honduras del alma junto a la piel de los cuerpos. De medicina interna, o de psiquiatría o cardiología, campos todos que lindan con lo literario, es de lo que parecía ser el doctor, y no de manchitas o verrugas.

Fue larga la espera; es decir, deleitosa: leí de Luis Rosales y Miguel Hernández, de Caballero Bonald, incluso una reseña de mi Poesía completa de Shakespeare.

Somos seres humanos, proclives a la enfermedad, al decaimiento. Por ello, qué mejor que ser tratados por un médico humanista. Como el Dr. Yebra, el nada analfabeto médico de la Alfalfa. Y con esto llegamos, ya, a la Omegaomega de este artículo.