miércoles 28 de julio de 2010
Macedonia de rutas en conversación con Europa Press
martes 27 de julio de 2010
Alguien me responde
NOTAS SOBRE UNA SINGLADURA
Genuinos o falsos, los diarios, siempre han ejercido un poderoso magnetismo sobre muchos lectores, como la literatura memorialística o la autobiográfica: Casanova o Chateaubriand, sí; pero también Franklin, y Drieu la Rochelle (Diario de un hombre engañado), y el Diario del desasosiego de Bernardo Soares/Pessoa, El cuaderno gris de Josep Pla o todo el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. Cuando a uno no le basta su propia vida tiende a continuarla en otras: de ahí el relativo éxito de algunos de estos libros, en los que cabe no sólo la anécdota, sino también la reflexión, el aforismo, un poco de todo, como sucede con la vida.
El campo del periodismo escrito, esa víctima actual de Internet, ha estado también siempre abonado para esto de que el autor, o el personaje que éste crea, su máscara, vaya dando cuenta de su quehacer diario, comentando no sólo las aflicciones generales de la nación o de la época, sino con quién ha estado, qué exposiciones ha visto, en qué lecturas anda. Así eran las columnas de Francisco Umbral, por ejemplo, donde los nombres aparecían en una primitiva negrita antecesora de esa otra tinta que hoy, en los blogs, marca la presencia de un enlace, un hipervínculo.
En Irlanda (no sé cómo he llegado a esta línea sin nombrarla), Flann O’Brien, por entonces no más que un estudiante, diseñó en 1940 una estrategia de promoción literaria consistente en crear polémicas que encendían el interés de los lectores. Luego se vio que era él mismo quien enviaba unas y otras cartas al director, con nombres supuestos, para conseguir eso tan hegeliano de tesis y antítesis. La síntesis le vino por vía de contrato, que le duró casi tres décadas, como columnista de ese mismo periódico, The Irish Times, en una serie de disparatados artículos que años más tarde fueron compilados en libros, sabrosas antologías de esas entregas casi diarias aparecidas bajo el título An Cruiskeen Lawn. Al fin y al cabo, era lo mismo (la realidad cambia, pero no tanto) que ahora acontece con las entradas de blog que va recogiendo, tras su edición original en otro medio, la pantalla, esta colección Álogos en que se publica el volumen de Juan Antonio González Romano. Además, algo similar a lo de O’Brien fue lo que hizo en su día el autor de este libro, conocido amante de los apócrifos, cuando se desdobló en bloguera con la que entabló una relación de comentarios y competitividad, como refleja aquí en una de las últimas entradas. Que aquello fuera verdad o ficción es lo de menos.
Como es sabido, la palabra blog procede de la expresión inglesa web log, que puede traducirse como libro de bitácora virtual, cuaderno de bitácora en Internet. En el log náutico se consignaban los pormenores de la navegación de la jornada; posteriormente su significado se ha ido extendiendo a diferentes registros, como el de los viajes que realiza un camión o el de lo emitido en un programa de radio o televisión, etc. En español, los escritores de secano cometen una incorrección cuando traducen blog simplemente por bitácora; ésta, nos recuerda el DRAE, es “especie de armario, fijo a la cubierta e inmediato al timón, en que se pone la aguja de marear”. Sin embargo, cuaderno de bitácora es, sí, “libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación.”
La de González Romano singla a menudo las mismas rutas: la familia, los amigos, los problemas de la enseñanza, procelosa profesión a la que se dedica contra el miento y varea de los políticos. Él, que tantas muestras da de su amor por la Literatura, viene coincidir con aquello que pedía Juan Ramón Jiménez y Trapiello no se cansa de repetir: más cultivo y menos cultura; es decir, en España, lo que hace falta no es más intelectuales y Cultura con caja (o ceja) alta, sino más humilde y pródiga educación. No pocas veces vemos aquí que este web log y la LOGSE están a la greña. Juan Antonio no se calla ante la corrección política, esa plaga de nuestro tiempo y país.
