miércoles 30 de junio de 2010
Cómo se consiguió una joya
martes 29 de junio de 2010
Bellísima
lunes 28 de junio de 2010
domingo 27 de junio de 2010
Addenda et corrigenda
sábado 26 de junio de 2010
Yeats en Babelia

Oh, soltad las trompetas estridentes,
aunque ebrios de banderas que flamean
por cima de murallas y de torres,
y del fuerte agitar de vuestras alas.
O! Lay the shrilly trumpet down,
Though drunken with the flags that sway
Over the ramparts and the towers,
And with the waving of your wings.
Me pregunto si una crítica que comienza marrando de ese modo puede ser tenida en cuenta. Y sin embargo, el crítico dice algunas cosas acertadas sobre Yeats, y tiene palabras elogiosas que se elevan sobre la cizaña ("por cima de" la ciñaza, si prefiere) acerca de mi traducción. Si alguien deseara comparar ésta con la de algunos poemas de Yeats que hizo el crítico hace unos años, yo quedaría muy honrado.
La Isla de Siltolá

jueves 24 de junio de 2010
Yeats llega a las librerías

martes 22 de junio de 2010
El Diccionario de símbolos de Jesús Aguado

lunes 21 de junio de 2010
domingo 20 de junio de 2010
Shakespeare escribe en español

sábado 19 de junio de 2010
viernes 18 de junio de 2010
Clarín, 87
jueves 17 de junio de 2010
Crónica del Bloomsday en Sevilla
Se celebró el Bloomsday por vez primera en Sevilla el año 2000. Es decir, hoy estamos festejando el día de Bloom, la jornada en que se desarrolla Ulises, 106 años después de la acción de la novela y pasados diez desde del primer eco de ese día en Sevilla.
miércoles 16 de junio de 2010
La Poesía Reunida de William Butler Yeats

martes 15 de junio de 2010
Que llega el Bloomsday

lunes 14 de junio de 2010
Entrevista en "El Mundo"
domingo 13 de junio de 2010
Darío, cuentista

sábado 12 de junio de 2010
viernes 11 de junio de 2010
La fuente de la Odisea

LA FUENTE DE LA ODISEA
Sucedió a mediados de 2010, un 16 de junio. El poeta hiberno-helénico Homero, seudónimo de Seán Patrick O’Meara, fue uno de los muchos que padecieron en primera persona los recortes en asistencia social a los que abocó la crisis económica en Grecia y, congelada su magra pensión de publicista, no tuvo más remedio que volver a escribir. Dada su ceguera, emprendió la reelaboración, esta vez de memoria y en verso, ese alado aliado de la mnemotecnia, de una larga narración que recordaba haber leído en su juventud. Su autor, el irlandés James Joyce, pertenecía, como aquél en que menguaba su jubilación, al grupo de países conocidos como PIGS, acrónimo inglés de los más perjudicados por la debacle: Portugal, Irlanda, Grecia y España. Ello le llevó a introducir como guiño un capítulo en que los compañeros del protagonista eran convertidos en cerdos, lo que no deja de