lunes, 1 de agosto de 2011

El trineo de Foxá




De manera casual, mientras -Tántalo tan redivivo como resignado- trataba hoy de ponerme al día en mis lecturas, he dado con el relato de Curzio Malaparte en que éste cuenta una de las anécdotas más exactas y conmovedoras sobre el carácter de Agustín de Foxá y de los duros tiempos en los que le tocó vivir, a veces con más protagonismo del que, amante de los lujos, él hubiera deseado. Cuando se levantó la famosa polvareda que levantó con su coz cierta concejal de Sevilla al vetar un homenaje al escritor en el cincuentenario de su nacimiento, leímos un artículo en que se mencionaba el gesto del conde de Foxá al tratar de evitar la muerte a un grupo de dieciocho españoles que -apenas unos críos, combatientes en el Ejército Rojo tras haber llegado a Rusia como niños de la guerra- habían sido capturados por los finlandeses en 1942 durante el asedio de Leningrado, la antigua San Petersburgo.
El dato lo había exhumado el gran periodista sevillano Alfredo Valenzuela en una entrevista -culta, jugosa, afilada- que hizo al biógrafo del autor de Madrid, de corte a checa, y se hicieron eco de él Ignacio Ruiz Quintano y Aquilino Duque.
Nunca leí la obra de Malaparte en que se incluye (Diario de un extranjero en París), y hoy, pasando angustiadamente y con inapetencia ("¡a ver si acabo!") las páginas del número de 28 de julio de la London Review of Books, en condiciones más placenteras de las que casi setenta años antes vivieran los personajes del relato, mis ojos se han posado en el nombre de Foxá y he leído la traducción al inglés de este lance, que no tiene desperdicio (existe una edición española de los años setenta en Plaza & Janés).
Emerge de él un Agustín de Foxá que, a más de cuarenta grados bajo cero, acude a en su trineo a las llamadas de Malaparte y a regañadientes primero y luego de corazón trata de convencer a unos tercos muchachotes comunistas, compatriotas suyos y a los que por raro que sea representa como diplomático, de que se dejen repatriar a España, para lo cual primero ellos han de reconocer a Franco, cosa de la que ellos no quieren in oír hablar.
¡Qué estupendo escritor es Malaparte! Cómo mantiene el ritmo de la narración, con esos viajes recurrentes de Foxá, un carámbano más, por la nieve, y cómo borda ese instante en que uno de los españoles muere y es enterrado: "Cuando bajaron el ataúd a la tumba, los soldados fineses, todos protestantes, dispararon una salva de honor. El general Endqvist y los oficiales y soldados fineses saludaron todos llevándose la mano a la visera, como hice yo; el embajador de Foxá saludó brazo en alto y con la palma extendida, a la manera fascista; y los camaradas del difunto también levantaron los brazos, pero con el puño cerrado."
No desvelaré cómo acaba la historia, no sé si del todo cierta; si algo hay en ella espurio, no importa, pues si non è vero è ben trovato.
El fin es tremendo, y si muestra una salida de ingenio de Foxá, seguramenre apócrifa, también enseña toda la dureza de la posguerra española y la crueldad que hubo en ella, que no se dulcifica con un chiste, tan foxiano, dicho con sordina en la lejana Helsinki.


3 comentarios:

Viñamarina dijo...

Esto no se lo cree ni el propio caradura que lo escribió. Che faccia tosta!

Myriam dijo...

No puedo decir casi nada al respecto, salvo que la Historia es una ciencia necesaria, a la que colaboran periodistas, corresponsales y escritores en general, sin ellos no podríamos saber de la secuencia de luces y sombras que forman parte de la memoria colectiva. Lo que sí puedo agregar es que en los años 70 leí "La piel" de Curzio Malaparte y me impresionó enormemente tanto por su calidad narrativa, como por la visión que daba, muy particular, sobre la guerra.

Olga Bernad dijo...

Yo leí La piel de muy joven y me impactó la brutal compasión generalizada que desprendían aquellas páginas. Esa verdad me conmovió. Ben trovato, dices, pues no es poco...