jueves, 28 de julio de 2011

Otra imagen de Oslo





Hoy todo el mundo habla y escribe de Oslo por razones tan conocidas como luctuosas. Estuvimos allí en 1991, hace justo ahora veinte años, y al poco escribimos esta estampa que se publicó en La mirada, suplemento literario de El Correo de Andalucía y que posteriormente abrió Las ciudades del hombre, recopilación de esas siluetas viajeras que editó Llibros del Pexe, junto a otras que dieron las revistas Clarín y Reloj de arena:


OSLO

Cae del lado del norte. Para entender a los antiguos vikingos y meterse en su pellejo aunque sea en la fugacidad de unos instantes, nada hay como en la mañana temprano -aurora de pies ligeros, no en el decir de un escalda del siglo VIII de nuestra era, sino de un escopa griego de dieciséis centurias antes- surcar las aguas gélidas del fiordo de Oslo. Al viajero lo traen las olas desde la comparativamente meridional Copenhague en uno de esos grandes transbordadores que singlan -con cerveza rubia en las cubiertas y bares, con hermosas cabezas rubias en las bodegas de un sueño leve- este para nosotros Mare Alienum, un Mar del Norte que evoca misterio y leyenda, ya no muerte, fuego, violaciones, pillaje.
El navío rompe el fiordo como un viril miembro tocado de priapismo, desmesurado hermano mayor de los frágiles drakkars de antaño. Penetra la tierra y la fecunda de ese germen de vida que es siempre el comercio, el intercambio, los anchos viajes. También en los Siglos Oscuros los buques de estos noruegos iban, como abejas libando las flores de la Europa marina y fluvial, polinizando el continente. O como esas aves que llevando en el buche su ración de semillas van trasladando una vida -tesoros, joyas, retorcidos utensilios- que germinará de sus excrementos -rapiñas, diezmos, carnicería sin crueldad: espontáneamente salvajes-.
Los dos prismas rojizos del nuevo ayuntamiento, la marinería de los muelles, los barbados nietos de aquellos guerreros, hoy funcionarios de aduanas casi desocupados, las calles de la moderna estación central y los viejos y ronroneantes tranvías: Oslo al cabo, villa y corte que ardió por el gran incendio de 1624 y fue mandada reconstruir, y que aún muchas tardes se quema en el arrebol del crepúsculo moroso de su septentrión.
Ahorrando al impresor la tarea de buscar en sus cajas la letra o escindida del alfabeto noruego, se omite aquí el nombre de la isla que mira a la capital y es una introspección en su pasado. Llegado a ella -quince minutos de travesía y varias coronas de pasaje-, está uno de esos barrios residenciales que nos tientan a empadronarnos ya para siempre en ellos, con sus casas individuales y armonía compartida. Casas de cuento de una Escandinavia ideal que guardamos en la memoria de nuestra infancia de hermanos Grimm y relatos de hadas. También la funcionalidad y el diseño que caracterizan al saber vivir de la gente de estos pagos pese a las inclemencias del clima y lo inhóspito de su invierno.
Aquí, el Folkemuseum, con sus casas rústicas e iglesias altomedievales como venidas en volandas de otras partes del país, de otros siglos. Aquí la exhibición de las embarcaciones famosas de Thor Heyerdahl: los dos Ra y la Kon-Tiki (va por usted, maestro Miguel d'Ors). Pero aquí, sobre todo, el Museo de los Barcos Vikingos, un crucero de imponentes naves encaladas donde se guardan las negras naves de reyes que ha destronado el tiempo son atronador silencio. Troncos del potro del agua, potros del viento, caballo del pirata, jacos de Atal: Hípica hiperbórea de la mar en estos kenningar o epítetos con los que los poetas designaban a los barcos.
Al atardecer, el viajero regresa al centro, bajo la sombra tutelar del Hotel Plaza y las luces que, desperdigadas, comienzan a esta hora a encenderse en las colinas. Vuelta a la modernidad y al desasosiego. La mueca de un borracho lleva la firma de Munch.



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