lunes, 18 de julio de 2011

El poeta medita sobre un máster


Dos veces me divorcié de ella, y una me abandonó. Comencé estudios de Derecho, pero nos separamos de mutuo acuerdo; luego, llegué a cuarto de Filología Inglesa, pero como el gaélico no estaba en el plan de estudios ni nadie sabía darme razón de dónde se hallaba la poesía, repartimos nuestros enseres y ella, la Universidad, se quedó con la antigua Fábrica de Tabacos y sus bibliotecas, y yo con permiso a visitarlas como extraño, así como con tiempo y libertad para frecuentar a las musas, propias o como traductor literario.
Como Juan Ramón Jiménez, como Rimbaud, como Shakespeare -perdonadme-, nunca me licencié. A diferencia del hijo de zapatero Marlowe, que estudió en Cambridge, el hijo de mercader de guantes Shakespeare no tuvo nunca institución a la que llamar alma mater. Y, por lo que se ve, hoy (al menos en España), huérfano de ella no le dejarían dar clases de estudios sobre Shakespeare o sobre dramaturgia isabelina. Este país tan desordenado y ordenancista no permite, me dicen algunos profesores, que en los másteres, esa prolongación ya casi necesaria de los estudios de grado, enseñen personas ajenas a la Universidad, donde tengo tan buenos amigos. Lo cual es tan aleccionador sobre la miopía de ésta (o de quienes la dotan de normas) como sencillamente ridículo: un poeta, un novelista, un dramaturgo (Shakespeare que atravesara el umbral mismamente) no puede ahora transmitir su conocimiento, su experiencia, su oficio. Si tan exigible es que un curso de cardiología lo imparta un cardiólogo, ¿ya es menos que un creador se dirija a personas interesadas en la creación? Un Máster no es un taller, lo sé. Y, si literario, debe conjugar mester y ciencia. Por eso, si uno mira los programas de universidades británicas y norteamericanas, ve a escritores no necesariamente académicos compartiendo su bagaje en los másteres de literatura creativa.
Pero aquí no y, así, este curso pasado me he visto dispensado de dar clases de poesía en el Máster (ahora oficial, es decir, inane) de Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla. No ha sido por un ajuste de cuentas, ni por una añagaza o traición de quienes fueran mis compañeros o directores, sino por pura y llana tontería, lo que es bastante más deprimente. Me da pena, porque varios alumnos me hicieron ver su satisfacción con mis clases y me hizo feliz pensar que mi difunto padre, que fue catedrático de la hispalense, vería con benevolencia y orgullo teñido de estupefacción el que su hijo pudiera enseñar en la institución que abandonó dos veces. Pero no hay peligro de que se le altere, allá donde esté, el pulso que tan delicado tuvo sus últimos años de vida: sólo podrán enseñar poesía los que tengan un conocimiento teórico de ella.
Aunque, bien mirado, y con honrosas excepciones, quizá el hecho tenga correspondencia en la pasmosa ausencia de profesores universitarios de cualquier acto relacionado con la literatura (la viva, no objeto de disección, quiero decir).
Y no pasa nada. Si hubiera querido dedicarme a la enseñanza al uso hubiera terminado la carrera, cosa muy recomendable por lo demás. Pero la poesía es otra cosa, ¿o no?


(La imagen que ilustra esta entrada es la cubierta de mi traducción de la Poesía completa de Shakespeare, que con sus varios miles de endecasílabos blancos y extensa introducción, notas y bibliografía, ha sido publicada por la Biblioteca de Literatura Universal dirigida por Luis Alberto de Cuenca)



10 comentarios:

Sara dijo...

Robert Frost también abandonó sus estudios universitarios en dos ocasiones, no llegándose nunca a licenciar. Y sin embargo, se pasó la vida dando clases en universidades -a todos los niveles, me imagino. Me parece escandaloso que no te dejen dar esas clases de máster. ¿Y si te concedieran un honoris causa por alguna universidad irlandesa (que por desgracia el mérito sigue reconociéndose antes fuera de España) te darían entonces luz verde en la universidad de Sevilla? Igual ni por esas... Uffff!!!!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Bueno, ese sería un buen atajo, Sara... Luz verde de un doctorado irlandés suena muy bien. Corro a lavarme la cara para despertar. Un abrazo.

