domingo, 5 de junio de 2011

Génesis de Gonzalo Gragera


En mayo, como los niños vestidos de marinero (correteantes homenajes, sin saberlo, a Rafael Alberti), el joven Gonzalo Gragera, que ya luce barba, ha celebrado su primera comunión; él ante otro altar, el de la poesía. Hace pocas semanas se ha convertido en autor édito, con una colección de poemas escritos antes de cumplir los veinte años. La partida de nacimiento de sus estrofas nos habla de una madurez mayor de la que da fe el Registro Civil.
Génesis, este su primer libro, es más que un cuaderno de solventes ejercicios y ya acredita a un poeta que conoce el oficio y que ha tenido el acierto de embridar la expresión en versos medidos (que es gran maestría, como dijo otro Gonzalo, el de Berceo). Tornea Gragera los pentasílabos, los heptasílabos, y da forma a buenas soleás y construye sonetos irreprochables, con un envidiable control del ritmo.
Los temas que se posan en este estreno poético son el amor, ya teñido a veces por la melancolía y la nostalgia -tan pronto-, más la rebeldía ante el mundo y el medio nativo, del que el joven poeta es parte integrante al tiempo que, por lo que se trasluce en los versos, outsider peleón y disconforme. Otro tema procesiona en el volumen, y escojo bien la palabra: son varias las muestras de devoción por la Semana Santa (en mi opinión, los sonetos más débiles del conjunto).
Se acoge el poeta a las sombras tutelares de Bécquer y Cernuda, incluso a la corrosiva y autorreferencial de Jaime Gil de Biedma ("Contra el imbécil de Gragera"), y hay también un aire manuelmachadiano lo mismo en el acento de desencanto que en la música del verso.
Se equivocaría el poeta si creyera que ha llegado con esta publicación a alguna meta: sólo se trata de un primera etapa. Pero yo creo que él es ya consciente de esto, como el título del libro da a entender. Debe ahora olvidarse de hacer carrera literaria, que es el camino más divergente del que conduce a la verdadera poesía, y centrarse en abrirse a nuevas influencias, a modos distintos, a liberarse de corsés que poco a poco dejará de ir necesitando, a la decantación. Se lo dice quien compartió con él tardes de un taller de poesía al que ya llegó con sus manojos de versos y brindándonos el asombro de hallarlos ya tan granados. Entre tanto, qué buen sabor dejan muchas de estas páginas, como la de "La playa", la de "Era simple" o la brevemente tintada bajo el título de "Cuestiones":

¿Por qué cuando te miro
Tengo una mano en el ayer
Y en la otra el infinito?