ser una gamberrada y un irreverente guiño, pues es sabido que Leopold Bloom, modelo de su personaje, pertenece a la raza hebraica, para la cual el porcino es un animal impuro. Algún exégeta ha escrito que haciendo esto Homero, gran posmodernista, quería significar el carácter efectivamente impuro, híbrido, de su obra. No se ha dicho nunca hasta ahora, sin embargo, que también lo hizo como homenaje a los gorrinos que aparecen, confundidos con humanos, en La boca pobre, novela de uno de los celebrantes del primer Bloomsday en 1954: Flann O’Brien
Si Joyce narra un día en la vida de un hombre que recorre Dublín, Homero adaptó la trama y la llevó al Mar Egeo, y ambientó su recreación en Ítaca, esa isla que comparte nombre con el de la localidad del estado de Nueva York donde enseñó Nabokov, en uno de cuyos tribunales el libro joyceano fue prohibido por inmoral en 1922. Al protagonista, Leopold, lo convirtió en Odiseo; a Molly en Penélope; a Stephen en Telémaco.
La crisis era tan profunda en Grecia que O’Meara apenas obtuvo rédito económico de su obra, y sólo una relativa gloria, más basada en el prestigio que en la lectura. Como por otra parte había sucedido siempre, ay, con su medio paisano Joyce.
jueves 10 de junio de 2010
Recuerdo de Luis Rosales
miércoles 9 de junio de 2010
No es exactamente como yo la recuerdo
Skrýtinn er sumar í vetur. A mildur veturinn endalaus dagar á köldu hrauni og ís ásættanlegt Íslandi í ágúst að mikill hrösunar strandaði í norðri, Grænlandi, sennilega hét sem "Graen Landi" eftir Erik til að laða ógætinn.
Ísland er land stærðum korni og hár á stúlkum þeirra, land sögur af þeim sögum sem blómstra í þrettánda öld og tala um ættartölur og sverð, hetjur og útilegumenn frjálsa menn sem voru fyrstu Evrópuþingsins í idyllic dalnum með öskrandi hvera.
There ert margir sögur, ekki sjaldan þýddar á spænsku. Njáls kannski umfangsmesta, að einn myndi leggja til að slá inn með því að skrifa sem ekki vita latínu og vildi með því móti í umsókn þeirra, gleði allir nemendur rómverskum lögum. Þau eru síðan Eddas, meiriháttar og minniháttar söfn Old Norse skáldskap og goðafræði fullt af flóknum eyðublöðum húfur.
Grænland er sorglegt því það er sárt að ferðast Sully hvíta þess að brjóta hörku þeirra, gerð wearily frumbyggjum keppa sín, þessir tæma Eskimos. Útsýni frá flugvélinni, koddi er Boreal drauma og ævintýrum.
Isle of kallar landslag, Roman talaði um Ísland eins og Ultima Thule. Goethe gert Ballad um ímyndaða konungur hans gaf honum nokkur stanzas Longfellow; Vicente Gaos og bók um ljóð sem heitir, eins og sjálfan sig, lítið þekkt. álfa hans og tröll, sem unpronounceable nafndag og umlauts byggja The Lord of The Rings.
martes 8 de junio de 2010
Urbi et Orbi (y V)

