domingo, 3 de octubre de 2010

Con Samuel Johnson






Va uno traduciendo a trompicones, como en accidentado viaje por pedregosos campos, el viaje que Samuel Johnson rindió al norte escocés en compañía de James Boswell. Así parte la diligencia en la que los tres (yo de paquete) nos echamos al camino de la vieja Alba:

Había deseado visitar las Hébridas, o Islas Occidentales de Escocia, durante tanto tiempo que apenas si recuerdo cómo se suscitó originalmente el deseo; y fue en el otoño del año 1773 cuando al encontrar en el señor Boswell un acompañante, cuya agudeza ayudaría a mis pesquisas, y cuya alegre conversación y cumplidas maneras son suficientes para contrarrestar las incomodidades del viaje, me indujo a emprender el viaje por países menos hospitalarios que por los que hemos pasado hasta hoy.

El dieciocho de agosto abandonamos Edimburgo, una ciudad demasiado conocida como para que admita descripción, y dirigimos nuestros pasos hacia el norte, a lo largo de la costa oriental de Escocia, acompañados el primer día por otro caballero, que sólo pudo permanecer con nosotros el tiempo suficiente para mostrarnos cuánto perdimos al separarnos de él.

Mientras cruzábamos el Estuario del Forth, nuestra curiosidad se vio atraída por Inch Keith, una pequeña isla que ninguno de mis acompañantes había visitado nunca, aunque, extendida ante su vista, durante todas sus vidas les había reclamado su atención. Aquí, trepando con alguna dificultad por peñascos rotos en pedazos, tuvimos la primera experimentación de costas poco frecuentadas. Inch Keith no es más que una roca cubierta por una fina capa de tierra, no totalmente desprovista de hierba, y muy abundante en cardos. Una pequeña manada de vacas pasta anualmente en ella durante el verano. Parece que nunca ha permitido un asentamiento permanente de hombre o bestia.

Sólo hallamos las ruinas de un pequeño fuerte, no tan dañado por el tiempo que no pudiera ser fácilmente devuelto a su antiguo estado. No parece que nunca haya sido su propósito el de ser un baluarte, ni fue construido para aguantar un asedio, sino simplemente para dar techo a unos cuantos soldados, que quizá estuvieran al cuidado de una batería, o estaban apostados para dar señales de un peligro que llegara. No hay, por tanto, suministro de agua entre sus muros, aunque la fuente está tan cerca que fácilmente podría haber sido encerrada en ellos. Una de las piedras tenía esta inscripción: MARIA REG. 1564. Probablemente ha estado abandonado desde el momento en que la isla entera tuvo el mismo rey.

Abandonamos esta islita con nuestros pensamientos ocupados un tiempo en el distinto aspecto que podría haber tenido si hubiese estado situada a la misma distancia de Londres, con la misma facilidad de acercamiento; con qué rivalidad de precio unos pocos acres rocosos podrían haber sido adquiridos, y con qué costosa industria habrían sido cultivados y embellecidos.

Cuando tomamos tierra hallamos que nuestro tílburi estaba preparado, y atravesamos Kinghorn, Kirkaldy y Cowpar, lugares no diferentes de las pequeñas y desperdigadas villas con mercado en aquellas partes de Inglaterra donde el comercio y las manufacturas aún no han producido opulencia.

(...)


4 comentarios:

José María JURADO dijo...

Vas en buena compañía, sólo le fata la música:

http://www.youtube.com/watch?v=ppSltnovSiM&feature=related

autor dijo...

Pues sí este es el principio de viaje, ahbrá que aguardar las siguientes etapas con ese buen sabor de boca.

Un abrazo.
Elías

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias, José María, por esa cueva de Fingal, de ossiánicos ecos. Oye, me tienes que mandar ese poema sobre Yeats que leíste en la tertulia.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Hay sitio en el carruaje, Elías. Vámonos que nos vamos.