lunes, 13 de junio de 2011

Librerías de México (y II)




En el Péndulo de Nueva León compré Viaje al centro de mi tierra, una selección de crónicas de Guillermo Sheridan cuya lectura acabo de terminar y a la que dedicaré próximamente otra entrada.
Otra librería de la Condesa es El Conejo Blanco, donde además de libros y revistas (muchas de literatura y arte) hay también un agradable café restaurante donde cené, más un espacio expositivo. Di con ella por casualidad una noche paseando por la calle Amsterdam, y regresé un par de días después, cuando ya mis pies conocían las mil irregularidades de la banqueta (la acera). La lástima es que después de algunas cervezas micheladas el relieve adquiere otras dimensiones y fragua sus emboscadas, y fue magia que no llegara con sendos esguinces a mi alojamiento.
Frente a él, cruzando la calle, está la Casa Refugio Citlaltépetl, un lugar que acoge a escritores que han tenido que dejar sus países por razones políticas. Tan cerca quedaba de mi pequeño hotel que la adopté como cuartel general, y fueron varias las veces que almorcé allí, solo o acompañado (si no cené, fue porque no dispone de licencia para abrir por las noches, de modo que a las seis de la tarde cierra el restaurante). Alberga una librería literaria que tiene un horario peculiar: preguntados los meseros, vinieron a decirme que abrían cuando les venía en gana. Pude entrar un día que lo hacía a las dos de la tarde, esa hora en que en España las librerías echan el cierre para que puedan almorzar quienes las atienden. Quizá quien atendía aquella se nutría de libros (de hecho, daba reparo interrumpir su lectura para pedir que nos cobrara). Entre los libros que allí compré, una antología de la poesía de Gonzalo Rojas, por él mismo seleccionada, y una antología de la irlandesa Eavan Boland, hermosamente editada por las Ediciones del Tucán de Virginia.
Sentado a una de las mesas de la terraza, y dando cuenta de una ensalada de nopal y pulpo, escribí estas líneas, hijas del asombro:

Cosas raras tiene México. El libro que tengo ahora sobre la mesa ilustra perfectamente las contradicciones de este país. Se trata de un volumen de poesía, género ya de por sí minoritario, y de una autora remota. En la contraportada blanca, inmaculada, sólo tres palabras: Gobierno de Tamaulipas.
Es decir Tamaulipas (estado que da nombre a la calle que tiene esquina con ésta) y llenarse, en la imaginación, la alba cartulina de goterones de sangre, resultado de los disparos que abundan en aquellas tierras más que el nopal. El Gobierno de Tamaulipas patrocina la edición de este libro para el que no creo que haya más de diez lectores en su estado y no más de un centenar -tiro por lo alto- en toda la nación. Yo, naturalmente, lo he comprado como irlandés vocacional que soy, pero dudo que haya muchos otros como yo que vayan absorbiendo la tirada (aquí se dice, balísticamente, tiro). El libro viene intonso, y me dispongo a empezar a dar cuenta de él ayudándome del cuchillo de matarife que yace, como hoja ritual de sacrificios antiguos, a la diestra del plato.

Otras visitas a librerías mexicanas hice durante mi visita, no a como voraz lector y cliente, sino ya como autor. Tusquets me había concertado reuniones con libreros, a los que hube de hablar de la biografía de Cernuda. Así, visité la Casa del Libro, en la Barranca del Muerto casi esquina con Río Mixcoac, donde hablé ante una veintena de empleados, varios de los cuales ya se habían leído el libro y me hicieron preguntas atinadas y muy inteligentes. Reuniones similares celebré en El Sótano de Coyoacán, muy cerca del Jardín Centenario y de la casa en que vivió y murió Cernuda, y en la sucursal de Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo 121, un espacio moderno y funcional, y enorme, que me recordó a las librerías Borders, a las que no tiene nada que envidiar y a las que espero que aventaje en larga vida (tras los numerosos y recientes cierres de la cadena estadounidense).
También participé en el tianguis (como allí se llama a un mercadillo) de libros en Ciudad Universitaria, entre el MUCA y el edificio de la Rectoría de la UNAM. Allí tuve que compartir la atención con los integrantes de una caravana de mayas que, llegados de Chiapas, proclamaban a cien metros de mí sus reivindicaciones en los intersticios que dejaban los versos de Cernuda, o viceversa. Fue interesante el palimpsesto de mensajes: Los derechos humanos, si el hombre pudiera decir lo que ama, elementos armados, al poniente morado de la tarde... Al término de la charla, conocí a algunos poetas mexicanos y pude hacer entrega a Alfredo Godínez, doctorando de la Universidad de Puebla, del material que sobre Juan Eduardo Cirlot le había llevado para su tesis. Él, a su vez, puso en mis manos libros y revistas.

En el aeropuerto no daban crédito a lo que la pantalla dictaminaba que contenía mi equipaje. Es más, creo que estuvieron a punto de llamar a alguna agencia federal de acrónimo impronunciable para prender e investigar a este arboricida güero y con lentes que llevaba escrita (hasta ahí su vicio por el alfabeto) en la frente la palabra "Culpable".


1 comentario:

Antonio Rivero dijo...

¡Felicidades doble tocayo!