Como se ha dicho más arriba, García Tortosa organizó hace años un Congreso Internacional sobre Joyce en Sevilla, al que asistieron especialistas de todo el mundo y traductores de Ulises no sólo al japonés o al coreano, sino también, bajo la forma de exégetas, al inglés: profesores que se aplican a la ímproba tarea de hacer que sea entendido fuera de su ciudad. No en vano Flann O’Brien, escribió: “Sólo un Paddy (léase castizo) de Dublín podría alcanzar a entender más de un diez por ciento de su significado”.
¿Más coincidencias? El cante jondo no está muy lejos del sean nós gaélico, esa música tradicional y primitiva que brota de torturados hontanares, y las tabernas de allí no quedan lejos de las de estos pagos, aunque allí se liquidara el alcohol en peniques y aquí en pesetas (ambas monedas, ya, dos arqueologías numismáticas). Por otra parte, el grupo de música más intrínseca y tautológicamente dublinés, The Dubliners, que comparte apelación con un libro de Joyce y tiene en su repertorio la canción “Finnegans Wake”, dista tanto de la verdadera música tradicional irlandesa, para puristas, como los Cantores de Híspalis del flamenco. Uno de los vocalistas del grupo, Ronnie Drew, que nació en Glasthule, junto a Sandycove, el Forty Foot, y la famosa torre Martello, el omphalos del que habla Buck Mulligan en el capítulo inaugural del libro, fue profesor de inglés en Sevilla hace ya muchos, muchos años, donde aprendió a tocar la guitarra flamenca. Curiosamente, la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco está hoy en una de las esquinas de esa encrucijada que componen el Instituto Británico donde enseñó Drew y la Calle del Aire de Cernuda, en un extremo de la calle Fabiola, que toma su nombre de la célebre novela del Cardenal Wiseman. Y en la denominada Casa Fabiola, en esta calle, tiene precisamente su sede la Fundación José Manuel Lara, editora de este volumen sobre Joyce y Ulises. Volviendo a la calle del Aire, en ella se han abierto recientemente unos baños árabes. ¿Un guiño al relato “Arabia”, de Dublineses, o más bien a los baños turcos que Bloom visita al final del capítulo 5, “Los lotófagos”? ¿Quizá se trate, por lo de calle del Aire, de un homenaje velado al capítulo, 7, “Eolo”? Sin duda, este lugar habrá de ser incorporado, como una estación más, al peregrinar sevillano de Bloomsday en años venideros.
Otro músico de prestigio internacional como Bill Whelan, creador del espectáculo Riverdance, compuso en 1992 la Seville Suite cuando la Expo, gracias a los buenos oficios de Denis Rafter, comisario del pabellón irlandés, trajo a la ciudad gaiteros y violinistas y fue por un día, más que Boston o Nueva York, capital de la música irlandesa fuera de la isla. Como el tiempo celta propende a la circularidad, Denis Rafter volvió el año pasado a Sevilla para dirigir el espectáculo Viaje a Ítaca, basado en el monólogo de Molly Bloom. Y una bailaora sevillana, María Pagés, saltó a la fama y los escenarios del mundo precisamente gracias a Riverdance, donde se mezclaban zapateados de inspiración gaélica y flamenca.
En cuanto a las carreras de caballos irlandesas, ese espectáculo inenarrable (véase El hombre tranquilo), nacen del mismo amor que aquí se profesa a los nobles brutos en ferias y romerías; y la tauromaquia nuestra no es más que la fosilización de unas tradiciones en las que el culto al toro era común no sólo a los pueblos mediterráneos: la ya mentada Táin tiene su origen en la disputa por unos toros, no sé si de ojos verdes irlandeses como en un sueño de Fernando Villalón. Dicho de forma simple, el héroe Cú Chulainn muere en realidad por un pique, un enfrentamiento entre ganaderos, como el que podría suscitarse en un casino de pueblo.
Luego está la conexión circular entre Joyce, el tuerto, y Cervantes, el manco, los dos grandes maestros de la novela (creador uno, destructor el otro) y padres de notorios antihéroes. Se ha dicho que Cervantes estudió con los jesuitas en Sevilla (Joyce lo hizo en los también colegios jesuitas de Clongowes y Belvedere), y en esta ciudad ostentó un cargo relacionado con la intendencia de la Armada Invencible, que, náufraga frente a las costas de Irlanda, tan indeleble huella ha dejado en el imaginario hibérnico.
