sábado, 19 de febrero de 2011

Gato por liebre: una riña



José Antonio votando en una mesa electoral


Y terminé de leer Riña de gatos. Madrid 1936, si no el más logrado libro de su autor, con certeza uno de los mejores que ha obtenido el premio Planeta estos últimos años; y también, sin duda, una narración engañosa y una celada en la que el primero en caer es el propio Eduardo Mendoza, pues queriendo hacer una cosa consigue la opuesta.

En el haber, cómo no, hay que consignar la calidad literaria. Admira en Mendoza la capacidad para mantener la atención del lector, cosa que obtiene mediante los hábiles finales de los capítulos -casi encabalgamientos, pero no de verso, de trepidante prosa-, que administra con sabiduría dejando siempre en uno el gusanillo del suspense, con ganas de continuar y pasar al siguiente tramo, que rápidamente se hace vertiginosa autovía, dejando atrás páginas y páginas.

En la trama de la ficción que recorre la historia real se usa con generosidad el presente histórico, ese vehículo de la inmediatez que ya sirvió a Julio César para manchar la toga del latino con el barro de sus campañas allende el Ródano, en La Guerra de las Galias. En cuanto al léxico y el lenguaje, sería una grosería pretender descubrir ahora la riqueza idiomática y el tino estilístico de quien escribiera La verdad sobre el caso Savolta.

Aunque también hay un debe, y aquí lo anoto. Poco sé del pintor sobre el que gravita este libro, más allá de lo que me ha enseñado Ramón Gaya en Velázquez, pájaro solitario, pero alguna información poseo sobre el político que entra y sale por las páginas.

Numerosas veces durante la promoción del libro le hemos leído y oído al autor barcelonés que uno de los protagonistas de su rocambolesca historia, José Antonio Primo de Rivera, fue tan atractivo como memo. Y varios de los personajes de la obra no ahorran juicios severos sobre el fundador de la Falange. Ahora, las críticas que sobre él vierte una rancia aristócrata, por ejemplo, lejos de mancharlo lo enaltecen, destacando su carácter revolucionario. Lo idéntico sucede con los juicios del Director General de Seguridad, José Alonso Mallol, que apócrifamente dictamina del supuesto chalado, como lo tilda: “Es agraciado de aspecto, orador brillante, vive rodeado de una corte de señoritos tan tontos como él que le ríen todas las gracias.” Naturalmente, se refiere a “tontos” como Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas, que ya lo serían menos, a tenor de sus escritos. Pero para atolondrado de verdad, el inglés Anthony Whitelands (Antonio Vitelas, como lo llama un castizo no muy familiarizado con la lengua de Shakespeare). En realidad, Primo de Rivera sale con bien de la historia, hasta el punto de que incluso lectores que jamás habían congeniado con él lo verán ahora como una figura simpática.

Se entreveran en Riña de gatos lances de la vida española de esa primera mitad de 1936 con sucesos de la imaginación, fabulaciones, enredos propios de lo que precisamente constituyen: episodios novelescos. Seguramente ignorando el amor entre el jefe de la Falange y la princesa Bibesco, autora de la novela The Romantic, que le dedicó, Mendoza hace a José Antonio tener aquí una relación con Paquita, hija del apócrifo duque de la Igualada.

Con todo, si es lícito en una novela poner en boca de los personajes históricos como Manuel Azaña o el propio José Antonio diálogos que no certifican las fuentes y ha de idear la imaginación, cosa bien distinta es hacer decir al segundo, en circunstancias sobre las que hay testimonio, cosas que no dijo ligadas a hechos que determinaron no ya la política, sino el mismo desencadenamiento del conflicto armado. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al discurso del Cinema Europa: el real se produjo en febrero de 1936, en la campaña electoral que dio el triunfo al Frente Popular; el novelesco, pasado ya el sufragio, a modo de valoración de los resultados; en el verdadero, José Antonio llama a desmantelar el sistema capitalista, tratando de granjearse a quienes éste favorece, haciéndoles ver que es el único modo de impedir la llegada del comunismo; en el postizo, clama por la llegada de la contienda que se produjo meses después: “Nuestro deber no es otro que ir a la guerra civil con todas sus consecuencias”, declara en la alocución espuria. La diferencia es tan grande que resulta un engaño para el lector no avisado.

Sobre José Antonio, una personalidad llena de contradicciones pero sugestiva (“figura extraordinaria”, dijo de él Gonzalo Torrente Ballester, aunque en fecha peliaguda como 1939), se han escrito copiosos ditirambos, no pocos de ellos ridículos, y ataques mucho menos numerosos (a nadie salvo a Mendoza lo hemos oído jamás llamarlo memo, y muchas veces por otros, como Unamuno, lo contrario). Y de su atractivo para la literatura dan fe un puñado de novelas, escritas desde muy diversas posiciones, a cuya cola se pone esta Riña de gatos. Recuerdo ahora la reciente La playa de los Alemanes, de Javier Compás; o Las máscaras del héroe, de Juan Manuel Prada; o Soldados de Salamina, de Javier Cercas; o La noche que fui traicionada, de Andrés Sorel. También Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera, obra con la que Carlos Rojas obtuvo otro premio (por entonces igualmente de Planeta), el Ateneo de 1977, que parte de la fantasía de que José Antonio no muró fusilado sino que fue trasladado a Moscú e interrogado nada menos que por Stalin. Se narra, además, el asesinato de Trotski en su casa de Coyoacán, en la Ciudad de México (casi un fortín, que tuve ocasión de visitar el año pasado y donde aún se conservan los impactos de bala de un atentado anterior).


La tumba de Trotski en Coyoacán


Es buena y divertida esta premiada farsa de Mendoza, por más que no pocos sucesos presentados como “reales” sean más falsos que el misterioso cuadro sobre el que se dirime la historia. Eso sí, de la otra Historia, con mayúsculas, hay poco en el trampantojo.


2 comentarios:

Gonzalo Gragera dijo...

Lo peligroso de jugar con la Historia es que,lectores poco cultivados como yo y gran parte de la juventud,seamos -y somos-víctimas de esta farsa.La tergiversación de la Historia no debe estar premiada en ningún ámbito cultural,mas esto es España, mientras la cultura esté politizada y monopolizada en un único registro ideológico bienvenida sea.

Perdón por la grosería:me producen arcadas los escritores al servicio de los intereses sociopolíticos de un gobierno.

Un saludo,maestro.

Ángel Luis Robles Álamo dijo...

Por muy buena que sea, antes de leer tu entrada no me apetecía leer el libro por eso que dices de José Antonio. Ahora, que ya sé qué dice de verdad el autor, aun sabiendo que es buena, sigo sin querer leerla. La novela histórica me gusta que sea lo más fiel posible a la historia, sin ser un libro de historia.