domingo, 15 de mayo de 2011

Un coche en París




En Medianoche en París (me niego a citarla por el título sin traducir, como es boba costumbre cada vez más arraigada incluso cuando el original no entraña dificultad alguna que impida su versión), Woody Allen vuelve a bordar una película maravillosa, la misma película de siempre con escenas mil veces repetidas aunque con las necesarias variaciones, aquí muy brillantes. Decir ciertas cosas de ella sería destripar su corazón, su complejo engranaje, su barnizado mecanismo de muñecas rusas. Pero sí puedo adelantar que, contra todo pronóstico (avizorado en cuanto salen ciertos personajes), James Joyce brilla por su ausencia.
Y ello pese a que Joyce vivió en París en los años veinte del pasado siglo, y se codeó con Hemingway y con Pound (que tampoco aparece en el filme, quizá porque por las mismas fechas del rodaje estaba trabajando para Justo Navarro en la novela El espía, que también acaba de estrenarse, digo de publicarse).
Varias veces un coche que desempeña un papel importante asciende por sobre los adoquines de una calle (en el ascenso a Montmartre imagino). En otro parecido, un taxi, coincidieron en 1922 a la salida de una cena compartida con Picasso y Stravinsky James Joyce y Marcel Proust. El irlandés, too fond of a drop (como un día me confirmó Anthony Thwaite que era Flann O'Brien), se quejó de sus problemas con la vista. El francés, de dolencias estomacales.
En un momento de la película de Allen el protagonista sale de la librería Shakespeare & Co. (también editorial que publicó Ulises), en su actual emplazamiento frente al Sena. Hoy, 16 de mayo, falta un mes exacto para el Bloomsday, el día en que unos cuantos pirados celebramos el devenir de Leopold Bloom por una jornada de 1904 en Dublín. No sé si en la citada librería, o en otra de las muy buena escena bibliográfica parisién, habrá un ejemplar de las Poesías completas de Pedro Salinas. Allí, en un poema poco conocido del autor de Todo más claro ("El cuerpo, fabuloso") leemos: "mientras se toma el té y se habla / de arte negro, de Einstein o del Ulises". Salinas, traductor de Proust, no pudo montar en el vehículo mágico de la pantalla porque cuando vivió en París fue algo antes, de 1914 a 1917.


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