Cervantes (parece que judío, como Bloom) salió de Sevilla en 1604 con la primera parte del Quijote terminada. Exactamente, trescientos años antes del día en que sucede Ulises. Las grandes plumas de Dublín siempre han emigrado lejos, huyendo de la parálisis cerebral del país, diagnosticada por Joyce, y no algo diferente hicieron aquí, como Cervantes, muchos de los mejores: Blanco White, Bécquer, Cernuda... Algunos de los escritores sevillanos actuales (Eduardo Jordá, Julio M. de la Rosa, Emilio Durán, Juan Antonio Maesso, por citar sólo a algunos) se reunieron años pasados sobre la azotea de la Casa de la Provincia, al final de una empinada escalera, como si de una torre Martello se tratara, para celebrar la gran fiesta de Ulises. Introibo ad altare Dei, como empieza la gran obra de Joyce, dicho al pie de esa otra torre catedralicia, la Giralda, parecía muy procedente y simbólico. Cómo omitir aquí que, en la Edad Media, un escritor que atendía al nombre de Giraldus Cambrensis escribió un libro repleto de noticias interesantes y sabrosas sobre la verde Erín: Topographia hibernica. Pero volvamos a la Giralda y a aquella noche joyceana. A un tiro de piedra quedaba la Judería, un barrio en el que no se sentirían extraños los genes del señor Bloom y donde en la calle Levíes hoy se acomoda la recién creada Dirección General del Libro de la Junta de Andalucía. El Libro, Ulises, la biblia de los joyceanos...
Pero estábamos junto a la Giralda. Justo al pie de la azotea, un convento de clausura de no recuerdo qué congregación (las Irlandesas quedan más lejos, allá por Bami, y subiendo a Castilleja de la Cuesta). Javier Salvago, que es de Paradas, y no de Skerries o Dalkey, cerró el acto leyendo su largo poema “Ulises”, que habla de un hombre que regresa a su casa tras una agotadora jornada. ¿Les suena?
Esta pasión de Sevilla, o mejor, de un grupo de sevillanos por Joyce ha tenido reflejo, como se dijo, en las celebraciones anuales del Bloomsday desde al año 2000. Todo comenzó como una ocurrencia de de Juan Antonio Maesso, secundado por la Diputación, y a las lecturas y cuchipandas regadas con cerveza negra en el pub Flaherty se añadieron, cuando se cumplían cien años de aquel dieciséis de junio, una representación teatral, debates, y una serie de lecturas en torres de la ciudad, como torres Martello trasterradas: la azotea de Casa del Libro, el pie de la Torre del Oro, la barbacana de la Torre de la Plata… Camino de la Torre del Oro, la comitiva de joyceanos locales o locuelos joyceanos se adentró por el barrio de El Arenal, otro homenaje a los nombres de los parajes dublineses de Sandycove y Sandymount, e hizo parada en la homónima Freiduría del Arenal, fundada –¿adivinan la fecha?– en 1904, el mismo año que Cruzcampo, la fábrica de cervezas que andando el tiempo sería propiedad de Guinness.
Y al llegar el otoño de ese 2004, el Sevilla Festival de Cine, gracias a la sensibilidad de su muy leído director, Manuel Grosso, dedicó una sección al autor de Ulises. Además de una exposición sobre el escritor irlandés en la Biblioteca Infanta Elena, el ciclo Cinemajoyce permitió ver adaptaciones al celuloide de la obra de Joyce y documentales sobre él y el Bloomsday (incluido el largometraje de Joseph Strick, al que en su día Álvaro Cunqueiro calificó, suponemos que de oídas, como “unha mediocre película”). Y lo que es más, trajo a Sevilla al realizador Sean Walsh, en cuya película, estrenada para la ocasión en nuestro país, Bloom es encarnado por un Stephen Rea que borda el personaje. Como una epifanía joyceana, a Walsh lo encontramos Maesso y el que esto escribe, cuando tomábamos unas pintas en el mentado pub de la calle Alemanes, que algún día habrá que rebautizar como Irlandeses. La mesa redonda de la tarde la preparamos en la longuilínea barra matutina. ¿Quién puede asegurar que durante un par de horas aquel bar no fue el Davy Byrne’s, o el Palace, en la capital de Irlanda?
Ni Trieste, ni Zurich, ni París… A fin de cuentas, piensa uno, esta artificiosa aunque justificada comparación de Sevilla con Dublín no es más forzada que la de Molly Bloom con Penélope, la de las camareras del Ormond con las sirenas, o la de Stephen Dedalus con Telémaco. Si algo nos enseña este libro inagotable, Ulises, es el triunfo sin tasa de la imaginación y la literatura por encima de las distancias, las lenguas y las épocas.
domingo 6 de junio de 2010
Urbi et Orbi (IV)

