jueves, 1 de septiembre de 2011

De Emaús a Dublín





El artículo con el que cierro esta pequeña serie, "Galería de viajeros sevillanos", publicada en la edición sevillana de El Mundo:


Llueve, y las wellies, esas acharoladas botas de agua que toman su nombre del Duque de Wellington, se hacen necesarias. Hace unos días que estoy en Dublín, alojado en el hotel que ocupa la casa en que nació el Duque y donde trabajó como gris funcionario Brian Nolan, el sin embargo brillantísimo y chispeante novelista Flann O’Brien que firmó durante décadas una columna en The Irish Times con su otro seudónimo: Myles na gCopaleen. Estoy aquí, decía, terminando de traducir, mientras escribo los propios, una selección de los artículos de O’Brien (llamémosle así para simplificar), que se publicará con motivo del centenario de su nacimiento en otoño.

Aquí (tarde otoñal), cruzo la calle y ya estoy en el Parlamento y un poco más a la derecha en la National Gallery, aunque ésta se halla ahora en proceso de rehabilitación y tiene entrada por un ala nueva, en Clare Street, muy cerca de donde tiene su sede el Instituto Cervantes. El autor del Quijote y el de Las Meninas han venido a representar, en opinión de muchos, lo mejor de España. Y en la pinacoteca dublinesa, junto a un ribera y un zurbarán, se encuentra el primer velázquez del que se tenga noticia. Será el cuadro de alrededor de 1618, es decir, contemporáneo de la boda de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez con la hija de Francisco Pacheco, su maestro; esto significa que el lienzo viajero sería pintado en Sevilla. Representa a una joven ante la mesa de una cocina. Al fondo, a la izquierda, unas figuras que remiten a Cristo y dos discípulos en la cena de Emaús. La nuestra, menos santa, suele ser en algún restaurante del centro y, alguna noche en que tiramos la casa por la ventana, en el Shelbourne y en el propio Merrion, con las dos estrellas Michelín (pequeños homenajes a Sean O’Casey, autor de El arado y las estrellas) del establecimiento que aquí tiene Patrick Guilbaud.

En la National Gallery de Edimburgo, adonde voy dentro de poco a hablar de Cernuda, está la también velazqueña Vieja friendo huevos, muy apropiada para acompañar el desayuno junto a unos torreznos y un trozo de morcilla. Aquí en la de Dublín, la muchacha de La cena de Emaús. Y en muchas tabernas de ambas ciudades, réplicas animadas de El triunfo de Baco o Los borrachos, trocado el trasiego de vino por el de cerveza en estas latitudes célticas.

Precisamente, en el aprecio internacional de Velázquez jugó una baza importante el artista edimburgués R. A. M. Stevenson, primo del autor de La isla del tesoro, ese supremo contador de historias al que retrató Sargent, el pintor estadounidense al que Ezra Pound representa en uno de sus Cantos pintando copias de Velázquez en el Prado.

También copio yo manuscritos estos días y frecuento, en la calle paralela, la Biblioteca Nacional de Irlanda, donde permanece abierta una exposición sobre el poeta W. B. Yeats, quien tuvo la ocurrencia de visitar nuestra ciudad dos semanas antes del homenaje a Góngora que en el Ateneo celebró la naciente Generación del 27 en un acto en cuya foto oficial no aparece Cernuda, el más yeatsiano del grupo. Tres lustros antes Rubén Darío había compuesto un tríptico de sonetos (un “Trébol”, qué título más irlandés) apócrifamente cruzados entre Góngora y el autor de su retrato, Velázquez; cuadro que no es otro que el que Cernuda vio en otro museo, el de Bellas Artes de Boston, durante su estancia norteamericana cuando ya había escrito su poema “Góngora”.

Pero temo marear el lector como yo mismo estoy ya algo confundido con tanta cerveza dublinesa. Vuelvo a Yeats: el Premio Nobel de Literatura de 1923 dejó escrito que el primo de Stevenson, que tenía fama de gran conversador, no fue de su devoción cuando él era joven, justamente a cuenta de Velázquez. Y es que habiendo el escocés escrito a favor del español, el irlandés, amante de lo simbólico y de la pintura prerrafaelista inglesa, consideraba a nuestro paisano (tápense los oídos si no desean escucharlo) poco menos que un pelmazo realista: “Velázquez se me antojaba el primer oficiante aburrido del aburrimiento.”

Sea otro poeta sevillano el que salga en defensa del autor de La cena de Emaús, a quien una vez más equipara al encarcelado en Sevilla. Dice Antonio Machado de Velázquez que es el más grande, el más universal y humano, y por esto el más castizo de los pintores españoles, impregnando de tristeza a sus héroes en los mismos días en que Cervantes forjaba su eternamente castizo Caballero de la Triste Figura.

Cada loco con su tema: a mí, en el museo, me ha emocionado leer la cartela del cuadro en gaélico.


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