lunes, 8 de agosto de 2011

Los rayos X





LOS RAYOS X


I


Antes de que revistas de la tele

los trajeran en gafas anunciadas

para el rijoso o la cotilla

junto a la fotonovela,

aquellos aparatos fríos, con sus planchas,

en su consulta.


Era nuestro pediatra, al que llegábamos

después de pasar por las piezas

de una arquitectura de madera

o de un hidroavión de verde plástico.


En otra habitación,

su bata blanca

del color –otro anuncio– de sus dientes.


Y ahora un día,

décadas después, lejos de España,

el hidroavión me trae la noticia,

se cae el edificio de madera.


Anciano, nuestro pediatra se quemó

en el incendio de su residencia geriátrica:

insospechada mancia, su cuerpo hecho cenizas

que no vi al otro lado de los rayos X

–poderes de superhéroe de la Marvel–

cuando creía, aún, que el mundo era otra cosa

en mi bola de cristal, en mis canicas.


II


Mi pelo va adquiriendo aquel color

de su sonrisa

hoy que lo entreveo carbonizado,

todo negro de humo, como opaco

cuanto ven los rayos X

–ese sinónimo de magia–,

donde ésta era una incógnita

que el tiempo ha ido despejando.


Retrospectivamente me rebelo

y añado este reproche a su elegía.

Tantas radiografías, ¿para qué?

En alguien que mostró clarividencia

queda su negligencia médica

empañándolo todo:


con tantas cucharadas e inyecciones,

nunca nos vacunó contra la vida.


1 comentario:

Sara dijo...

Este poema me ha traido impresiones de la infancia que ya creía perdidas (esas visitas al pediatra eran como aterrizar en la cuarta dimensión). Pero ahora que intuimos la llegada del otoño, conmueve más que nunca ese niño, o niña, tiritando tras la plancha helada de la máquina de Rayos X, y ajeno aún a los coscorrones de la realidad... Excelente poema.