Sevilla aparece, así tal cual en español (no con la forma anglosajona Seville), en el Libro 2, capítulo 1 de Finnegans Wake, y, naturalizada, está presente en el callejero dublinés: Seville Place, al norte del Liffey, de donde toman su título las memorias de infancia y juventud de Peter Sheridan (hermano de Niall, el cineasta): 44, Seville Place, recientemente publicadas también en español. Naturalmente, Seville Place toma su nombre de Sevilla, o más concretamente de la toma de Sevilla por el ejército británico en lo que los anglosajones llaman Guerra Peninsular, en 1812. A esta guerra nosotros la conocemos como Guerra de Independencia, que libramos contra Napoleón. Contra Napoleón fueron también levantadas las torres Martello, unas fortificaciones desparramadas por el litoral de Inglaterra e Irlanda, la más famosa de las cuales es hoy, gracias a Joyce, la de Sandycove, al sur de Dublín, donde principia Ulises (esta torre es protagonista mudo, junto con la playa del Forty Foot, de la excelente novela At Swim, Two Boys, de Jamie O’Neill, que homenajea por igual a Joyce y a Flann O’Brien, y que ha sido, cómo no, traducida al español por un sevillano).
Seville Place es una calle importante del norte de la capital dublinesa, y en ella está la iglesia de San Lorenzo O’Toole, donde en 1910 se fundó una banda de música, no exactamente procesional como la que uno esperaría oír en la sevillana Plaza de San Lorenzo en la que radica el templo del Gran Poder, a escasos metros de donde estuvo el desaparecido Colegio de los Irlandeses. En aquella reunión fundacional estuvieron presentes destacadísimos participantes en el Levantamiento de Pascua de 1916: Pádraig Pearse (pedagogo visionario, poeta y narrador), Thomas Clarke, Sean McDermott, Arthur Griffith, Douglas Hyde (que llegaría a ser el primer Presidente de Irlanda), y Seán O’Casey, ahí es nada. La banda participó en los diferentes avatares de la convulsa historia irlandesa del primer cuarto del siglo XX: la Huelga General de 1913, el Levantamiento de Pascua de 1916, la Guerra Civil... Incluso llegó a tocar en los funerales de no pocos dirigentes nacionalistas, entre los que destaca Michael Collins.
Si Sevilla tiene un sitio en Dublín, desde hace más de veinte años Dublín, o al menos el Dublín de Joyce, no ha dejado de estar presente en la vida cultural de Sevilla. El catedrático Francisco García Tortosa ha transmitido su entusiasmo a sucesivas promociones de estudiantes, no pocos de ellos luego profesores, que han producido un puñado de tesis doctorales y algunos libros publicados por la Universidad de Sevilla (y no sólo sobre Ulises; también sobre Finnegans Wake). En marzo de 1982 se celebró en Sevilla un Simposio Internacional en el centenario del nacimiento de James Joyce, al que asistió Richard Ellmann, y en 1994 se celebró igualmente en la ciudad el decimocuarto Simposio Internacional James Joyce. Coincidiendo con él, el Teatro de la Maestranza acogió un concierto titulado “James Joyce y la música”. Además, en 1990 se fundó, cómo no, en Sevilla, la Spanish James Joyce Society.
El último homenaje de Tortosa a Joyce, tras dar a la imprenta una recreación del capitulo de Finnegans Wake “Anna Livia Plurabelle” vertida por él mismo, Ricardo Navarrete y José María Tejedor, ha sido la nueva traducción de la gran obra ambientada en un único día, un día único, de junio de 1904. Al destino, caprichoso urdidor de enredos, le gustan los paralelismos y los ecos: como el libro publicado en 1922, la edición de Tortosa también fue, nada más salir, un tiempo secuestrada por el celo perseguidor de la Justicia (en este caso instigada por un quisquilloso nieto de Joyce). En su traducción, Tortosa contó con la colaboración de María Luisa Venegas, profesora de la universidad hispalense. Otra paisana, María Ángeles Conde, le ha enmendado la plana nada más y nada menos que a Dámaso Alonso y su traducción del Retrato del artista adolescente (que al menos, como título, suena bien, muy bien, porque es un perfecto endecasílabo). Conde no logra publicar su propia traducción porque el prestigio de la otra pesa mucho. Alonso, como se recordará, fue autor en nuestra posguerra de un libro tan virulentamente irlandés como Hijos de la IRA.
Dámaso Alonso formó también parte de ese grupo de poetas que en diciembre de 1927 rindió homenaje en el Ateneo sevillano a Góngora. Pocas semanas antes pasó por la ciudad el más grande poeta irlandés de esa y tal vez toda época: William Butler Yeats. Yeats, aquejado de un mal pulmonar, y procedente de Algeciras (ciudad que aparece citada en la postrer página de Ulises), se quedó unos días en Sevilla. Pero el hotel era gélido y, sin calefacción, el poeta empeoró, llegando en sus alucinaciones a creer que, en vez de en Sevilla, estaba en Siena. De aquellos poetas del veintisiete, Cernuda, a quien uno querría imaginar en un encuentro con Yeats por las calles de la ciudad, llegaría a ocuparse años más tarde de él, en ensayos y alguna traducción.
(Continuará)
sábado 5 de junio de 2010
Una conversación telefónica

