jueves, 14 de abril de 2011

Cristales



El lenguaje de la poesía es la analogía, el “esto es como aquello”, el ver en cosas cercanas el correlato de lo universal y las realidades de la vida reflejadas en nuestra propia existencia. Usemos, pues, una analogía relativa a esto de la técnica. Podemos tener el mejor de los instrumentos musicales (un stradivarius, pongamos por caso), y podemos ser un consumado intérprete, pero nuestro concierto se irá al garete si no afinamos el violín, si no tensamos sus cuerdas. Con la poesía es igual: no nos conformemos con el primer sonido que extraigamos, afinemos, afinemos. Nos lo agradecerá nuestro público, y el poema, y nosotros mismos. Sucede lo mismo con los prodigios que podemos ver al final de un microscopio o de un telescopio: ahí están las células coloridas, las reacciones químicas, el polvo estelar, las constelaciones, pero si no enfocamos debidamente, si no ajustamos el instrumento de visión, incorporando o quitando, si es necesario, nuevas lentes, no sacaremos provecho de un instrumento que puede ser muy, muy caro. Todos hemos ido alguna o muchas veces al oculista, y para graduarnos la vista nos hemos sentado con una montura bien poco atractiva en la que el oftalmólogo, o el óptico, ha ido colocando y retirando cristales, hasta dar con nuestra verdadera necesidad. Repito: con la poesía es lo mismo. Hay que probar y corregir. No aceptar sin más los cristales que primero se nos presentan.


4 comentarios:

Rafael dijo...

Desde luego, la naturalidad armónica requiere mucha labor de cultivo, mimo y poda.

Pablo C. dijo...

No cree que a veces, con la excesiva correcciòn, se le quita al poema la frescura. No digo que la autoexigencia no sea fundamental y la revisiòn de la obra. Pero me parece un poco falso esa presenciòn de ver la correcciòn como un paso siempre hacia delante. Por poner un ejemplo conocidìsimo las sucesivas correcciones de J.R.J.
Otra cosa que me gustarìa que me respondiese, hasta cuàndo se debe corregir? Puede una correciòn estropera un poema? Gracias y perdone las incorrecciones es un teclado francés

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias por los comentarios, Rafael y Pablo. Empezando por el final: sí, la excesiva corrección puede estropear un poema. Lo ideal es tener muy bien formada la sensibilidad y el oído, y conocida la técnica, para que la primera versión sea lo mejor posible, pero por lo general siempre se puede mejorar la prosodia, y afinar más con la puntuación. Lo ideal es corregir los días siguientes, para no desvirtuar el poema, que hay que recordar que surge en un momento determinado. Curioso es el caso de Cernuda (como muestro en el segundo tomo se su biografía, a punto de salir en Tusquets): muchas veces remataba el poema al año exacto de haberlo escrito.

Mery dijo...

Creo que cada cual acaba por reconocer en qué punto su poema pierde frescura o la intención incial.
Me viene a la memoria Gil de Biedma, que era capaz de estar semanas afinando solamente un verso hasta dar con el tono exacto.
Y, recordando también a J.R.J yo abogo por "la transparencia, Señor, la transparencia".