Juan Manuel Macías dijo...

Tienes mucha razón. Pero es el mal alejandrino. Los filólogos, que son simples transmisores (y también contaminadores) llegaron a creerse que ellos guardaban la llave de la poesía y ya nadie les baja de la burra. Al menos aquí antes teníamos filólogos como Fernández Galiano o Dámaso Alonso. Ahora, salvo excepciones, tan sólo quedan funcionarios aquejados de titulitis y gente que quiere ser doctor con 25 años. Y un buen número de filólogos poetas (que no es lo mismo que poetas filólogos). La universidad nunca hay que creérsela del todo.
Abrazos.

Anónimo dijo...

Querido Antonio: Sale perdiendo la Hispalense, que necesita gente como tú. Tú a ella, en cambio, no la necesitas. Te lo dice alguien que se divorció de ella en quinto de Filología Hispánica y tuvo tiempo de conocerla bien. Gracias por recordarme hoy que, aunque fuera un error de juventud que luego he tenido que pagar con creces, tuve buenas razones para irme. Un fuerte abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

No se trata de abominar de ella sino, como tú dices, Juan Manuel, "de no creérsela del todo". Yo he aprendido en ella mucho que no olvidaré. Pero casi todo lo que sé de poesía lo he encontrado solo o en esa prolongación multitudinaria de la soledad de uno que son los libros (y no me refiero a los manuales). Abrazos.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias por el comentario anónimo, seas quien seas. La literatura, como los marinos de antaño, tiene amores en muchos puertos. La universidad sólo es uno de ellos. Abriga y protege, da aparejos, brea para el casco, pero navegar, ah, eso se hace en otra parte, en la alta mar donde se zozobra a veces.
Abrazos.

Myriam dijo...

Una persona tan exitosa como tú en lo que haces, no debiera deprimirse (lo digo livianamente, no en el sentido patológico)por esta cortapisa incómoda e injusta. Me encantó esa idea de Sara, creo que Irlanda te lo debe con creces y a veces uno debe ayudar un poco al destino, procurándose oportunidades que otros le niegan. No hay obstáculo insalvable. Excepto algunos imponderables, "uno es el artífice de su propio destino". Ojalá puedas hacer algo para torcer la mano de la institucionalidad rígida que estorba al desarrollo y la creatividad. Son muchos los poetas autodidactas o profesionales de otras ciencias, que ascendieron a niveles insospechados en la literatura. Me cuentas si logras avanzar en el ámbito aquí señalado. Cariños.

Anónimo dijo...

Bueno, yo no soy poeta, ni tampoco licenciada por la Universidad de Sevilla... pero estoy enormemente agradecida a mi universidad: aprendí muchísimo allí, aprendí a pensar en mi facultad de Filología y por eso creo que oponer una cosa a la otra no es justo ni verdadero. La universidad y la poesía no están reñidas, la universidad y el conocimiento no están reñidos tampoco. Al menos así fue en mi caso y aunque yo no estudié en España, quiero defender las filologías tal y como yo las estudié, por todo lo que me han aportado.
Y hasta cierto punto sí comprendo que deseen que un filólogo dé clases...

Siento disentir, yo no soy profesora de nada ni poeta... pero esa ecuación de universidad con esterilidad y de filología con falta de arte y de poesía que me ha parecido entrever en algunos comentarios no es lo que yo he vivido.

Un saludo a todos.

Alfredo J. Ramos dijo...

hace tiempo, me parece, que las Universidades españolas (no sé si con alguna excepción) no hacen honor ni siquiera a la etimología de su nombre. Ellas se lo pierden. Un abrazo, ART.

Clarissa dijo...

Aquí priman los títulos sobre la sabiduria... No te deprimas.