jueves, 18 de agosto de 2011

En el valle de Lerma


El convento de San Bernardo en Salta


La tercera entrega de la miniserie "Galería de viajeros sevillanos" que estoy publicando en la edición sevillana de El Mundo. Salió este pasado miércoles.



EN EL VALLE DE LERMA

El viajero aterriza a media tarde en la ciudad conocida como Salta la linda (en aimara, una de las lenguas indígenas habladas en la región, Sagta significa hermosa).

Luego, en el pequeño aeropuerto toma una camioneta que deja a varios otros viajeros en sus hoteles. Él es el último, y tiene ocasión de familiarizarse con la ciudad, que salvo las zonas más recientes (pero no nuevas, pues allí en el extrarradio las casas están hechas muchas veces con materiales de desecho) es una gran cuadrícula, que la camioneta recorre a toda velocidad entre un tráfico caótico. El conductor, de quien desconfió al principio cuando lo abordó en la terminal para ofrecerle sus servicios, resulta ser un tipo bonachón, ya abuelo, que parece estar contento con la vida que lleva (o quizá sea de un fatalismo optimista con la que a él le ha tocado en suerte). Alaba a Salta, y conmueve oír cómo, según él, no les falta de nada a sus habitantes: tienen todo tipo de recursos, gas, los viñedos de Cafayate…

Como para no contradecir al locuaz chófer, se aloja en casa de una familia bodeguera. La mansión es un buen ejemplo de arquitectura neocolonial y sólo por su tamaño (pues en calidad supera holgadamente a la mayoría) el hospedaje no llega a la condición de hotel y recibe la calificación de parador. Por todas partes objetos artísticos y hermosos cuadros o esculturas del siglo XVII, junto a objetos de alpaca y alfarería indígena. Las paredes blancas, el color albero que enmarca el portal, le hacen sentir como en Sevilla.

Aún tiene tiempo de visitar el centro. En la plaza 9 de Julio, con su quiosco de música y sus palmeras, y en las calles de los alrededores, concurridísimas, está casi todo lo que de interés posee esta ciudad del noroeste argentino, comenzando por su hermosa catedral, cuya patrona es la Virgen del Milagro.

La villa fue fundada en 1582 por el sevillano Hernando de Lerma, licenciado en leyes que fue gobernador de Tucumán y llevó una vida azarosa y llena de enfrentamientos que le hizo terminar sus días en la cárcel, de vuelta en España, anticipándose al borgiano “Tema del traidor y del héroe”. De poco después data el cabildo, que luce ahora iluminado en su blancura, al otro lado de la plaza. Frente a ese centro civil, el rosa y crema como de tarta de la catedral atrae esta noche a un elevadísimo número de fieles, entre los que destacan grupos ataviados con trajes regionales y estandartes. El templo ha recibido un gran ornato de flores, y montañas de claveles ensangrientan el altar mayor. Aunque sobre la plaza, la catedral está en la calle España, como queriendo testificar la procedencia de la fe que da sentido al edificio. Una fe que ha tenido que imponerse, cuando no convivir con las religiones indígenas. Sobre una pila de agua bendita, esta cartela: “El agua bendita es un sacramental, una “cosa” sagrada. No la tire al piso. No la use como remedio. No la use mal (para curanderías, brujerías, etc.). Esto no agrada a Dios.”

Al día siguiente, el desayuno es magro pero, servido con cubiertos de plata, esa cierta frugalidad se adorna de nobleza. Lo pone una lindísima indita, o más probablemente mestiza, que atiende con su planchado vestido de mucama, blanquiazul éste, ella toda morena delicadeza y discreción esbelta.

Sale a la calle y recorre las ocho cuadras que lo separan del centro. En el escaparate de una tienda, esta otra cartela: “No robe. El Estado no admite competencia”. Sigue camino. Bajo los arcos neogóticos de uno de los edificios de la plaza se accede al Museo de Arqueología de Alta Montaña, donde se preservan los niños de Llullaillaco, unas momias incaicas enterradas en un volcán de la cordillera de los Andes, el más alto de la región que rodea a Salta, poco antes de la llegada de nuestro paisano.

Y el viajero se queda un rato contemplando esos cadáveres llenos de vida, a los que ve más reales que algunos cuerpos que luego encuentra en la plaza.

Al convento de San Bernardo, con su portal de madera de algarrobo tallada, no entra, que es de clausura, y aunque podría madrugar para asistir disciplinadamente a maitines, único momento en que se relaja la norma, sólo se asoma al zaguán.

En Salta pasará cuatro noches, y siempre es grato, tras de las fatigosas jornadas de viaje por la región, sentir el latido vivo de su plaza o recorrer sus peñas, dando cuenta de especialidades gastronómicas como las empanadas, o cerveceras, como la Salta rubia o la Salta negra (morocha, dice el mesero).

En una de ellas brinda por el sevillano, héroe y traidor, don Hernando.


1 comentario:

Ariel de Salta dijo...

Soy salteño, estaba navegando en busca de una información específica referente a mi trabajo y encontré tu blog. Muy buena la descripción sobre mi ciudad. Escribís muy lindo. Es bueno escuchar o leer cosas acerca del lugar donde uno vive y que generalmente presta atención. Tengo mi oficina a metros del convento de San Bernardo. Todos las mañanas mi madre viene conmigo para ir a rezar y escucho las campanadas a distintas horas, pero he estado tan ocupado trabajando que me olvidé de la belleza de este lugar. Mi mail es salinas_ariel@hotmail.com, me gustaría enviarte vía mail una imagen de un cuadro que pintó un artista español sobre el convento. Un saludo cordial, Ariel.