viernes, 12 de agosto de 2011

De Eaton Hastings a Veracruz


Aquí, la segunda entrega de la "Galería de viajeros sevillanos" que vengo publicando en la edición sevillana de El Mundo:

DE EATON HASTINGS A VERACRUZ

Si la semana pasada se refería aquí la exhibición de tres murillos en un museo de México, hoy también colgamos del artículo un lienzo del sevillano. Es El triunfo de la Eucaristía, un encargo que el pintor recibió para la Iglesia de Santa María la Blanca y que, también presa inicialmentedel pillaje francés , hoy se encuentra en la casa de campo de Lord Faringdon en Buscot Park, una de esas fincas aptas para rodar películas de época, en el término de Eaton Hastings, donde Oxford se abre a su campiña.

La mansión y los terrenos que la rodean están hoy al cuidado del National Trust y se pueden recorrer. De hecho, es visita obligada si se está por la zona. La pinacoteca es rica, y para reposar la vista ante tanto colorido cuenta en el exterior con obstinados y sosegadores verdes.

A finales del invierno y comienzos de la primavera de 1938, Luis Cernuda, recién llegado a Inglaterra, recaló allí como preceptor de una de las colonias de niños vascos que en plena Guerra Civil se acogieron a la hospitalidad del pueblo británico (no así de su reticente Gobierno). Para Cernuda la experiencia fue traumática, pues uno de los chicos enfermó gravemente y murió en su presencia. Del dolor de Cernuda, quintaesenciado, surgió esa endecha admirable, “Niño muerto”, que está entre lo más conmovedor (que es mucho) de su poemario Las nubes, el primero de su exilio.

Tras este lastimoso episodio, Cernuda no volvió a Eaton Hastings y su penar lo llevó por París (en condiciones angustiosas), por un internado de Surrey y, al poco, por la cenicienta Glasgow, más gris muy pronto por las pavesas de la guerra, esa plaga que persiguió al poeta durante una década. Sólo volvió a Oxford en sucesivas vacaciones, huyendo de Escocia y en busca del calor y el estímulo que siempre halló en Salvador de Madariaga. El novelista mexicano Eloy Urroz acaba de publicar una novela, La familia interrumpida, título por otra parte de la obra de teatro de Cernuda recuperada por Octavio Paz, el poeta que vivía en la calle Guadalquivir de la ciudad de México. En ella, Urroz recrea el episodio de Cernuda y los niños vascos. Su compatriota Jorge Volpi, que ha estado varias veces en Sevilla, ha dicho que la novela “se construye con la precisión de un reloj y la puntería de una saeta.” Doy fe de que no exagera Volpi, pero me temo que habrá que confiar en él y en mí mismo al refrendarlo, pues el libro ha sido publicado en México e inexplicablemente no se comercializa en España.

Pedro Garfias, aunque salmantino de nación, repartió su infancia y juventud entre Osuna (adonde lo llevaron con cuatro meses) y Cabra, y se sintió, sobre todo, andaluz. También vivió en Écija y en Sevilla publicó Alas del Sur en 1926. Al acabar la Guerra Civil se asentó brevemente en Inglaterra, también en la finca del lord, antes de partir en el Sinaia como tantos otros (Juan Rejano o el recién fallecido Alfonso Sánchez Vázquez viajaron con él en la bodega del buque) hacia el mexicano puerto de Veracruz. En estos parajes ingleses tan de Teócrito escribió un libro bellísimo y nostálgico (se canta lo que se pierde, sentenció Antonio Machado): Primavera en Eaton Hastings. Fue ésta la de 1939, la siguiente a la que Cernuda, con quien no coincidió, pasó sobre el mismo césped.


El Sinaia

Mucho tiempo postergada, la figura de Garfias ha vuelto a suscitar interés durante los últimos lustros y se han reeditado sus obras, contraviniendo lo que Max Aub dijo de él en su necrológica: que “cayó muchas veces en el olvido de los demás hasta olvidarse de sí mismo, como le sucedió hasta su muerte.” De esa indolencia (tan cernudiana, por cierto) da fe el hecho de que cuando el libro iba a ser publicado en 1941 Garfias tuvo que dictárselo a una secretaria que le puso el editor, pues él tenía el libro “en la cabeza” y ni siquiera se había preocupado de ponerlo por escrito.

Garfias, que astrábico y astroso sobrevivió a Cernuda cuatro años arrastrando su desolación y alcoholismo por las pulquerías y las cantinas de todo el país, llegó a México por Veracruz, como dijimos. Cuando la mañana del 5 de noviembre de 1963 murió Cernuda en Coyoacán, a los nietos de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, que tanto lo querían, les dijeron, para explicar su ausencia, que el poeta se había marchado a dar unas conferencias precisamente a Veracruz. En ese mismo instante un cartero de la ciudad de México tenía ya en su cartera, para el reparto, un ejemplar justificativo de la tercera edición de Ocnos publicada por la Universidad Veracruzana.

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