domingo, 14 de noviembre de 2010

Cui-Ping-Sing



Esta semana, El Cultural se abría con un artículo de Luis María Anson sobre una de las más delicadas delicias de Agustín de Foxá, la chinería Cui-Pin-Sing. Páginas adelante, Luis Antonio de Villena reseñaba la selección de la obra del autor publicada por la Fundación Banco Santander, en la que se incluye completo este "drama poético en verso, en tres actos, divididos en ocho cuadros".
Cuando llegaba el suplemento cultural a casa, sobre mi mesa de estudio reposaba desde hacía sólo horas -breve descanso hasta leerlo de un tirón- un ejemplar de la primera edición del libro, aparecida allá por 1940. Procede de la biblioteca de un familiar de mi mujer, recientemente fallecido.
Cui-Ping-Sing es una muy hermosa historia de amor, que recuerda a Tristán e Isolda pero con los ojos rasgados, si no cegados del todo por la pasión. Así habla Hoang de su amada:

Las otras son mujeres,
pero ella es el amor.
Las otras pasan,
miran y besan; son lagos azules
en cuya orilla se refleja el alma.
Pero ella es lago
que no refleja, ahoga.

Toda la obra está transida de un lirismo como de porcelana, lleno de matices como los tés mejores, y un poco de pega sin embargo, como el vulgar que se hacía pasar por scotch en labios de señoritas en lugares de reputación dudosa que Foxá frecuentó sin duda ("dime que me quieres, aunque sea mentira", Johnny Guitar). En la edición que ahora enriquece mi biblioteca, viene acompañada de unas ilustraciones a todo color de Teodoro Delgado que, hermosas como son, sólo sirven para subrayar la narración de las escenas, pero el aroma, la melancolía se escapa y sólo habita, y con qué tristeza declinante, en el verso.
Es la historia de un amor imposible, Cui-Ping-Sing; es decir, de un amor verdadero, que aguarda desde siempre a consumarse. Foxá, nostálgico de la monarquía, acude aquí al imperio chino, tras haber sido diplomático en las ruinas del austrohúngaro. En su apropiación de lo oriental, tan fina, me recuerda a páginas de alguien que es su antípodas en lo ideológico, el escocés Alasdair Gray.
Con el cuento "Viaje a los efímeros" y algunos artículos y otros poemas, es éste uno de los más hermosos textos de Agustín, Conde de Foxá. Es teatro en verso, lírica ordenada en cuadros y con dramatis personae. Dice de nuevo Hoang:

Sé que el dolor existe y que es el huésped
en la casa del hombre.


4 comentarios:

enrique baltanás dijo...

Gran obra ésta. Lástima que ni se represente ni se la conozca.

Alfaraz dijo...

Y además Antonio, un aviso a tus lectores en Madrid (que deben ser miles) e interesados en Foxá (varios centenares): esta tarde en Castellana 24 presentación de ésta última antología. L.A. de Cuenca, Trapiello, Jordi Amat y Javier Aguado.



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Antonio Rivero Taravillo dijo...

Lástima, sí, Enrique. Y gracias por el aviso, Alfaraz, con su nota de humor. Jordi Amat -no lo dije, y ahora lo reparo- es el responsable de la edición que se presenta.

Mery dijo...

Digo como Enrique, porque en general, a Foxá se le tiene arrinconado muy injustamente.

Y otra lástima es que no haya yo leído el comentario de Alfaraz antes. En fin.
Un abrazo