viernes 4 de junio de 2010
Urbi et Orbi (III)

Pero dejemos al alemán, al catalán, al argentino. El dublinés puente de O’Connell (transmutado en la sevillana calle O’Donnell) nos lleva por San Pablo y Reyes Católicos a Triana, que es en su mismo nombre un legado céltico que perdura a través de los siglos (la etimología Trí Abhann, “Entre ríos”, define la geografía primitiva de este barrio extramuros). El Guadalquivir, cómo no, es el Liffey, partiendo en dos la ciudad. En Finnegans Wake, James Aloysius Joyce deforma el nombre y lo hace ser Gaudyquivery, algo así como “llamativo y trémulo.” Efectivamente, el río de Sevilla, Río Grande en árabe –qué hermoso homenaje a la filmografía del irlandés John Ford, de verdadero nombre Seán Aloysius (como Joyce) O’Fearna–, se muestra así, tembloroso y chillón, cuando espejean en él las luces de los neones del restaurante homónimo y las de anuncios de, si no me falla la memoria, Tío Pepe o, mejor, más irlandesamente, Fino San Patricio (la palabra “fino” siempre me recuerda no sólo al héroe Finn Mac Cool, sino también a la palabra gaélica fíon, vino).
Por las mismas fechas de la famosa expedición vikinga que remontó el río de Sevilla, cuando los habitantes de entonces se retiraron al Aljarafe y los escandinavos estuvieron de parranda, borrachos durante tres días antes de irse con su música bárbara a otra parte, los hombres del norte fundaron, allí para quedarse y mezclarse con los nativos, la ciudad de Dublín. Como Triana, la capital de Irlanda también conserva su nombre acuático y céltico: Dubh linn (“Laguna negra”), que no hay que confundir, aunque casi lo refleje, con leann dubh (“cerveza negra”), el líquido que de verdad la ha hecho famosa bajo la ya universalmente ubicua advocación de Guinness.
Y yendo más atrás, aún antes de árabes huidizos y empujadores vikingos, los celtas de Irlanda alumbraron su Alta Edad Media con el faro de las Etimologías del visigodo Isidoro de Sevilla. Cumbre de la sabiduría de la época, un manuscrito de ellas, tan apreciadas eran, fue canjeado por otro, en la actualidad perdido, de la epopeya nacional Táin Bó Cuailnge, esa que trasvasó bajo una pátina posromántica Lady Gregory, de tanta influencia en Yeats. Hoy resulta difícil exagerar la importancia que el santo hispalense tuvo para la transmisión del saber antiguo, pero no es posible abrir un libro sobre la literatura y la historia irlandesas entre los siglos VII y XI sin que salga a bendecirnos su nombre. La iconografía lo pinta de guisa apenas distinguible de la muy venerable también de San Patricio, el patrón de Irlanda.
Con la huida de los nobles católicos conocida como The Flight of the Earls, a principios del siglo XVII, se intensificó la relación entre ambos países, España e Irlanda. Bajo la terrible persecución alentada por Cromwell se encuentran episodios como la matanza del padre John Murphy (que se preparó como sacerdote en la actual Casa de la Santa Caridad, de Sevilla, entonces seminario), a quien se descuartiza, ofreciéndose los trozos de su carne a un vecino católico “para que los comiera”. Un monumento conmemorativo se halla en la actualidad en las cercanías de Westford, lugar de su martirio. En Sevilla existió en los siglos XVII y XVIII un Colegio de los Irlandeses, en el que se prepararon para ser misioneros numerosos jóvenes irlandeses. Este Colegio se fundó en 1611, en lo que hoy es la calle de Jesús del Gran Poder. Cinco años después, el Colegio “cayó” en poder de los jesuitas. Del Colegio de Santo Tomás fue rector Dominic Lynch, un fraile dominico de Galway, la patria chica de Nora Barnacle. El profesor Martin Murphy ha escrito que “antes de tomar posesión de este puesto un dominico de su convento tuvo que ir desde Sevilla a Galway para consultar su genealogía y comprobar su limpieza de sangre”.
Y en Sevilla, también, nació Nicolás Wiseman, primer cardenal arzobispo de Westminster, hijo de James Wiseman y Mariana O’Donoghue (ah, este apellido que evoca irremediablemente el del célebre pub de Baggot Street, donde empezaron a tocar The Dubliners, y que da título a una joya del repertorio último de Planxty, aún no grabada en disco y que causó furor entre el público de sus recientes conciertos en el Barbican Centre de Londres).
(Continuará)
jueves 3 de junio de 2010
La escoria de la sociedad
miércoles 2 de junio de 2010
Urbi et Orbi (II)