Nos entrega en Alguien me responde muy incisivas operaciones reflexivas sobre el blog, que no sólo es híbrido de géneros sino de soporte, como en las entradas “Mester de bloguería y “Cuestión de prestigio”; nos regala los maravillosos haikus de su hija y algunos poemas propios. Incurre en alguna travesura a lo Borges, como cuando siembra una cizaña venial, venenosa apenas, entre dos grandes poetas sevillanos, hermanos para más señas, Caín ninguno, pero uno creador de Abel Martín. Gusta el autor de la poesía popular, de su concentración: como él dice, encerrar una idea en veinte palabras. En esto, en juntar lo antiguo y tradicional, se torna modernísimo: ¿no es eso, la concisión, el ceñimiento a ciento y pico caracteres, un mensaje de twitter? Gustará al lector el sentido del humor que derrocha acerca de ese invento suyo, el benigno jueves 15, al que debería obligarse el calendario. ¿Y cómo no asentir cuando defiende la necesidad de la memorización de los versos? Ya lo postulaba Ted Hughes en la antología de poesía The School Bag, que reunió con Seamus Heaney para la mocedad británica o de donde se lea inglés. Hoy, a lo mejor, lo hubieran titulado The School Blog.
Volviendo a la impostura de O’Brien, hay una frase en este libro que me hizo pensar que su autor emulaba a su paisano Rafael Lasso de la Vega, ese mixtificador que se inventó su propia bibliografía y se hizo precursor de todos los movimientos literarios de principios del XX fechando a posteriori poemas “al modo de” en ediciones inencontrables y exquisitas, también precursoras del blog por las posibilidades que éste tiene de manipular una entrada antigua. “Veinticinco años atrás, como saben quienes me siguen en el blog, yo pesaba veinticinco kilos más, aproximadamente”, escribe González Romano. Hay que matizar que éste no inventó los blogs en 1985. Pero por lo bien que escribe, por lo jugoso de sus entradas, en las que se manifiesta maestro, bien podría haberlo hecho, adelantado y vanguardista.
sábado 24 de julio de 2010
Otros placeres del verano
domingo 18 de julio de 2010
Fervor de Buenos Aires

jueves 15 de julio de 2010
Macedonia de rutas en ABC
lunes 12 de julio de 2010
La memoria como laberinto
En alguna ocasión hemos mencionado aquí que "el mito de la profundidad" a que se refería Robbe-Grillet, como prejuicio a batir, no es otra cosa que la naturaleza misma de la palabra y el hombre. Si Grillet soñó con una lengua objetiva, mensurable, en cuadrícula, superficial, ajena por completo a los gravámenes de la Historia, lo cierto es que la palabra tiene mucho de sedimento vivo, de laberinto hermético, de agua soterránea ('pordiosero' es el que pide por Dios, el mendigo teológico y agonizante de otras épocas), en tanto que la memoria es el único soporte, fantasmagórico y deforme, con el que el ser humano cuenta para dar noticia de sus días. Esa cualidad vaporizante del idioma, mas la naturaleza engañosa del recuerdo, es la que despliega Proust, en friso colosal, a lo largo de A la recherche du temps perdu. Aún así, el ensayismo posmoderno ha dado en negar estos dos invariantes antropológicos y literarios: la negación del individuo como acreedor de una una memoria propia; y la sustitución del tiempo, en favor del espacio, como vértebra caudal de cualquier poética. Con lo cual, la memoria ha encontrado en el libro de viajes cuanto la filosofía penúltima le negaba. Y este lugar no es otro que la Cultura.
