jueves, 7 de julio de 2011

La violación de Lucrecia


Continúa Nuria Espert llevando por los escenarios españoles la dramatización de La violación de Lucrecia, que no nació como drama en la mente de su creador, Shakespeare, sino bajo la forma de poema, de largo poema. La versión que sigue Espert es la muy hermosa en verso del poeta mexicano José Luis Rivas, y le alabo el gusto, aunque no veo en ello (por utilizar concepto de cavilaciones contemporáneas a Shakespeare) libre albedrío, pues en el momento en que ella puso manos a la tarea no conocía mi traducción de la poesía junta del Bardo, que vino a publicar a principios de 2010 la Biblioteca de Literatura Universal. Por ello (o porque aun así a la de Rivero prefiriera la traducción más flexible de Rivas), mis endecasílabos blancos (calco de los pentámetros de don William) no han recorrido los teatros. Quedo a la espera de que alguna moza de la farándula, más joven y peor actriz que doña Nuria, me haga una oferta que no podré rechazar. Entre tanto, aquí dejo unos pocos párrafos sobre la obra de Shakespeare pertenecientes a mi prólogo, y las estrofas con que se abre el largo poema:

Al lector de poesía español le resultará familiar el nombre de uno de los protagonistas de este poema gracias a un libro excelente con el que Antonio Colinas obtuvo el Premio de la Crítica en 1975. Me refiero, naturalmente, a Sepulcro en Tarquinia. Pero si el poemario de Colinas incluía un largo poema de amor, el aún más extenso de Shakespeare trata no ya de amor, sino de concupiscencia, deseo irrefrenable y depredación sexual.

Todo lo veloz que transcurre la acción de Venus y Adonis, en Lucrecia la morosidad es casi exasperante, toda vez que sabemos desde el principio el fatal desenlace del poema. Y no son pocos los contrastes entre ambas obras, ambas cimentadas sobre la antítesis. Shakespeare prometía al Conde de Southampton un poema más grave que Venus y Adonis, y a fe que lo consiguió.

La violación de Lucrecia actúa como una suerte de contrapunto a Venus y Adonis. Como Katherine Duncan-Jones y H. R. Woudhuysen apuntan en su introducción a los poemas, ambos giran en torno a una protagonista femenina, en un caso una diosa, en otro una mortal. Además, el deseo sexual ostenta el protagonismo en ambos poemas: el amor no consumado de Venus hacia Adonis y la violación a la que Tarquino somete a Lucrecia, siempre en el ámbito de la mitología grecorromana o de la historia de Roma. En cuanto al desarrollo de la acción, en el primero de los poemas los hechos suceden al aire libre, casi siempre a la –asfixiante incluso– luz del día, mientras que en el segundo los hechos acaecen de puertas para adentro y de noche, en un estado de semioscuridad.

Aunque criticado por muchos (Terry Eagleton escribió que el libro sólo describía a su autor, y no a Shakespeare), Ted Hughes en su ensayo Shakespeare and the Goddess of Complete Being se ocupó a fondo de los dos poemas narrativos y estableció la idea de una “Ecuación trágica”: el rechazo de la sexualidad femenina por la racionalidad masculina en Venus y Adonis y el desbordamiento de la racionalidad masculina mediante la lujuria de Tarquino frente a la castidad de la protagonista en La violación de Lucrecia. Y ello con el trasfondo de la lucha entre catolicismo y puritanismo. Si Venus y Adonis tiene mucho más que ver con las comedias de Shakespeare que con sus tragedias, Lucrecia es, varios años antes, del linaje de romances como Cimbelino y El cuento de invierno. Y tiene más de un punto en común con el mito de Filomela del libro VI de las Metamorfosis, tan caro a la literatura renacentista, y que llega hasta La tierra baldía de Eliot.

* * *


De la Árdea asediada va Tarquino,

en alas de un deseo traicionero,

y deja atrás a las romanas huestes:

porta el fuego sin luz hasta Colacia,

que, oculto en brasas, ronda, lujurioso,

por ceñir con sus llamas la cintura

de Lucrecia, el amor de Colatino.


Quizás su apodo, “casta”, aciagamente

le afiló el apetito no mellado

al no cesar, incauto, Colatino

de alabar su blancura y su color,

triunfantes en el cielo de su dicha,

donde astros mortales, cual celestes,

con puro aspecto honores le rendían.


La víspera en la tienda de Tarquino

abrió el tesoro de su fausto estado:

qué riqueza los cielos le otorgaran

al darle tan hermosa compañera;

diciendo que era tanta su fortuna

que más fama alcanzar pueden los reyes,

mas jamás una dama comparable.


Oh dicha disfrutada por bien pocos,

que, si se tiene, pronto se consume

como al alba el rocío plateado

bajo el esplendor dorado del sol,

¡una fecha que expira, antes que empiece!

Aun en brazos de su dueño, mal se guardan

en este mundo vil belleza y honra.


La belleza persuade por sí misma,

sin orador, los ojos de los hombres.

¿Qué apología se precisa entonces

para hacer público lo que es tan raro?

¿Y por qué es Colatino quien divulga

esa joya que debiera ocultar

de ladrones oídos, porque es suya?


Quizá por ufanarse de su bien

tentó a este fatuo vástago de rey:

que al corazón corrompen los oídos.

Y quizá codiciar esa riqueza

sin parangón mordió sus pensamientos,

pues los hombres humildes alardean

de la suerte que falta a sus señores.


(...)



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