Trasladémonos ahora a la otra punta del norte peninsular. Son conocidos los lazos de diversa índole entre Galicia e Irlanda (Breogán, los poemas de inspiración ossiánica de Pondal, la música), y no nos vamos a extender sobre ellos. Por lo que aquí respecta, en la revista Nós, de 1920 a 1935, Irlanda es un continuo referente, y Joyce, para los literatos, una referencia inexcusable. Así se ve la atención que le dispensan Vicente Risco o Ramón Otero Pedrayo, que tradujo fragmentos de Ulises al gallego antes de que alguien se tomara la molestia de traducirlo al español (o al catalán). Risco es autor de un relato “Dedalus en Compostela” (1929); la misma ciudad del apóstol es eco de Dublín, del Dublín de Joyce, en Devalar, novela que Otero Pedrayo publicó en 1935. Autores posteriores, como Manuel Rivas o Suso de Toro no tienen rebozo en reconocer el influjo del dublinés. Por su parte, Darío Villanueva ha puesto muy detallada y convincentemente en relación a Valle-Inclán con Joyce, y “percibida esta completa gama de concomitancias vitales y estéticas ya no nos puede resultar tan increíble el milagro de la intensa hermandad que existe entre Ulises y Luces de bohemia”. ¿Y quién puede negar las concomitancias entre Gonzalo Torrente Ballester, y especialmente La saga/fuga de J.B., con Joyce y Ulises?
Pero ni Trieste, ni Zurich, ni París. Tampoco Barcelona o Santiago. La verdadera ciudad joyceana fuera de la isla de Irlanda está mucho más al sur, a unos doscientos kilómetros del Gibraltar de Molly. Y es que son tantas las cosas que comparten Sevilla y Dublín que enumerarlas todas requeriría, por lo menos, la extensión de uno de los capítulos más largos del Ulises. Por citar algunas, de momento, y ya que ha salido el héroe griego a la palestra, se puede afirmar que éste, o al menos su nombre latino retomado por James Joyce, tiene en el Dublín de hoy (no así en el de hace unas décadas) la importancia que el romano Hércules tuvo un día en Híspalis, donde quedan enhiestas sus ciclópeas columnas. Por su parte, la de Nelson en Dublín, que estaba al pie del O’Connell Bridge y fue obra del mismo arquitecto que hizo la famosa oficina central de correos, la GPO, fue volada por los republicanos hace ese mismo número de décadas como respuesta al invasor inglés que aún sienta sus reales –sus forces of the Crown en las baladas de rebeldes irlandesas– junto a esas otras columnas de Hércules del estrecho de Gibraltar y su Calle Real, de donde, sí era, sí, Molly Bloom, sí. ¿Y quien puede negar que el lugar donde estas columnas sevillanas se alzan, la Alameda, sería la Nighttown de Joyce, hasta ayer mismo lugar de mal vivir y mancebías abiertas a la noche?
En ese capítulo sobre la ciudad nocturna, Joyce hace a Bloom chapurrear un español de pena, en el que no sólo están mal acentos y signos de puntuación sino también la concordancia, un tanto ebria: Buenos noches, señorita Blanca, que calle es esta? Lo cual ya quedó denunciado por Flann O’Brien, alias Myles na Gopaleen, en su artículo del Bloomsday de 1954, quien no benévolamente señaló que todos los usos que hace Joyce de lenguas extranjeras, ay, tienen errores. ¿Pero quién no los comete? Borges llegó a escribir el nombre de Nora, la mujer de Joyce como Norah, tal vez pensando en su propia hermana. Y cuando habla de Liam O’Flaherty, natural de Inis Mór, en las Islas Aran, dice, pensando en el documental de Robert Flaherty Men of Aran, que aquél es “un hombre de Arran” (ésta es isla de Escocia, no de Irlanda). El mismo error, pero en sentido inverso, cometió el poeta y benemérito traductor Marià Manent, quien en su antología La poesía irlandesa titula un poema “La isla de Aran”, cuando en realidad éste se refiere a la de Arran, como es palmario en su fuente, una traducción al inglés de Kuno Meyer.
(Continuará)