Así, cuando Rivero Taravillo atraviesa las calles de Dublín, los pubs de Londres, los canales y campos de Venecia, las veneradas piedras de Roma, no es la postal ignara y el comentario apresurado quienes acuden a estas páginas, sino la compañía de Stendhal, de Goethe, de Ezra Pound, de Chateaubriand, de Casanova, de Joseph Brodsky, de Vivaldi, del Tintoretto, de John Ruskin, de aquel muchacho quebradizo y titánico que fue Lord Byron. De igual modo, cuando pise Nueva York o México D.F., serán Lorca y Luis Cernuda (y Octavio Paz, y Altolaguirre, y Bernal Díez del Castillo), aquéllos que acompañen la soledad encencida del viajero. Viajar, al cabo, no es otra cosa que amistarse con el abismo que se abre en mitad de nuestro ser. Viajar, como Ulises o Alvar Núñez Cabeza de Vaca, es volver a la tierra nativa transformado en otro. Cuánto de lo que fuimos se ha difuminado en remotas geografías; cuánto de lo que hoy nos conforma ha sido tomado en préstamo. No es ocioso, pues, pensar que Goethe, el imaginario romántico de su Fausto, viene de un paseo nocturno en góndola, mientras la noche neblinosa de los canales traía el canto de los marineros, como la voz de espectros inasibles. Y tampoco es ridículo suponer que Las mil y una noches prefiguraron, en el XVIII y el XIX, el modo de viajar y la forma de imaginar lo exótico que todavía late en el ingenuo corazón de los turistas.
El hombre, en suma, es cultura. Vale decir, tiempo, memoria, saber estratificado por un impulso lírico. Esto implica también una deformación inevitable de cuanto se ha visto o se ha soñado en el camino. Así, será el lector quien escoja la realidad deforme y el testimonio parcial que le parezcan más sugestivos. Rivero Taravillo, su cultivada humanidad, es una buena guía para acompañar nuestras soledades por el ancho mundo. A su honorable veneración por los pubs, se une su devoción por los grandes poetas de Occidente. En puridad, poco más debe pedírsele a un hombre: ojos para ver, memoria para recordar, y un corazón donde la gratitud viva pareja de las lágrimas.
Antonio Rivero Taravillo. Paréntesis. Sevilla, 2010. 236 páginas.
domingo 11 de julio de 2010
Escrito hace unos días
NOCHES EN LOS JARDINES DEL ALCÁZAR
Antes de medianoche, en el instante en que acostumbran
a cosquillear el cielo los fuegos de artificio,
plumeros que sacuden ese polvo de estrellas,
en coro se cimbrean las palmeras al compás de la música,
manojos de una dádiva altiva.
Verde y naranja sobre los focos,
contra la recién nacida oscuridad de principios de estío,
canto y contracanto,
acanto y cantería.
Las murallas son el cinto de una hurí
traspasada de salvia y de jazmines.
viernes 9 de julio de 2010
jueves 8 de julio de 2010
Mi contribución al Mundial
miércoles 7 de julio de 2010
Y ningún otro cielo
domingo 4 de julio de 2010
La grúa
LA GRÚA
I
Lo mismo que un gran buque en mitad del océano,
movible base para aeronubes,
hoy los pájaros se detienen y reponen fuerzas,
plumas sobre la pluma,
en el brazo de la grúa amarilla que interrumpe
mi parcela de cielo.
Planea una tórtola y se posa
en la grúa, igual que en la torre del tendido eléctrico
las cigüeñas se doblan, ignorando
que ya nada nos dice la espadaña,
que hemos dejado de entender
el declinante idioma de los campanarios.
Dentro de unos meses el portaviones
levará anclas, y este trozo de azul
será más fatigoso recorrerlo,
más arduo hallar inspiración.
II
En el fin de semana del gruista
el viento hace a su antojo con su brazo
y gira la veleta
echando un pulso al aire. La corriente
señala no la dirección del céfiro esta mañana gris:
rubrica
lo mudable de todo, hasta esta sólida
estructura de hierro y de metáforas.
III
No se necesitan aquí hombres del tiempo:
estos bloques de hormigón –el contrapeso
del índice que ahora marca decidido al levante–
aseguran que el poniente sopla. Lo sabe
la carne que comulga ahora con la atmósfera;
y este fresco en la piel, a la que orea y acaricia,
y el templado roce por el vello
tienen correspondencia con su giro.
La casa en construcción, su apilado infortunio
de dentro de año y medio, se alzará
sobre el solar de esta estación meteorológica,
esta antena que emite
partes de una vida que se habrá desmontado,
sanada su tortícolis con sombra,
hermana mayor de los pararrayos.
Percha en la que reposa, transparente,
el traje de la tarde al aquietarse,
metálica bandera de los pájaros.


