martes, 15 de febrero de 2011

El carillón


Cortada ya la luz, filtrándose el sol por la cortina, la otra mañana volví a la que fue la casa familiar. El asunto que me llevó es lo que se dice "darle una vuelta": comprobar que todo estaba en orden, recoger la posible correspondencia... No bien había dado dos pasos en su interior me sacudió el gong del salón, como alegre de recibirme de nuevo, aunque sé que con la pasividad y flema de un guardia en su garita, sin mover un músculo del rostro, del rastro de los años idos. De ese estupor ante el sonido, cuando ya no vive allí nadie que lo escuche, son estos versos:


EL CARILLÓN


En la casa cerrada y su silencio,

la pila nada entiende. Mientras dure,

dará cuartos y medias: la observancia

de un rito ya sin dueño, fiel y ciego,

que concede sus horas como dátiles

la palma que levanta un espejismo.


Con su intacto tictac, autista terco,

sigue el reloj sonando en vuestra ausencia.



3 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Parece, Antonio, que nuestros relojes están, como en las películas, sincronizados. Me honra la coincidencia de mi entrada con este poema, tan borgiano. Para forzar aún más la aliteración (espléndida) del penúltimo verso, podrías poner: "Con su intacto tictac, autista terco". Yo usé ese adjetivo en "Ardua mediocritas", pero aquí quedaría mucho mejor, porque el secreto y la emoción está en cómo recoge la aliteración el "vuestra" del último verso. Emocionante.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Realmente, Enrique, van al compás estos relojes nuestros. Y mil gracias por el ofrecimiento, que creo que aceptaré, pues le viene como anillo al dedo.

Jesús Beades dijo...

Ensayo posible: "Internet y la poesía colaborativa". Ole ahí esa aliteración.