domingo, 8 de mayo de 2011

Negro por un día



Si fuera más joven y sanguíneo, diría que estoy negro. Lo cierto es que hoy soy involuntario "negro" literario. La colaboración que firma mi amigo Javier González-Cotta en el suplemento de Feria de la edición sevillana de El Mundo no es suya sino mía (aunque, eso sí, con ayuda de Wagner, Coppola y Conrad). Todo es relativo. ¡A lo mejor es él el que está, con razón, negro de que su nombre patrocine mi prosa!


Valquirias, sirenas


Bajo el ventilador que remueve un poco el aire de la rebotica y se confunde con un rotor de helicóptero en Apocalypse Now, a ritmo de sevillanas se desliza la cabalgata de las valquirias sobre la barra. No es napalm lo que vierten sino, entre palmas, rebujito y cerveza; no bombardean con fuego artillero sino que dejan platos de jamón y queso, de gambas de diversos calibres. La Feria va llegando a su fin. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va… This is the end, my friend, cantan no los Romeros de la Puebla ni los Cantores de Híspalis, sino The Doors. La puertas de las casetas están ya a punto de cerrarse (metafóricamente, pues como es sabido carecen de ellas). Sería pensando en esas semidiosas hijas de Odín más que de Adán que Juan Ramón Jiménez escribió: “El cuerpo humano femenino es, por la sevillana, eterno manantial de gracia diferente, resorte maravilloso del alma rítmica, flor depurada de siglos de baile volador”. En la Maestranza, más pegada a tierra, al albero, otra cabalgata de vaquillas, de mansos, sin casta. Ausentes, desaparecidos en combate, parece que los toros de verdad hacen novillos.

Seres mitológicos. Valquirias, sirenas… De las segundas habló Manuel Machado a propósito de la manzanilla. Y maestro en refrescar a esa “amable sirena” era don Guido, prototipo del señorito andaluz según Antonio Machado. Nombrarla, ahora que se acerca la otra Feria (la del libro) es pensar en Caballero Bonald. El autor de Campo de Agramante se cura la gota de una forma homeopática, aunque con dosis bien generosas: no con unas gotitas, sino con buen trasiego de manzanilla. Para sumar al catálogo de seres maravillosos, invoquemos a las amazonas, las que pasean por el real y las mitológicas. Una de ellas, Hipólita, y su cinturón, fueron protagonistas de uno de los trabajos de Hércules; sí, ese señor antiguo que da nombre a la Alameda.

Estoy aquí. Cierta aplicación de Facebook para móviles permite acercar el ser humano al perro (aún más), marcando el territorio de toda esquina por la que pasa aunque no con una humilde micción sino con una señal en el plano. Uno puede ver quién está cerca, y levantar el censo de los que se apiñan en Espartero o atestan Chicuelo. Y alguna guarda el teléfono en el escote, indicando “Estoy aquí”. Lo mismo sirve para ubicar a quién gorronear como para saber dónde se encuentra ese pelmazo con quien no querríamos coincidir. Para esquivar al patoso, para hacerse el encontradizo con esa morenaza que ya bailó anoche con nosotros. Para trazar una zona de exclusión aérea en derredor de la caseta donde está el amigo al que ayer, como un desertor del Vietnam que se perdiera en la selva, abandonamos en el trance de pagar una ronda.

Ubi sunt? Con los fuegos de artificio acaba oficialmente la Feria. ¿Dónde ya esos días? Se firma la capitulación y se cae prisionero de la realidad. ¡El horror! ¡El horror!

No hay comentarios: