viernes, 7 de enero de 2011

Espacio habitado


"Anacreonte lee sus poesías en la casa de Lesbia",
Sir Lawrence Alma-Tadema, 1870


Recibo un ejemplar del número 0 de Espacio habitado. Revista de poesía y pensamiento, que se presenta en el Ateneo de Sevilla el próximo jueves 13 de enero. Parece fábula que en la coyuntura actual aún sigan apareciendo revistas en papel tan bien intencionadas como ésta. Aunque luchando con una tipografía que parece elegida a conciencia para provocarle un infarto a Andrés Trapiello o devolver a la tumba a Manuel Altolaguirre, si fuera posible que resucitara, entre colaboraciones de amigos como Enrique Baltanás o José María Jurado y de otros que espero que lo sean un día, estos "Cuatro fragmentos de Anacreonte", que traduzco y presento con la siguiente nota:

Buscando el pasaporte, en aras de una renovación que no sé a qué tierras me llevará, me he topado con estas antiguas versiones, caligrafiadas junto a la transcripción griega de su título y mi posible nombre, en unas hojas en octavo conservadas en un cartapacio. Así, antes incluso de contar con el nuevo cuadernillo de color burdeos, he visitado la Hélade, y la Abdera, la Atenas y la Tesalia de Anacreonte, en documento que a diferencia del rigorista salvoconducto no ha caducado a pesar de los veinticinco siglos transcurridos desde su composición y los cinco lustros que hace que lo romanceara.

Fue Anacreonte (para fijar su vida recordemos que nació al morir Safo) un amigo de la buena vida. En el lote, claro, entra la poesía. Ya fuera a muchachas o a galanes, dedicó sus versos a la belleza, al placer, al amoroso juego.

Aquella revistilla escrita a mano en que recogí estos fragmentos de Anacreonte la titulé Papiro, en parte bajo la égida de Ezra Pound, autor de ese sugestivísimo homenaje a Safo que es su fragmentario poema de idéntico título, “Papyre”. Va por usted, Old Ez.


[1]


Canosas tengo las sienes

y blanca ya la cabeza,

pasó la juventud grata

y tengo viejos los dientes.

El tiempo de vida dulce

que me queda ya no es mucho.

Por eso a menudo lloro

y tengo miedo del Tártaro,

pues horrible es el abismo

del Hades, y hosca la senda

que desciende… A buen seguro,

quien baja ya no regresa.


[2]


Potra tracia, ¿qué es lo que hace

que me mires de soslayo

y huyas cruelmente, creyendo

que nada sé de la vida?

Sabe tú que si quisiera

el bocado te pondría

dominándote con riendas

en las lindes del estadio.

Paces aún por el prado,

libre juegas dando brincos,

que no tienes un jinete

diestro en la doma de yeguas.


[3]


Mozo con mirar de niña,

te persigo y no me escuchas.

De mi corazón conduces

las riendas, y no lo sabes.


[4]


Venga, tráenos, muchacho,

la copa que beberé

de un trago. Diez cazos de agua

y cinco de vino mezcla,

para que, sin excederme,

vuelva a festejar a Baco.

Vamos de nuevo, sin tanto

estrépito y griterío:

no bebamos como escitas

el vino, sino brindando

al compás de hermosos himnos.


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