viernes, 22 de abril de 2011

Pasos en la cera




Tal como anunciaba hace poco, estos días El Mundo en su edición de Sevilla ha ido publicando una serie de columnas mías en su especial de Semana Santa. El sábado no hay prensa, y el domingo saldrá la última de ellas. Recojo aquí unas líneas publicadas el jueves y otras aparecidas ayer en las que me acompañan tres poetas sevillanos.

Et in Arcadia ego

Le gusta al capillita recordar aniversarios, fechas. Le aporto un dato, ya que este año se celebra una íntima efeméride local. Sevilla mira hacia adentro, y lo mejor de su arquitectura hay que hallarla en los patios. En uno, de la memoria, el corazón nos late al recordar que hoy, en el tiempo sagrado, se cumple el cincuentenario de la composición de “Luna llena en Semana Santa”, uno de los poemas más hermosos sobre la ciudad, aunque sea de mucho más de lo que trata. Luis Cernuda lo escribió entre el 30 de marzo y el 5 de mayo de 1961; es decir, que, no fruto del azar (del azahar en todo caso), precisamente el Jueves Santo de aquel año, en Méjico, volvió los ojos del alma a la Semana Santa del niño Albanio, trasunto de la pureza infantil.

La salida de la luna

Se la ve, tímida, fosforecer, apenas una línea breve sobre la azotea. Luego irradia centuplicada luz en su remonte, y de la media circunferencia pasa a la espléndida de Cernuda, esa ‘llena / luna de parasceve’ de los memorables versos. Estos días la hemos visto ascender y luego dominar el cielo de la ciudad, pero gracias a la hora justa, y por lo despojado de la noche, un momento inolvidable fue el del domingo al paso de la Virgen del Socorro por Javier Lasso de la Vega, una calle bien trazada aunque sólo fuera por ese instante en que la luna se trasparece en el palio.

Quien da nombre a la calle fue un doctor y erudito, pero viendo la luna no cuesta trabajo imaginar que es a otro a quien honra el nomenclátor: el ultraísta Rafael Lasso de la Vega, quien, precursor ful de todas las vanguardias, pudo haber escrito de ella alguna japonesería, un delicado haiku pasado por la sensibilidad autóctona. Por ejemplo, uno en que la aérea y blanca oblea fuera modelada por la boca de una bocina cofrade, troquelada por un trombón de la banda de música.


Versos contra paraguas

Aquilino Duque tiene no uno, sino dos poemas titulados “Domingo de Ramos”. Es lo que conlleva el tiempo cíclico, que hasta lo comprendió un ateo como Federico Nietzsche, quien escribió del mito –aquí en Sevilla rito– del eterno retorno. Pero Duque quedará en las historias literarias de la Semana Santa por su poema sobre El Cachorro, ese que se cierra con un “Así mueren los Hombres”. Tal vez hoy, ante la climatología adversa, no salga la imagen venerada. En tal caso, los creyentes siempre pueden acudir al templo y refugiarse en el rezo, en la devoción, donde solo llueve cuando la fe se quiebra y se abren goteras en el alma. La religión no es una rama de la meteorología, y permanece ajena a contingencias. Para los creyentes, y para los que no lo sean, esta jornada encapotada es una buena ocasión para leer –para releer– el poema.


2 comentarios:

Juan Antonio Millón dijo...

¡Qué tres ejemplos de prosa poética! Subrayo: "Sevilla mira hacia adentro, y lo mejor de su arquitectura hay que hallarla en los patios". Enhorabuena, Antonio.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Juan Antonio. Se hace lo que se puede, que siempre es menos de lo que uno querría.