sábado, 6 de agosto de 2011

Murillo en México




El hombre más rico del mundo, Carlos Slim, que es tan opulento que se dice que no es de México, sino que México es de él, acaba de abrir un museo, el segundo de los suyos, para albergar lo más granado de las obras de arte que atesora. A 66.000 piezas asciende el censo de éstas, toda una pequeña ciudad, y el barrio más selecto de ella se levanta ahora en las seis salas, una por planta, del edificio que ha diseñado su yerno Fernando Romero, una construcción que caracolea, helicoidal, como el Guggenheim de Nueva York o las escaleras de los Museos Vaticanos.

Romero ha levantado el museo del grueso Slim en la Plaza Carso de la ciudad de México. Inmediatamente cree uno que se ha deslizado una errata y piensa en el magnate Craso, el Marco Licinio Craso que prestó ayuda financiera a Julio César. Slim, fundador del Grupo Carso, ha levantado su fortuna con negocios tan variopintos como la telefonía móvil o los hoteles; Craso forjó la suya con los no menos heterogéneos de los lupanares y del primer servicio contraincendios que conoció Roma (quizá la misma cosa, pues habrá quien diga ¿no es la prostitución en casa ajena un modo de extinguir más de un fuego ardentísimo en el hogar?).

Defrauda al principio este Museo Soumaya de Slim, con un vestíbulo semivacío y un blanco cegador que desata el horror vacui sin necesidad de que uno se sienta barroco. Pero, luego, cuando se dejan atrás en la rampa las monedas y el arte mexicano del siglo XIX y se llega a la pintura europea, el espejismo se deshace: hay en muestra abigarrada obras de Zurbarán y de Rubens, de Pieer Brueghel el Joven y el Greco, de Corot y de Vincent van Gogh. La nómina es larga, pero al sevillano de paso por la antigua Tenochtitlán habrá de conmoverle hallar allí, allende el océano, tres espléndidas muestras de Bartolomé Esteban Murillo.

Está Retrato de un caballero, óleo sobre lienzo datado entre 1660 y 1665, que representa a un adusto hidalgo de luto, tocado y con melena sobre el bigote y la mosca. Está también un Ecce homo -sayón rojo y corona de espinas- fechado hacia 1670. Pero, sobre todo, está una delicadísima Inmaculada Concepción, de la misma época que el Cristo, que sale al paso al visitante a la entrada de la sala como un milagro pictórico. Es un lienzo bellísimo, con los cuatro querubes a sus pies y, sobre todo, con el sfumato del coro angélico sobre ella. Hay en la sala, a la derecha, otra Inmaculada Concepción, bien distinta, del también sevillano Juan de Roelas, que si enseña alguna virtud cristiana es la de la humildad, pues qué poca cosa es, con ser mucho, si la comparamos con la de Murillo, que suele estar ausente de los catálogos porque ha permanecido mucho tiempo oculta. Seguramente formaría parte del botín de Botella (Pepe) que los franceses encabezados por el mariscal Soult se llevaron cuando la Guerra de Independencia, expolio muy bien estudiado por Enrique Valdivieso en un artículo que, siguiendo a Ímaz y su clásico Inventario de cuadros sustraídos por el gobierno intruso en Sevilla. Año 1810, publicó en Minervae Baeticae, boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Dejo aquí la incógnita, que siempre es posible y grato despejarla encaminado los pasos a la Casa de los Pinelo y la biblioteca de la institución.

Pero estábamos en el Distrito Federal. Al viajero sevillano en esta capital de lo que fue la Nueva España le emociona hallar tan lejos de su tierra –la de María Santísima, aunque en México el culto mariano y en especial a la Virgen de Guadalupe sea bien fuerte- a tan hermosa paisana, a la que dan ganas de piropearla con acento de las márgenes del Guadalquivir -Arenal, Triana- tal que si uno acabara de llegar desde su mismo siglo en un galeón de Indias. Y aunque no tenga fe, alguna oración casi asalta sus labios. Y se acuerda de aquel genial Silvio (no el cubano Rodríguez, sino el hispalense Fernández Melgarejo) con su “Rezaré”, esa joya que supera mil veces en intensidad al original “Pregheró” del Adriano Celentano que a su vez versionó “Stand by Me”. Y en la memoria y la sensibilidad la une con “La Pura Concepción”, también de Silvio. Y quiere irse directo, levitante pero pecador, desde la Plaza Carso a la Plaza Garibaldi a cantarlas ante la estupefacción y la envidia de los mariachis.

Me he acordado de él ahora que en octubre se cumplirá el décimo aniversario de su muerte. Y, junto a Murillo, de Hernán Cortés, que conquistó estas tierras y que murió al lado de Ikea (casi nombre de ruinas mesoamericanas) en Castilleja de la Cuesta.


(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 3-8-11)


1 comentario:

romualdo maestre dijo...

Hace tiempo ví en la fundación BBVA de Madrid una exposición de la colección Soumaya. Este magnífico edificio del barrio de Salamanca llegó incluso a ser propuesto como sede del Gobierno en tiempos de la Transición, pero se descartó por motivos de seguridad y se eligió La Moncloa. Pertenecía al estado antes de la fusión de los banqueros vascos y Argentaria. El caso es que también me defraudó la muestra del multimillonario mexicano y amigo personal del socialista González. Como en la moda, donde el vestir elegante no está reñido con tener pocos recursos, en el arte no es todo cuestión de disfrutar de muchos dólares, sino de gusto, estilo, criterio, paciencia y perseverancia, cosas de las que muchos nuevos ricos adolecen.