sábado, 27 de agosto de 2011

Hacia la Antártida


Lago Argentino, en el Parque Nacional de los Glaciares (Patagonia). Foto de A.R.T.



El artículo de este pasado miércoles en El Mundo:


HACIA LA ANTÁRTIDA


León Lasa ha sido durante los últimos años colaborador del suplemento El Caminante de este periódico. Quiero decir que el viajero Lasa se ha quitado las botas de ascender farallones en el condado de Kerry o recorrer fiordos australes junto al Canal Beagle para, en zapatillas o descalzo casi, hablar, tan cercanas, de Cádiz o Córdoba, esa geografía de andar por casa que ha de dar sosiego y respiro a alguien que ha endurecido las plantas con sendas de otras latitudes.

El actual consejero del Betis, río que evoca a Adriano y su muralla de Inglaterra y, con su destello barroco arcaizante, los versos del limeño Carlos German Belli (“con el felice bético pastor”), se estrenó en la literatura de viajes con una rareza ajena a los rebaños: Al sur del Sur, un periplo por la Argentina patagónica y preantártica que comenzaba junto al Obelisco de la Avenida 9 de Julio bonaerense y terminaba junto a la orilla de tan sugerente paraje como es el Lago Escondido, en Tierra del Fuego. Allí, Lasa aunaba la descripción de paisajes con la de tipos humanos y brindaba a quien lo leyere (que fueron muchos, pues el libro alcanzó una segunda edición) ideas sobre la marcha del mundo y la evolución de la sociedad (no en vano es economista). El lector de Al sur del Sur visita sin moverse de su sillón el cada vez más frecuentado glacial Perito Moreno, pero también el recóndito Paso Garibaldi en las inmediaciones de Ushuaia.

La Guerra de las Malvinas comparece también con un rumor de cohetes y a alguna página la ahúma el hundimiento del General Belgrano. El libro de Lasa se lee con más gusto que el de quien teóricamente es su precedente (que aquí le va a la zaga): Bruce Chatwin, autor de En la Patagonia, donde, de Darwin a los colonos galeses, con proverbial etnocentrismo el británico no presta atención a nada que no tenga relación con su patria.

El segundo libro de Lasa es Por el oeste de Irlanda, título más comercial que se impuso al que originalmente había considerado el autor, Adiós, Irlanda, que respiraba poesía en su saudade y era casi título de unos versos de San Columba compuestos al partir para fundar el monasterio de Iona. En ese viaje, Lasa recorría terrenos nada vírgenes para él y santificó en el altar de la admiración, viejo verde sui generis, su largo noviazgo con la Isla Esmeralda. Literalmente se pateó desde Donegal a Cork todos los condados occidentales de este país extremo europeo, donde hasta hace poco han pervivido tradiciones antiquísimas a las que, ay, contribuyó a preservar la pobreza. Lasa (y recuérdese el tono de despedida que había pensado para titular su códice) deploraba cómo el país se había ido adocenando y falsificando su identidad, como si al gato del clérigo del siglo IX, el famoso Pangur Bán de las cuartetas gaélicas, le hubieran pintado con brocha gorda las rayas del llamado Tigre Celta, unas rayas que con los primeros goterones de la crisis financiera se han borrado y han ido a parar a un tiznado charco. Para muchos, el paraíso se ubica en el resort de una playa tropical. Para Lasa, en la céltica de celuloide de La hija de Ryan, junto a su añorado Ballyferriter.

El tercero de los periplos de nuestro autor es, más que por tierra, marítimo, siguiendo el cabotaje de un barco de línea que va pasando la mano por el lomo de esa larga columna vertebral en cuyo coxis están Oslo y su fiordo. A bordo de uno de los barcos de la ruta Hurtigruten, con su libro En Noruega Lasa describe una demorada singladura donde una vez más canta al frío y los espacios abiertos.

Lleva nuestro autor un par de años enfrascado en la redacción de su último libro, quizá no sólo the latest sino the last. Amante de la letra impresa, del papel, del ritmo lento, y poco amigo de la maraña que otros llaman red, Lasa es cada día más escéptico ante el rumbo (el derrumbe) que va tomando la industria editorial. Su volumen sobre la Antártida será más breve, confiesa a los amigos. De algún modo, será digno colofón para su trayectoria: su postrer libro, para esa última tierra, el auténtico Finis Terrae. ¿Dónde ir cuando ya se ha pisado el hielo y esa meta donde la luz no cesa en el verano, donde el suelo no es sino una resbaladiza albura, una temperatura abisal, un escalofrío?

No es raro que le pidan artículos para Lonely Planet o las páginas de economía de otro periódico. En esto, buen viajero, es universal. Si León Lasa quisiera, sería el primer bético en dirigir The Economist o National Geographic. Pero sería para, a renglón seguido, pedir una excedencia y hacer la mochila.

2 comentarios:

Juan Antonio Millón dijo...

Es muy interesante lo que nos dices de Leon Lasa, Antonio. No conozco ningún libro suyo, pero voy a hacerme con su Al sur del Sur. Por cierto, ¿son estas líneas versos de algún poema tuyo?:"¿Dónde ir cuando ya se ha pisado el hielo y esa meta donde la luz no cesa en el verano, donde el suelo no es sino una resbaladiza albura, una temperatura abisal, un escalofrío?".
Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Me alegra haberte descubierto al amigo León. Lo bueno es que no pretende hacer literatura y se muestra como un gran viajero sin aspavientos. Y si esas líneas mías te han sonado a poesía, yo muy honrado. Otro abrazo.