viernes, 22 de abril de 2011

Apunte del natural




Lo hallé la otra tarde en el pasamanos de la escalera. Desde que vinimos a vivir a esta casa tengo trato con los de su familia. A veces he tenido que recoger del suelo a sus tíos o incluso a sus padres, cuando aún apenas daban sus primeros pasos y el canto alacre que les estaba deparado aún no era más que un gozo en ciernes, todavía signado por los nervios, por la angustia de tener torpón el revoloteo.
No pareció inmutarse, será también que yo traté de no hacer ruido. Luego, cuando ya mi sombra era inevitable, bajó al distribuidor entre los dos patios. Tenía abierta la puerta del primero, pero era al segundo al que quería regresar, y como estuviera cerrado, y lo mismo la ventana que da a él, se lanzó a la luz promisoria, un cristal. Debió de dolerle, porque fue un gran impacto, pero probablemente sufriría más por la impotencia, por no entender la dura transparencia que no lo conducía a la libertad sino al golpe, al atolondramiento.
Corrí al portón, a dejarlo expedito, pero aún se estampó dos o tres veces contra los otros vidrios, a la vista del magnolio y de las rebrotadas buganvillas.
Por fin salió, aturdido, avergonzado. Se posó en una rama, bajo las hojas mustias (no había llegado todavía la borrasca), tan alicaído como ellas, mimetizado. En el mármol de la casa, sus plumones y excrementos. Debió de haber estado largo rato prisionero, y acongojado, el mirlo.




1 comentario:

Elías dijo...

Precioso texto, Antonio.

Seguro que el mirlo, agradecido, te dedica alguna melodía mañanera.

Abrazo.