viernes, 23 de septiembre de 2011

Diario austral



El obelisco de la avenida 9 de Julio, Buenos Aires


El trabajo acucia: terminar algún encargo, corregir pruebas, preparar para la edición la obra de otros. Antes de sumergirme de nuevo en él, y para que el blog viva de la renta, esos dudosos caudales atesorados en las bodegas del ordenador de los que tira uno cuando está a otra cosa, dejo aquí unas páginas inéditas (las primeras de una serie que iré publicando intermitentemente) del viaje a la Argentina de 2010.


Should we have stayed at home and thought of here,

Where should we be today?

Is it right to be watching strangers in a play

In this strangest of theatres?


Elizabeth Bishop, “Questions of Travel”



Domingo 8 de agosto


Toda historia tiene su prólogo, y todo vuelo su embarque.

Después de que el viajero haya practicado halterofilia camino del aeropuerto, cargado de bolsas y maletas, se merece un generoso aire acondicionado, y no esta birria tropical soplada por el ministril Sebastián, del todo insuficiente para el calor de Sevilla. Antaño, los aeropuertos eran lugares con glamour; hoy, en calamidad propiciada no sólo por las líneas de bajo costo, son regiones de sudor. Y Sudamérica, pese a su nombre (espuria etimología) es estos meses lugar más higiénico, limpio y fresco que esta meridional región de España, desde la que parte el viajero de nuestro relato. Mira con avaricia las bajas temperaturas del destino, la nieve, el hielo y el agua congelada de glaciares en los que descansará sus pupilas dentro de pocos días. Para huir del calor del ferragosto, el europeo del sur puede desplazarse a Escandinavia, a la sueca Upsala por ejemplo o, como es su caso, a la Upsala argentina –no ciudad universitaria sino glaciar- en uno de los parques nacionales de la Patagonia.

Repasa en el móvil las previsiones del tiempo: 4 de mínima en Buenos Aires, -2 en Calafate, 2 en Ushuaia, 4 en Salta; sólo Iguazú con 12 de mínima y 26 de máxima aparta una idea de calor en cualquier caso muy inferior a los 36 que el termómetro de su ciudad marca en este momento. Y luego, Barajas, y al otro avión, doce horas de vuelo. Da varias cabezadas.

Ya habrá tiempo de dormir esta noche: ahora, recién inaugurada la mañana de Buenos Aires, y más en un día invernal, que será breve, lo que urge es tomar posesión de la habitación del hotel, soltar el equipaje y salir arreando cuanto antes a recorrer a pie la megalópolis, cotejarla con la idea que de ella traía, acopiar la experiencia de las visitas a un puñado de lugares que hacía tiempo estaban censados en sus sueños, empadronados de pleno derecho en su imaginación.

Apenas hay carritos para el equipaje, pero, tras ceder uno cortésmente a una embarazada, por fin se hace con otro, sobre el que deposita la valija (habrá, igual que adaptarse al cambio de hora, que ir empleando ya los términos que aquí se usan cotidianamente), y sale al hall de la zona de arribos (otro argentinismo). A mano derecha hay una sucursal del Banco de la Nación, donde ante una circunspecta empleada que decide no hacer alarde del cantarín acento que lo encandila (y es pena, porque la mina es rubia y guapa) cambia 1.000 euros que, metamorfoseados en pesos, constituyen un buen fajo que haciendo bueno el nombre de la divisa crea un considerable engorde de la cartera, grávida. Tendrá que acostumbrarse a billetes hasta ahora desconocidos, y más aún: a calcular la equivalencia de éstos en su propia moneda. Pero esto tardará todavía en hacerlo: la primera vez que tenga que alargar uno de esos billetes meterá bien la pata cuando dé uno de cincuenta pesos al hombre de la compañía de remises que lo acompaña al vehículo. Tras haber metido éste las maletas en el portaequipajes, ha reclamado una propina. Podría haberle entregado cinco o diez pesos (tampoco está seguro de que contara con uno de esos billetes en la cartera reventona), pero extiende una mano (que luego querría ver cortada) con la efigie impresa de Domingo Faustino Sarmiento. El maletero ha acabado él solo, de golpe, con la cuota de rumbosidad que él tenía asignada para el país. Le oye decir “Gra..”, nomás, porque es una exhalación que escapa. Grá en irlandés, significa amor, y bien que puede profesárselo el sujeto, que se lleva el escandaloso equivalente de diez euros. En el resto de la Argentina irá quedando el rastro de su tacañería como una manera, ya inútil, de reparar su desliz, su horror a haber tirado así el dinero, la plata.

Va dejando el aeropuerto internacional de Ezeiza, oficialmente llamado Ministro Pistarini. Son algo más de treinta kilómetros hasta el centro, y atraviesa algún peaje no del todo colapsado, aunque un camión averiado crea un atasco en el carril de la derecha. Por ser domingo, el tránsito es menos denso. Lo que cree una nube de contaminación sobre la ciudad resulta ser mera y natural niebla, así se lo asegura el conductor. De hecho, la víspera fue más espesa, afectando al área metropolitana y el Río de la Plata, y el aeropuerto permaneció sin operar durante tres horas, precisamente las coincidentes con su aproximación y aterrizaje de hoy. Ha tenido suerte, ya la cosa es más leve. Y aprecia, en su aproximación, la urbe.

Hace más frío, desde luego, pero muchas cosas le recuerdan a la ciudad de México, en que ha estado sólo seis meses antes. No poca carestía y penuria en los barrios que orillan la autopista, poblaciones de aluvión, un turbión de pobres en un apiñamiento de casas mal construidas, precarias. Son las villas miseria, la forma argentina de las favelas, su trasliteración (buena palabra, por lo que de apretadas literas tienen) al español. Ve un gran mural: “Seineldín, Héroe de las Malvinas. Volveremos”, junto a una mapa blanquiceleste de las islas Malvinas. Termos y depósitos de agua, antenas y vallas publicitarias de productos y programas de televisión que no ha visto nunca, más otros de la ubicua Coca-Cola.

(...)

Camino de la Boca



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