domingo, 13 de febrero de 2011

En el cine



"Dickens' Dream", de Robert W. Buss


Rompiendo una larga racha de abstinencia (quizá porque el género a la venta no merecía la pena), hemos vuelto a visitar las salas de cine. Del Avenida, naturalmente, el único lugar de Sevilla en que se presentan las películas en versión original, gran cosa no sólo por el deleite sensorial y del intelecto, al poder disfrutar de la película en su lengua, sino también física y de supervivencia, pues se evita una fatal subida de tensión o un ictus, o simplemente liarse a mamporros con alguno de los galopines (uno ha visto cine doblado antiguo) que se complacen más en molestar al vecino que en gozar de la proyección.
En el Avenida solemos encontrarnos con José María Conget y Maribel Cruzado. En puridad, no puedo decir que no coincidiéramos ayer o la semana pasada, porque hacía tiempo que no veíamos tantísimo público en la cola, en el vestíbulo, trepando como una planta enredadera y cinéfila por las escaleras de las tres salas superiores, e ignoro si estaban entre la multitud.
El sábado pasado vimos una de esas películas que sorprende que no se estrenen inicialmente en versión original subtitulada: hemos tenido que esperar varias semanas para ver como hay que ver -es decir, sinestésicamente, escuchando- El discurso del rey. Muy bien Firth, pero en particular me gustó el detalle, que no sé si llamar guiño, de que Derek Jacobi hiciera de arzobispo de Canterbury junto al tartamudo heredero al trono y luego rey, en eco trasmutado del propio tartamudo que fue él mismo personificando a otro monarca: el emperador al que encarna en Yo, Claudio, una de las más famosas series televisivas de hace unas décadas.
Anoche, Jacobi vino a saludarnos as himself como lector en público y en grabaciones de Charles Dickens, con quien ha tenido trato de antiguo en programas de televisión y emisiones de radio. La película es, claro, la última de Clint Eastwood, un filme que si no pone a este espectador al otro lado de la muerte lo avejenta sin duda cuando comprueba que conoce sus tres escenarios, Londres, París y San Francisco. Y que en la primera, por ejemplo, ha recorrido las estancias de la casa de Doughty Street en que vivió Dickens antes de que los actores en la escena hagan lo propio (afortunadamente, leo por ahí que la casa se librará de la piqueta que la amenazaba). El protagonista, un médium que sería la envidia de W. B. Yeats y su mujer, es rendido admirador del autor de Pickwick, al que prefiere sobre Shakespeare. Curiosamente, también Jacobi, que ha representado en mil ocasiones papeles del Bardo, no cree mucho en éste. De hecho, es de los que sorprendentemente favorecen la tesis de que las obras admiradas del de Stratford fueron escritas en realidad por Edward de Vere, Conde de Oxford, cosa que, permítaseme el juego de palabras, se me antoja poco verista o, ya que el DRAE no recoge esta palabra, verosímil.
No sé si Jacobi volverá a la pantalla la semana que viene. Desde luego, yo ya sé que no acudiré a ver la de los Coen, esos hermanos malasombra con los que estoy de acuerdo al cincuenta por ciento cuando afirman que no les interesa el Oscar ni John Wayne. A mí tampoco me interesa el primero. Ni ellos. Y prefiero al Duque aun en las ocasiones en que no trabajó para ese artista que en frase memorable digna de Shakespeare (Conde o no) dijo con concisión de haiku: "Me llamo John Ford y hago westerns."




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