lunes, 30 de agosto de 2010

San Telmo




La cuarta columna que publico en El Mundo de Sevilla, aparecida este pasado sábado. La colaboración era sólo para el mes de agosto, así que no habrá "quinta columna".

COLUMNA DE HÉRCULES

SAN TELMO

No me refiero al palacio homónimo de los Montpensier, ese hermoso edificio hoy con su postiza y horrenda pista de aterrizaje al frente, sustituto de la Casa Rosa y sede del presidente regional. Ni a una vinería de idéntico nombre de la Puerta de la Carne. Hoy quiero pasear por el barrio homónimo de la capital de la República Argentina, que tiene una Casa Rosada con más mando en plaza y que es, huelga decirlo, no sólo una avenida que desemboca en la Plaza de Cuba.

Buscando el fresco, marché al verano austral, y bajo la sombra tutelar de Jorge Luis Borges me adentré en patios con aljibes y jazmines, fijados para siempre en un mapa literario. Lugares con un dejo andaluz que allí, en el Mar del Plata, me recordaban a otros de aquí.

Borges vino por primera vez a Sevilla en 1919, y se quedó en la ciudad una temporada. En la capital hispalense, donde se codeó con los ultraístas, publicó su primer poema, “Himno del mar”, en la revista Grecia que dirigía Isaac del Vando Villar. Y aquí signó su admiración por Rafael Cansinos Assens, que habría de durarle de por vida. El hotel en que paraban Borges y su hermana Norah, quien causó furor entre los jóvenes literatos locales, era el Cécil, en la Plaza de San Fernando. Ahora, en Santa Clara se alojarán las cartas que el argentino dirigió a su maestro, gracias al acuerdo entre el Ayuntamiento y la fundación dedicada a Cansinos.

Volvió el autor de El Aleph a Sevilla en 1983, en memorable simposio de la Menéndez Pelayo en Los Venerables. Luego, la amada y amantísima María Kodama ha vuelto en dos ocasiones a Sevilla (con una extensión a Tomares) para hablar de él. Todo esto recordaba yo en el pequeño y recién inaugurado Museo Borges en el 1660 de la calle Anchorena, en el barrio de Recoleta, en Buenos Aires, no lejos de la calle Sevilla.

También en la ciudad porteña me crucé con la sombra de Cernuda, ese admirador de Gardel, de cuyo tango “Adiós muchachos” toma prestado en Desolación de la Quimera. Allí, a punto de cumplir los cien años, vive quien fuera compañero suyo en el Emmanuel College de Cambridge a principios de los años cuarenta. Ambos derramaron su admiración por el gran plátano de Indias que enraizó en el hermoso poema “El árbol” (“dosel donde una sombra edénica subsiste”).

No hay nada como viajar para atravesar puentes. El 23 de abril de 1974 Sevilla declaraba a Buenos Aires “ciudad hermana”. La Literatura ayuda a emparentar. Y también la Historia. Sevillano fue el primer obispo de la ciudad, entonces llamada Santa María del Buen Ayre: ése que el clima regala al viajero que allí llega en agosto huyendo del calor.

2 comentarios:

Juan Antonio Millón dijo...

Extraordinaria columna, Antonio, qué maravilla, en esa "macedonia", estas cerezas ensartadas de forma intricada por sus umbelas: Borges, Cernuda, Cansinos-Assens... qué bien traídas las asociaciones. He disfrutado.
Un abrazo desde el túmulo del compañero de Hércules, Zacinto, muerto en estos lares por la mordedura de una serpiente, según nos cuenta Silio Itálico.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Pues yo encantado de que te guste, Juan Antonio. Y qué buena la fraternidad de las columnas.